domingo, 31 de mayo de 2026

Una correspondencia con Jesús Aguado (y 3)

Sant Cugat del Vallès, 19 de febrero de 2026

Querido Jesús:

En todo texto, por más que se estructure cabalmente y desarrolle las ideas como Dios manda, los lectores encontramos algunos asertos, algunos sintagmas, algunas palabras, en las que el ojo —y la inteligencia— se detienen. Es como si sobresalieran de la página y tropezáramos con ellos, pero no para trompicarnos, sino para complacernos. En tu última carta, entre otras agudezas y hermosuras, mencionas ese «otro lado del espejo» al que han saltado los místicos, y en el que el yo ni está ni se le espera. Tengo para mí que al otro lado del espejo han saltado, además de, ciertamente, Juan de Yepes y Hafiz, Miguel de Molinos e Ibn Arabí, que lo hicieron con la irredenta esperanza de que su yo desapareciera de una vez por todas en el mar incandescente de la divinidad —aunque cada uno siguiendo sus propias inclinaciones: los castellanos, tras un abnegado tránsito nocturno; los islamitas, sublimando los placeres diurnos—, todos los que han buscado, los que seguimos buscando en la literatura y el arte la vía para transformar nuestro yo, tiránico e irremediablemente uno, en un nosotros ilimitado, en un todo orgiástico. Nada menos que Muhammad Alí, aquel boxeador guapísimo (y que lo seguía siendo al final de su carrera), que se definió a sí mismo como alguien que, al igual que la hierba crecía y los pájaros volaban, él pegaba a la gente, recitó este poema monóstico de su autoría para concluir una conferencia en la Universidad de Harvard: «Yo, nosotros». Al otro lado del espejo, está cuanto intuimos que existe, pero no vemos; cuanto queremos que exista, pero no sabemos alumbrar; cuanto deseamos ser, pero no somos ni seremos. Al otro lado del espejo, se encuentra nuestra ansia —nuestra necesidad— de sagrado, que no tiene que ver con dios alguno ni, Dios nos libre, con clérigo de ninguna laya: la voluntad de trascender esto breve, y tan a menudo miserable, que reunimos entre las paredes del cuerpo, con desconchones crecientes y grietas que ya no solo fracturan la superficie enjalbegada, sino nos dejan ver, a cada hora que pasa, paisajes incomprensibles y rostros sombríos. Al otro lado del espejo está lo que nos gustaría alcanzar mientras respiramos —mientras morimos—, pero que, dolorosamente, sabemos que es «lo innominable, lo inalcanzable, una suerte de silencio dentro del silencio dentro del silencio dentro del silencio».

Pero, ay, Jesús, como ves, quizá empujado (suavemente) por ti —copiamos, copiamos, los escritores copiamos—, yo también me he puesto serio. Y las cosas hay que tomárselas en serio, pero no demasiado en serio. Mejor reír, sin duda. Aunque en la risa también hay mucha tristeza. Es, quizá, su reverso necesario. Y no hay que recurrir a casos tan visibles como el de los cómicos que se han quitado la vida —como Robin Williams, que aún me hace sonreír al recordar su inverosímil imitación de un perrito caliente en Mrs. Doubtfire— o se la han dejado perder —como Eugenio, que, con cincuenta y nueve años, dijo «me quiero morir» y al día siguiente se murió—, para percibir esa inquietante dualidad. Basta con que echemos una mirada a la oscuridad que la risa trocea. Con que veamos cómo se recompone.

Más y más abrazos.

Eduardo.

Barcelona, 20 de febrero, 2026

Querido Eduardo:

Hemos hablado mucho del “yo”, ese animal de compañía, esa sombra jungiana, ese montoncito de migas para las palomas, en estas cartas nuestras. El “yo”, que corretea por las palabras sin detenerse del todo en ninguna de ellas; aunque algunos, predadores y asesinos del sí-mismo, lo cazan mientras lo hace para adornar sus salones. El yo manso y violento, caprichoso y meditativo, locuaz y demudado, nuestro y ajeno, volátil y plúmbeo, etéreo y carnal. Este “yo” que, cuando mediatiza lo que somos y lo pone al servicio de un “ego” (parece redundante pero no lo es: el “ego” es la estatua o solidificación del “yo”), estropea, a mi entender, la vocación última que debe tener cualquier obra creativa: ponerse al servicio de un “nosotros”. 

Ese (te cito) “nosotros ilimitado” o “todo orgiástico”, da igual si lo connotamos de trascendencia o de sociología, de ultramundo o de política a pie de calle, crea un espacio propicio para las revelaciones, las epifanías, las metáforas, las ideas, los poemas, los mitos… Un espacio de ser que, al menos desde Heidegger, sabemos que no es necesariamente metafísico; o que no lo es en absoluto porque la metafísica nos ha robado, durante siglos y más siglos, la posibilidad de conocer a la hormiga que también somos, a la nube que se posa en nuestro cuerpo (y al cuerpo que acepta esa nube) cuando se asoma desde lo alto a él, al olivo y sus dialectos polvosos y gustativos. Un espacio compartido: un abrevadero para la comunidad, una aldea para el sentido común, un rizoma de conexiones secretas. Un espacio para la imaginación poética, pero también institucional (ahora me acuerdo de Cornelius Castoriadis y, más cerca, de Agustín García Calvo), que limpie el mundo de los mil y un cepos del egoísmo rancio, simplón y peligroso que lo impregna casi todo.

Pero, en efecto, como haces bien en recordar, sin la risa nada de eso sería posible. No cualquier risa, por supuesto, o no cualquier manera de provocarla, pero esto los dos lo tenemos tan claro que me vas a permitir que no lo desarrolle. La risa y su carácter subversivo, y perdón por el tópico. La risa como deflagración (sin víctimas) del intelecto. La risa como vinculadora o nudo (volvemos al principio) y como hacedora de mayorías felices. La risa, un atributo divino, si Blanchot tiene razón, que nos diviniza a quienes creemos en ella. Quizás la última fe no marchitada por la historia que nos queda, la aldea irreductible que aún resiste el asedio de los poderes. 

Ni tú ni yo, por desgracia, somos Astérix y Obélix. Ni siquiera Ideafix o Asurancetúrix, el perro y el bardo, respectivamente, del célebre cómic. Pero seguro que ambos hemos soñado alguna vez con ser raptados hacia una ficción donde ser poeta no se parezca tanto a pelar patatas en un cuartel abandonado. Ya ves, compañero, que termino intentando arrancarte una sonrisa, aunque me temo que solo he conseguido ponerle una nota melancólica final a este intercambio epistolar nuestro.

Un abrazo grande,

Jesús.

No hay comentarios:

Publicar un comentario