miércoles, 17 de junio de 2026

Americaneando (2): la casa natal de Walt Whitman

Cumplo hoy un sueño de muchos años: conocer la casa donde nació Walt Whitman. En mis últimas estancias en Nueva York, siempre he querido hacerlo, pero nunca me ha sido posible, por una razón u otra. Ha contribuido no poco a ello que esté lejos de Manhattan. Se encuentra en West Hills, un pueblo perteneciente al municipio de Huntington, en Long Island, a casi ochenta quilómetros de donde nos alojamos, en el Bronx. Aunque Nueva York fue la ciudad en la que vivió buena parte de su vida, de la que estuvo enamorado siempre y a la que hizo protagonista de muchos de los poemas de Hojas de hierba, Whitman ni nació ni murió en ella. Para llegar a la casa, hemos decidido alquilar un Uber. Ir hasta Huntington en transporte público constituye una aventura épica, casi tanto como el propio Hojas de hierba: se necesitan varias horas y varios viajes en metro y autobús para llegar. Lo conduce una mujer silenciosa, que apenas pronuncia unas palabras, cuando subimos al coche, para recordarnos que debemos abrocharnos el cinturón. Luego cae en un mutismo absoluto. En varios puntos del interior del vehículo hay adhesivos que nos informan de que in car camera recording, esto es, que nos están grabando. Tanto Renée como yo dudamos de que sea legal, pero no protestamos. Ambos sabemos que no vamos a cometer ningún desaguisado, así que aceptamos las reglas establecidas por la mujer y nos dedicamos, también en silencio, a contemplar el paisaje de Long Island, empezando por el skyline de la Gran Manzana (aborrezco este nombre, que me suena a lema turístico, pero voy a utilizarlo, por mor del estilo, para no repetir demasiado "Nueva York"), que aparece, cuando cruzamos el Throgs Nest Bridge —el más moderno puente sobre el río Este, que conecta el Bronx con el noroeste de Queens—, como unos espectaculares dientes de sierra, de un gris brillante, pero también nebuloso. Luego nos sumimos en el previsible tráfico de la isla —Long Island está permanentemente atravesado por cientos de miles de coches que circulan en ambas direcciones— hasta que nuestra conductora afásica nos deja, cuarenta y cinco minutos más tarde, en la puerta del Walt Whitman Birthplace. State Historic Site. Interpretative Center, en una de cuyas fachadas luce este verso del poeta: "Stop this day and night with me and you shall possess the origin of all poems..." (Detén este día y esta noche conmigo y poseerás el origen de todos los poemas). Nos recibe al entrar uno de los dos empleados que atienden a los visitantes, una sonriente joven. Vemos en primer lugar una vitrina con una serie de monedas antiguas, entre ellas, destacada, una española, de dos reales, con la augusta aunque un poco desgastada cabeza de Carlos III. En tiempos de Whitman, nacido en 1819, todavía circulaban por el país monedas extranjeras con valor legal, una de las cuales era la española de dos reales. Aunque no fue esta la más importante para la economía estadounidense, sino el real de a ocho —el peso duro o peso español—, que los británicos llamaban el Spanish dollar y que llegó a ser, entre 1785 y 1792, la moneda oficial del país. Incluso tras la creación del dólar, el real de a ocho siguió circulando legalmente hasta 1857, cuando Whitman tenía ya treinta y ocho años. En el centro de interpretación se despliega después una extensa exposición sobre los principales hechos de la vida de Whitman, aunque no tanto sobre su poesía y, en general, su obra, que también incluye la prosa literaria y los artículos periodísticos; de hecho, eso es lo que fue toda su vida, aun después de su consagración como poeta: periodista. (Lo que le habría fastidiado mucho a otro gran poeta, Luis Cernuda, que, cuando quería insultar a alguien, le gritaba: "¡Periodista!"). La chica que nos acompaña hace mucho hincapié en los aspectos, digamos, menos convencionales de la biografía de Whitman. Por ejemplo, que era gay. Es algo sabido desde hace mucho (de hecho, desde que Hojas de hierba se publicó en 1855: las alusiones homoeróticas escandalizaron a muchos de sus contemporáneos, que eran decimonónicos, pero no tontos), pero hasta hace relativamente poco aún se disimulaba bajo alguna duda o inseguridad: "No está totalmente acreditado, pero parece ser que..."; o bien "muy probablemente lo era, aunque no está del todo claro..."; cosas así. Nuestra acompañante lo da por sentado, lo que cuadra con la información que nos ofrecen las cartelas de la exposición, que subrayan esa condición homosexual. En algún lugar del recinto luce también una banderita LGTBI. Y, en otro, nuestra acompañante nos enseña la que ella llama "foto de matrimonio", una, bien conocida, en la que Whitman y Peter Doyle, frente a frente, se miran como dos cónyuges enamorados. Doyle fue uno de los muchos amantes de Whitman, quizá con el que mantuvo una relación más intensa y dilatada, aunque las diferencias entre ambos fuesen notables: en 1865, cuando se conocieron, el poeta era ya un escritor reputado, pero Doyle, un veterano de la Confederación (de cuyo ejército, no obstante, había acabado desertando), era casi analfabeto y conductor de tranvía. En el tranvía se conocieron una noche de tormenta: Walt, envuelto en una manta, se subió al que conducía Peter y este, que lo vio solo y aterido (no había nadie más en el vagón) decidió entrar y darle calor. "Nos sentimos cómodos al instante", dejó dicho Doyle años más tarde; "le puse la mano en la rodilla; nos entendimos. No se bajó al final del viaje; de ​​hecho, regresó conmigo. (...) Desde entonces fuimos los mejores amigos...". Nuestra cordial acompañante subraya también otra foto, de entre las muchas que se exponen aquí (Whitman fue el primer autor realmente consciente de la importancia de la publicidad para la difusión y conocimiento de la obra literaria, y un hacha llevándola a cabo): esa en la que el poeta, ya mayor, adornado de una profusa barba blanca, mira a una mariposa que se le ha posado en la mano, como si fuese la reencarnación de Orfeo, aquel a cuyos labios dulcísimos acudían las abejas y que amansaba a las fieras con su música. Tras la muerte de Walt, se descubrió entre sus cosas la mariposa recortada de cartón y coloreada que se había atado al dedo para hacer la foto. Releva a la joven el segundo empleado del centro, encargado de guiarnos por la casa de Whitman. Pero antes nos da a escuchar la que se cree es la única grabación de la voz de Whitman, leyendo uno de los poemas de Hojas de hierba, uno muy breve, titulado "América". Yo ya lo he escuchado muchas veces: consta en el archivo sonoro de los Whitman Archives, donde se conserva todo el material conocido de y sobre la vida y obra de Whitman, y permite conocer la voz grave y la recitación ampulosa, característica de la época, del gran bardo. Edison, el inventor del fonógrafo, realizó la grabación. La primera vez que oí a Whitman, sentí como si Jesucristo se me hubiera aparecido. A mi pregunta de si se está seguro de que se trate de la voz de Whitman, que le hago aun sabiendo la respuesta, el joven responde que no al cien por cien, pero sí al noventa y pico por cien. Los expertos que han analizado el registro detectan en la dicción del poeta rasgos fonológicos de la Nueva York de mediados del siglo XIX y, por otra parte, añade, es razonable pensar que, si no fuese Whitman el que recitara, el poema elegido habría sido otro, más conocido, más importante, no este "América" breve y más que secundario en su obra, cuya uso se explicaría por tratarse la grabación de una prueba, de un experimento con algo recién creado, que Edison hacía recorriendo el país y entrevistando a sus figuras políticas y literarias más destacadas. Cruzamos luego la breve extensión de hierba que nos separa de la casa de Whitman. Tardamos poco en hacerlo, aunque lo suficiente para que el guía descubra que soy español y se nos revele como un verdadero amante de las palabras y de su etimología. Por ejemplo, nos confiesa lo hilarante que le resulta que España signifique originalmente "tierra de conejos" y parece por completo indiferente a la posibilidad de que a mí esto no me parezca cómico. Entramos por fin en la casa del poeta, construida por su padre, y en la que Whitman vivió los primeros cuatro años de su vida. Luego la familia, siempre acuciada por los problemas económicos derivados de las decisiones equivocadas de su padre, que no era precisamente un lince de los negocios, se trasladó a Brooklyn, donde pasó el resto de su infancia y su primera juventud. La casa, a cuyo lado hay un cobertizo, es de madera rojiza y, aunque está muy restaurada, conserva la estructura, la distribución y bastantes elementos constructivos originales. El suelo y los muebles, no obstante, no lo son, aunque los segundos sí corresponden a la época en la que Whitman vivió aquí. Las habitaciones son pequeñas, aunque luminosas. Me emociona ver el cuarto en el que naciera el poeta y las camas en las que pudo haber dormido. El guía nos explica que los somieres eran entonces de cuerdas entrelazadas y que, para que le sostuvieran mejor a uno y, por lo tanto, durmiera mejor, había que tensarlas con una suerte de torniquete, y que de ahí viene la singular expresión en inglés "to sleep tight", que debe traducirse por "que duermas bien", pero que literalmente significa "dormir apretado/ajustado". El joven nos demuestra, una vez más, su pasión por las palabras. Y no será la última, porque en otro dormitorio de la casa nos enseña un orinal y nos cuenta que el singular aparato lo inventó en 1870 un artesano inglés llamado Thomas Crapper, cuyo apellido significa "cagador", "que caga". En realidad, el orinal se remonta a la antigua Grecia —se han encontrado algunos del siglo VI a. C.— y en España existen desde la Edad Media, como mínimo; yo he llegado a utilizarlos. A lo que se refiere el joven es al inodoro sanitario, con descarga, que sí fue creación de Crapper, un fontanero avispado que hizo del hallazgo un negocio. Nuestro vehemente etimólogo aficionado y algo errático nos señala entonces un brasero y nos pregunta si sabemos para qué servía. Yo le respondo que lo sé muy bien desde que, de niño, veía utilizar a mi abuela uno muy parecido para calentar la cama, lo que parece causarle alguna decepción. Acabado el tour, nos hacemos unas fotos junto a una estatua del poeta, de tamaño natural, que se encuentra en el patio, con una inscripción a los pies en la que se leen unas palabras del lider budista japonés Daisaku Ikeda: "Whitman, my sun. Light my way. Shine on forever" (Whitman, sol mío. Ilumina mi camino. Brilla para siempre), y en la que Walt aparece con la mano alzada (aunque sin mariposa), sombrero, bastón y leontina, y volvemos al centro de interpretación, donde conocemos a la curadora del lugar, una señora mayor y diríase que cansada, o quizá enferma, que nos permite acceder a una sala no visitable en la que se celebran reuniones y se conserva la biblioteca del centro. Yo espero encontrar miles de volúmenes sobre Whitman, pero solo damos con una vitrina no muy grande y algunos estantes, asimismo exiguos, con un par de centenares de libros y revistas. La señora nos abre reverencialmente la vitrina, donde se conservan los ejemplares más valiosos. Veo que muchos de esos volúmenes que suscitan la admiración de la curadora no tienen demasiada enjundia. Distingo, por ejemplo, una antología poética de Santos Chocano, el poeta peruano que quiso ser (sin conseguirlo) el Whitman del Sur, en Austral, que, bajo la atenta mirada de la dama, me siento en la obligación de manejar como si fuese un palimpsesto egipcio, y también hojeo la primera edición de la que ha sido durante muchos años la traducción de referencia de Hojas de hierba, la del musicólogo ecuatoriano Francisco Alexander, de 1953. La joven que nos ha enseñado el centro, y que monta guardia junto a la vitrina, nos informa de que no tienen ningún ejemplar de la primera edición de Hojas de hierba ni apenas objetos personales de Whitman, aunque sí la Biblia de la familia, anotada. Pero no se expone al público, por razones que no aclara. También se encuentra en la vitrina, junto a los libros, un tintero ceremonial del poeta. Y yo, siempre que veo un objeto que haya pertenecido a un autor admirado, veo sus dedos tocándolo, o sosteniendo la pluma que mojara en él: la piel viva, regada por sangre verdadera, que diera existencia a aquellas cosas hoy muertas. Nuestra última parada es la tienda del cento, que, como la biblioteca, no parece muy surtida de género. Veo varios títulos que tratan de la homosexualidad de Whitman o de su época (o de la actual). Cuando Renée le pregunta al guía, que ahora se ocupa de la recepción, si son gratis unos puntos de libro que se apilan entre los libros, nos responde que cuentan dos dólares. No nos llevamos ninguno.

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