domingo, 12 de febrero de 2017

El sujeto boscoso

Vicente Luis Mora es un hombre de letras en toda la amplitud de la expresión: es poeta, novelista y crítico, una condición, esta última, que desarrolla en varios medios, pero sobre todo en su blog Diario de lecturas, un infatigable explorador de la literatura española y extranjera contemporánea. He dicho crítico y lo es, pero quizá sea más exacto considerarlo investigador literario, esto es, alguien que no se limita a la presentación epidérmica de las novedades, con una apresurada valoración de sus contenidos, sino que ahonda en las razones y corrientes que atraviesan la literatura y levanta una construcción crítica condigna de los fenómenos analizados. El más reciente fruto de esas indagaciones tras su excelente La cuarta persona del plural, la antología de poesía española contemporánea publicada por Vaso Roto en 2016 es El sujeto boscoso. Tipologías subjetivas de la poesía española contemporánea entre el espejo y la notredad (1978-2015), un poderoso ensayo que ha merecido el I Premio Internacional de Investigación Literaria "Ángel González", convocado por la cátedra homónima de la Universidad de Oviedo, con un jurado compuesto por Francisco Javier Blasco Pascual, José Enrique Martínez, Juan José Lanz, Leopoldo Sánchez Torre y Araceli Iravedra. (Es muy posible, por cierto, que tanto La cuarta persona del plural como El sujeto boscoso se hayan retroalimentado o incluso generado a la vez: la coincidencia de las fechas que ambos abarcan [1978-2015] induce a pensar que la lectura de los poetas aportó, además de la nómina de los antologados, la información que ha permitido construir el ensayo). El sujeto boscoso analiza las formas en que el yo lírico se deshace, duplica o multiplica en un sentido general, se altera o desaparece: abandona los límites de la subjetividad marmóreamente cincelados por la elocución cartesiana en la poesía española posterior al franquismo. El análisis que Mora hace de esta realidad me recuerda, en su planteamiento y también, en buena parte, en su ejecución, a los estudios clásicos de Gaston Bachelard sobre el aire, el agua, el fuego y la tierra, aunque el suyo se ciña a nuestra poesía actual y los del crítico francés se extiendan a la poesía occidental contemporánea: todos son hilvanes minuciosos de algunos elementos comunes simbólicos, ideológicos o retóricos a la práctica poética de un espacio y un tiempo determinados. Hace falta una gran capacidad de visión para detectarlos, filtrarlos por la razón y reunirlos en una plantilla crítica coherente. Para un lector avezado, no es difícil reconocer los rasgos expresivos de un poeta o un grupo de poetas; lo es mucho más identificar los de un conjunto innumerable de autores: los de un país o una época. La inteligencia crítica se demuestra así, como la personal: estableciendo (o rompiendo) relaciones, tanto más significativas cuanto más alejados estén entre sí los elementos que las componen. Vicente Luis Mora hace en El sujeto boscoso un recorrido exhaustivo y cabal por la poesía de casi todos los escritores españoles relevantes (y algunos que no lo son) de los últimos cuarenta años, hasta el punto de configurar un verdadero centón de nuestra lírica, con el fin de filiar y clasificar los procedimientos que revelan esa disgregación, supresión, desdoblamiento o multiplicación del sujeto poemático, trasunto, acaso, de la licuefacción de la identidad en el cosmos de relatividad e incertidumbre que ha alumbrado la posmodernidad (aunque ese derretimiento, como toda fuerza, genere una reacción, o fuerza contraria, hecha de endurecimientos colectivos y terrores nacionales). El principal motivo que acredita el fenómeno, y que Mora desmenuza en El sujeto boscoso, es el espejo, lo que supone un examen no menos detallado de la figura mitológica de Narciso y sus ramificaciones psicológicas en la modernidad, así como de la figura del doble, representativa del laberíntico conflicto de la otredad. El repaso que el ensayista hace de este complejo cosmos simbólico se sustenta en una amplísima documentación, con citas constantes acaso demasiado constantes de los autores y casos estudiados, y, lo que es aún más importante, se plasma en un estilo persuasivo, cuyo ritmo no se ve entorpecido por el lenguaje crítico, que, pese a su altura, no incurre en las arideces de la prosa filológica, y que a menudo se atempera con ironías, consideraciones extraliterarias, apuntes filosóficos o excursos sobre la actualidad poética. Esta es una de las principales virtudes de El sujeto boscoso: que se lee como un relato. Y tiene mucho mérito: componer una obra de estas características sin vulnerar las leyes de la narración implica una comprensión muy profunda de las estrategias retóricas. La presencia de tantísimas voces de poetas, superpuestas o entremezcladas con la del propio ensayista, configura una obra polifónica, coral, muy acorde con el tema tratado y la tesis sustentada: la disolución o pluralidad del yo se corresponde con la disolución o pluralidad de las voces que contiene el libro. En el amplio abanico de temas al que Mora se asoma en su estudio, destacan algunos especialmente vinculados al debate estético aún vigente en España, por más que uno de los interlocutores la poesía de la experiencia se haya refugiado en el epigonismo más aborrecible o haya abrazado tras descubrirlo como quien descubre la sopa de ajo la causa de Claudio Rodríguez y del mismísimo José Ángel Valente, con el propósito de prolongar su protagonismo mediático, en un nuevo ejercicio de la vieja estrategia lampedusiana de que todo cambie para que todo siga igual. Vicente Luis Mora repasa, en el marco del tratamiento del yo, la génesis y evolución del neofigurativismo en nuestra poesía más reciente, y concluye la descripción de su reaccionarismo estético y político con una de sus observaciones mordaces: "Por un enfrentamiento a las poéticas de vanguardia (habitual en posiciones posmodernistas [...]), estos poetas combaten o matizan hasta la reducción el concepto de 'originalidad', no considerándolo necesario, aunque sin llegar su combate contra los derechos de autor -que sí respetan, aunque la 'originalidad', según la legislación vigente, es la razón de que esos derechos sean amparados". Muy interesante es también la aproximación de Vicente Luis Mora a la subjetividad femenina en la poesía contemporánea, que atiende lúcidamente a las singularidades de la poesía escrita por mujeres después de la procelosa tarea de identificarlas y examina en particular la obra de dos de sus principales representantes, Olvido García Valdés y Concha García. Mora no elude aquí el espinoso asunto de la existencia de una poesía femenina reconocible como tal, esto es, con unas características que no se den, o que se den de forma muy distinta, en la poesía masculina, como no eludía, en La cuarta persona del plural, el reto de definir la "calidad literaria", esa cosa asimismo tan escurridiza y difícil de conceptualizar, pero a la que todos acudimos para descalificar a unos autores y elogiar a otros. Vicente Luis Mora es un pensador valiente, que no teme entrar en las discusiones más arduas y peligrosas: la repulsa, críticamente razonada, de la poesía de la experiencia le ha valido las previsibles coces de sus abanderados; y su adentramiento en la poesía femenina le podría haber dado también algunos disgustos. Si no lo ha hecho, ha sido porque ha abordado el asunto con cautela -demasiado visible, quizá, en algunos pasajes de El sujeto visible, pero también con una perspicacia y una ecuanimidad encomiables. Así resume las diferencias que, tras una larga demostración, advierte en la poesía escrita por hombres y la poesía escrita por mujeres: "El hombre vuelca la coseidad en la teoría, mientras que la mujer la riega de identidad, entendiendo que lo femenino es parte nuclear de la subjetividad; los varones, por su parte, no apelan casi nunca a su masculinidad como parte de su yo en el mundo. Como es lógico, esto se advierte de prístino modo en la realización objetiva del poema, y en tanto el escritor masculino prefiere abordar los temas de la disolución acudiendo a categoría formales y códigos ya establecidos (el yo es otro rimbaudiano, la tradición literaria del doble, los códigos culturales y no psicológicos del yo dividido), la mujer poeta crea todo un mundo de complejas relaciones sintácticas y semánticas enter las palabras yo y que, en un proceso inverso, elevan a categoría la identidad, en vez de partir de ella". El sujeto boscoso, en suma, constituye un valioso ensayo literario, panorámico, riguroso, atrevido, bien articulado y escrito, que halla su razón en los textos y no en elucubraciones indocumentadas, y persigue la iluminación verdadera del lector y del mismo autor: la que surge de la interpretación individual y el pensamiento propio, frente a la espesura inane de los tópicos y las inercias; de la pereza intelectual, en suma.

jueves, 9 de febrero de 2017

New England Patriots, 34 - Atlanta Falcons, 28

El título de esta entrada, que parece el parte de bajas de alguna guerra o una contraseña de ordenador especialmente segura, es en realidad el resultado de la Super Bowl que se ha jugado hace apenas unos días en Houston, Texas. Pero la información que acabo de dar no resuelve enteramente la cuestión, porque muchos a pesar de las veces que este acontecimiento deportivo aparece en las películas de Hollywood y en los noticiarios de televisión no saben todavía qué es la Super Bowl. La Super Bowl es el partido final de la National Football League, el principal campeonato profesional de fútbol americano en los Estados Unidos, y su relevancia en la cultura de este país es equiparable al 4 de Julio, al Día de Acción de Gracias o al Día en el que Donald Trump pronuncie una frase sin que a las personas decentes se les revuelva el estómago. La final de este año ha sido épica: en los seis minutos finales, los New England Patriots, gracias al brazo sobrenatural del quarterback Tom Brady (me resisto a llamarlo "mariscal de campo": suena napoleónico, y no hay para tanto, la verdad), han enjugado una desventaja de diecinueve puntos para forzar la prórroga y, en esta, la primera de la historia en esta competición, han marcado el touchdown definitivo que les ha dado el título, el quinto de su trayectoria. Aplaudo la hazaña de los Patriots, pero lo siento mucho por los Falcons, que son mi equipo. Porque yo, además de ser de un equipo de fútbol el Barça, ¿cuál si no?, soy de un equipo de fútbol americano: los Falcons de Atlanta. Me aficioné a ellos el año que pasé en su ciudad como estudiante de intercambio, hace ya tres décadas. Entonces eran un equipo mediano, por no decir mediocre; pundonoroso (que es el calificativo clemente que suele aplicarse a los jugadores o las formaciones esforzados, de los que solo se puede decir que son esforzados) pero más acostumbrado a la derrota que a otra cosa, aunque en 1980, precisamente el año que pasé en Georgia, fuese campeón de su división, de la mano del Steve Bartowski, otro quarterback de leyenda. No obstante, me gustaba su uniforme rojo, negro y blanco, la figura del halcón en el casco negro y en vuelo, pero con las alas bajadas y el nombre, Falcons, con el que lo bautizó una maestra de escuela, Julia Elliott, para la que el halcón nunca soltaba a su presa, era mortal y tenía una gran tradición deportiva. Por desgracia, ninguno de estos fantásticos rasgos se han apreciado en la última final de la Super Bowl. El fútbol americano no es solo un deporte en los Estados Unidos: es una presencia constante. En los parques, en los patios de las casas, en la calles, en los colegios, en todas partes siempre hay gente pasándose un balón ovalado. En España pateamos pelotas redondas; en Inglaterra juegan a críquet; en Francia, a la petanca; en Finlandia esquían; en Jamaica corren: todos los países tienen algún o algunos deportes en los que se plasma el carácter nacional y la filosofía de vida de la sociedad que los practica. En América ese papel fundacional lo cumple el fútbol americano. Cuando, en 1979, llegué al colegio de Atlanta en el que iba a estudiar un año, una de las primeras cosas que vi fue a dos cheerleaders ensayando en un pasillo. Nunca había visto a una cheerleader de verdad, ni tenido una minifalda, tan corta, con sus dos piernas debajo, tan largas, tan cerca. Luego, ese mismo día, después de clase, asistí a un pep rally, una ceremonia, que me anegó de estupor, en la que todos los alumnos del colegio se reúnen en el gimnasio para animar al equipo de fútbol, que tiene partido por la noche. Apretujados en las gradas, los estudiantes corean consignas, vitorean al equipo y, en general, aúllan como posesos, para infundir a los jugadores el ardor guerrero que les conduzca después a la victoria. Entre las animadoras que propiciaban los cánticos distinguí a las dos que había visto al llegar a clase, con faldas aún más cortas que las de los ensayos. Me recuerdo imaginando lo que habríamos dicho nosotros, en nuestro colegio de curas barcelonés, si alguien nos hubiera convocado en el gimnasio un viernes después de clase para expresar nuestro apoyo al equipo de fútbol. (Nuestro colegio no tenía equipo de fútbol, pero da igual: lo que se nos habría ocurrido es irreproducible en horario infantil). El fervor entre tribal y castrense que demostraban, en cambio, aquellos escolares por sus jugadores encontraba una correspondencia exacta en la ferocidad con la que estos se desempeñaban. Los primeros partidos a los que asistí una ocupación casi ineludible de los adolescentes los viernes por la tarde me recordaban a los combates entre clanes neolíticos: todo el mundo luchaba allí como si la pelota fuese el jabalí que hubieran abatido y que iba a dar de comer al clan una semana. (Pude comprobar también, luego, que aquellos choques casi ferroviarios tenían consecuencias psicológicas: a pesar de los cascos de hormiga atómica que llevaban, aquellos jóvenes revelaban al hablar una suerte de disminución de la inteligencia, aunque ello no reducía su atractivo a los ojos de chicas: los jugadores de fútbol seguían siendo los miembros más populares del colegio, entendiendo por populares lo que se ha entendido siempre en las escuelas norteamericanas: aquellos a los que todo el mundo les ríe siempre las gracias; los que no pueden faltar en cualquier fiesta que se precie; los que dotan de glamur a las reuniones escolares). Pero sería un error pensar que los barullos y montoneras que se forman en los partidos de fútbol americano solo son fruto del caos o de las ganas de unos jóvenes atiborrados de testosterona de sacarles las mantecas a otros jóvenes no menos forzudos y llenos de hormonas. El fútbol americano es un sofisticado ejercicio de estrategia, en el que el choque físico es solo la parte visible de una serie de planes minuciosamente elaborados. Las escuadras preparan y entrenan, semana tras semana, mes tras mes, complicados movimientos en el césped, y aprenden a coordinar, es más, a sincronizar los desplazamientos de jugadores que en muchos casos pesan más de cien kilos pero son capaces de correr cien metros en doce segundos, y que se han de enfrentar a defensas que parecen el primo hermano de king kong. (Una cosa muy buena de este deporte es que los gordos no solo no son rechazados, sino que son muy apreciados, a diferencia de lo que pasa en casi todos los demás, salvo el sumo; mi triste destino en el colegio, por ejemplo, dadas mis características físicas, fue siempre el de portero: aunque no me moviera mucho, tapaba mucha portería). El engaño desempeña un papel importante en la estrategia del equipo, y con frecuencia se simulan lanzamientos o carreras en el lado en el que no está o por el que no va a ir el balón. Y, en fin, la violencia explícita del enfrentamiento inhibe la violencia antideportiva: he visto muchas más tanganas, con patadas y puñetazos incluidos, en el fútbol europeo, reino de pícaros, macarras y mamporreros, que en el americano, donde, con anglosajón fair play, todo el mundo entiende que quieran arrancarle a uno la cabeza si eso es lo que hace falta para recuperar el balón, del mismo modo que uno está dispuesto a sacarle los hígados a quien se le ponga delante para lograrlo. Yo nunca jugué al fútbol americano cuando viví en los Estados Unidos. Preferí ser portero del equipo de fútbol europeo: había adelgazado bastante, pero, a base de recibir pelotazos por todo el cuerpo (era inevitable), había desarrollado cierta habilidad para interponerme entre el balón y la red. Sin embargo, desde aquellos años aurorales, conservo el agrado por ese curioso ajedrez violento cuyas maniobras nunca dejan de sorprenderme, por esa batalla de proyectiles sin pólvora y de cargas de caballería en las que los jugadores son a la vez el caballo y el jinete, por ese recipiendario magnífico de entusiastas minifalderas, que es el fútbol americano, y el deseo de que alguna vez este año ha estado, ay, a punto de cumplirse los Atlanta Falcons ganen la Super Bowl.

domingo, 5 de febrero de 2017

¡Viva Mérida!

Cuando llegué a Mérida para incorporarme a mi nuevo trabajo en la Junta, me alojé un un modesto pero digno hotel de la ciudad. Allí entretuve algunos ratos de charla con el recepcionista de día, un joven amable y amante del fútbol. Nada trascendente, claro: que qué me había traído a Extremadura; que si las cosas aquí estaban mu achuchás; que si el sábado el equipo en el que jugaba tenía un partido muy difícil contra el máximo rival. La última mañana de mi estancia en el hotel, salí a desayunar al bar de la esquina. Cuando fui a pagar, la camarera me dijo que ya estaba pagado. Ante mi sorpresa, me señaló al joven recepcionista, que también estaba tomándose un café con leche en la barra, y añadió: "Él se ha hecho cargo". 

Hace unos diez días, en lo peor de la ola de frío, Ángeles y yo salimos a cenar. A pesar de las bajísimas temperaturas, nos apetecía estirar las piernas. Volvimos tarde a casa. Para entonces, casi medianoche, estábamos a cinco grados bajo cero. Ya en la carretera que conduce hasta nuestra casa, un coche se paró a nuestro lado. La joven que lo conducía, con una enorme sonrisa, nos preguntó a dónde íbamos. Tras la reacción automática, propia de dos personas acostumbradas a sobrevivir en la selva urbana, y consistente en un silencio desconfiado durante el cual el cerebro se acelera para intentar descubrir qué intenciones, sin duda aviesas, se esconden en aquel inocente acercamiento, la chica prosiguió: "Yo vivo en este barrio, pero, si queréis, os llevo a donde me digáis". Aquella mujer, que viajaba sola, se ofrecía a rescatarnos del frío. A las tantas de la noche. Sin conocernos. Sin saber si éramos una pareja de asesinos en serie. Le dijimos que no, que muchas gracias, que ya estábamos llegando a casa. Y cuando se marchó, nos quedamos mirándonos, estupefactos, sin dejar de caminar.

Una noche de viernes de hace una semana, al salir de casa para otro paseo, tuvimos el descuido de dejarnos las llaves puestas en la cerradura por dentro. Era imposible abrir. Nos dimos cuenta nada más salir, con el sobresalto desesperado de quien comete un error y se percata de ello un segundo después de haberlo cometido. Nunca nos había pasado algo así en Mérida. No sabíamos de ningún cerrajero de guardia. Y nadie más que nosotros tiene llave del piso, salvo la casera, que vive en Madrid, y la señora de la limpieza, a la que no íbamos a molestar por aquello, a aquellas horas. Llamamos, pues, a la policía municipal, por si ellos conocían algún profesional que pudiera ayudarnos. Y, sí, la policía nos remitió a un carpintero que también se ocupa de casos como el nuestro, es decir, de torpezas cometidas por idiotas. Lo llamé. Estaba con sus hijos, cenando. Su mujer me explicó, azorado aún no había vuelto a casa. Pero, tras alguna vacilación, me dijo que venía. Lo esperé a la puerta de la urbanización y llegó corriendo, literalmente. Subimos al rellano y abrió la puerta con la tarjeta del gimnasio. Un sentimiento de gratitud infinita se mezcló con otro de preocupación, no menos dilatada, por la poca seguridad que ofrecen las cosas con las que creemos estar seguros. Aquel hombre había dejado a sus hijos solos, a la hora de cenar, para coger el coche y atender la urgencia de unos desconocidos en el otro extremo de la ciudad. "Me sabía mal dejaros solos con el problema", nos dijo. Nos cobró treinta euros, un precio que nos pareció ridículo ante el servicio prestado y las circunstancias en que lo había prestado. En Londres (o en Barcelona), habría sido imposible encontrar, un viernes por la noche, a alguien que nos ayudase. Y, de haberlo conseguido, nos habría cobrado tres o cuatro veces esa cantidad. Y habría tardado varias horas en llegar. Y nos habría puesto mala cara.

¡Viva Mérida!

jueves, 2 de febrero de 2017

Sobre Trump, con perdón

La sutileza y el sosiego con los que Trump ha accedido a la presidencia de los Estados Unidos han hecho que esté en boca de todo el mundo, literalmente: de todo el planeta Tierra. A mí me da pudor y casi vergüenza sumarme a ese coro de indignación planetario que ha saludado su entronización. Primero, porque siento un rechazo congénito por los movimientos de masas (en cuanto veo a tres personas estar de acuerdo en algo, siento la obligación moral de discrepar). Y, en segundo lugar, porque hacerlo me recuerda la magnitud de mi error: hace algunos meses vaticiné (como casi todo el mundo, por otra parte) que Hillary Clinton derrotaría al patán de Nueva York (y me consuela poco pensar que así fue en sufragios populares: 66 millones de americanos votaron a Clinton y 63 a Trump, pero los caprichos de la ley electoral hicieron que él fuese el elegido). Sin embargo, la brutalidad de su comportamiento, que excede con mucho lo anunciado en la campaña electoral (y aun antes, a lo largo de su trayectoria como promotor inmobiliario, dueño de casinos, propietario de concursos de belleza femeninos, fabricante de vodka y presentador de concursos televisivos), me impulsa a sumarme al coro: duele escuchar sus salvajadas, y hasta verlo, sin proferir un amargo lamento, que es también un grito de protesta y exasperación. Para explicar su comportamiento en estas primeras semanas de mandato, he empezado a oír en las tertulias y los medios de comunicación que está loco. Aunque muchos de sus rasgos (y, sobre todo, su peinado) encajan, en efecto, en una personalidad psicopatológica, la alegación de locura en política siempre me ha parecido peligrosa: eso es lo que decían los soviéticos de los disidentes: que estaban locos. Y, para curarlos, los mandaban a Siberia. Si no reconocían lo evidente, que la Unión Soviética era el paraíso en la Tierra, es que no estaban bien de la cabeza. No creo que Trump esté loco. Los locos no suelen amasar fortunas (más bien tienden a dilapidarlas) ni saben sortear los numerosos atolladeros de un proceso electoral en el país más poderoso de la Tierra, hasta convertirse en su mandamás. Lo que sí creo, como ha señalado la Sociedad Americana de Psiquiatría y subrayan cada vez más especialistas, es que Donald Trump padece de un narcisismo rampante, ese rasgo de la personalidad que determina individuos egocéntricos, imperiosos, manipuladores, crueles, competitivos, autoelogiosos y acríticos consigo mismos, pero hipercríticos (y despreciativos) con los demás. Pero a estas perniciosas características que por sí solas configurarían a un sujeto detestable, pero no necesariamente a un líder de masas se suma otro factor desestabilizador, que es el que hace de Trump un verdadero peligro internacional: el flamante presidente yanqui es el depositario de lo peor de la cultura política estadounidense, y de la cultura estadounidense, a secas. En él se reúnen el nacionalismo desaforado del que es hijo el aislacionismo de la doctrina Monroe, con su criptofascista grito de guerra "¡América para los americanos!", la excelsitud de lo privado frente a la perversidad de lo público (que se identifica con lo socialista y lo totalitario), el éxito material como motor y justificación de la existencia, la competición como único estímulo del crecimiento, el matonismo frente a los desafíos, la sinrazón de la defensa de las armas y la pena de muerte, la desconfianza ante la intelectualidad y la cultura, la creencia en la superioridad propia, la religiosidad ciega, el individualismo autista, el antiformalismo cutre, el democratismo analfabeto, el pragmatismo arrasador. Trump, como conservador iletrado que es, niega el cambio climático y cree que la vacunación produce autismo. También opina que los inmigrantes ilegales mexicanos (y, en general, todos los hispanos) son "corruptos, violadores y delincuentes"; que a los terroristas se les combate no solo matándolos a ellos, sino también a sus familias; que hay que aplicar la tortura a los detenidos sospechosos de terrorismo (de momento; luego quizá abogue por extender esta práctica a todos los detenidos), porque ha demostrado su eficacia; que hay que sembrar de armas los colegios e institutos del país para que alumnos y profesores puedan defenderse de los chiflados que, también armados, quieran ametrallarlos; que podría matar de un tiro a alguien en Wall Street y no perder un solo voto por ello (aunque aquí se equivoca: uno sí perdería: el del muerto); que, si uno se ha convertido en una celebridad, puede agarrar a las mujeres por el coño; y una sarta de barbaridades de semejante tenor que hacen que, comparado con un chimpancé, el chimpancé nos parezca Schopenhauer. Todo obedece a una personalidad descabalada, en la que la convicción de ser el centro del universo, y un centro del universo maravilloso, altera la comprensión de la realidad y anula la capacidad de empatizar con los demás. Pero ya se sabe que todo rasgo de la personalidad, como este narcisismo hipertrofiado, tiene alguna explicación oculta: nadie nace Narciso, como nadie nace maltratador o racista. Y yo creo saber su origen. ¿Se han fijado en el tamaño de las corbatas de Trump? No me refiero a su anchura nada podría superar, en punto a amplitud, a las del añorado Luis Aguilé, sino a su largura: siempre caen bastante más allá de la hebilla del cinturón, incumpliendo una norma fundamental de la etiqueta masculina: la corbata nunca ha de llegar a la bragueta. Y suelen ser rojas o de colores llamativos, para que la atención del observador se concentre en ellas. Pero la corbata es un símbolo fálico, uno de los más obvios que tenemos a nuestro alrededor. Y también es sabido que las grandes ostentaciones suelen esconder grandes carencias. Quien proclama sus éxitos, es que se siente fracasado. Quien se jacta de su inteligencia, es que es idiota. Quien alardea de algo, es que carece de ello. Ya tenemos la conclusión: Trump la tiene pequeña. Ese es el origen de su narcisismo: para compensar una realidad tan lamentable, Trump no solo se cuelga corbatas desmesuradas, sino que ha desarrollado una personalidad cuyo único objetivo consiste en lucir ante todos su descomunal condición para convencerlos de que es el más duro, el más macho, el más grande: el mejor. Trump, además de un  microcerebro y una micromoral, tiene un micropene. Aunque, mientras no decida exhibirse en bañador (o, mejor, desnudo) para acreditarlo, como ya hace su admirado Putin, solo Melania podría confirmárnoslo. Y Melania está demasiado ocupada siendo una nulidad como para prestar este inestimable servicio al mundo.