miércoles, 12 de agosto de 2026

La Odisea de Christopher Nolan

He visto La Odisea. Como muchos millones personas en el mundo. Como casi todos. Y, aunque no me gusta hablar de lo que todo el mundo habla, voy a hacer una excepción, aunque tampoco sé por qué. Quizá porque la película me ha gustado más de lo que esperaba. O porque los fenómenos cinematográficos planetarios como este nos arrastran a todos. O porque hoy no tenía un tema mejor del que hablar (el eclipse aún no ha tenido lugar; lo hará esta tarde, si el Sol y la Luna no deciden lo contrario: sería maravilloso que el eclipse no sucediera). Antes de presentarme con mi hijo Álvaro y su novia Mireia en el IMAX de Diagonal (antes, la espectacular pantalla estaba en el Puerto Olímpico, que habría sido un lugar mucho más adecuado para ver una película como esta), situado en uno de esos centros comerciales cuyo principal atractivo ya no son las tiendas fastuosas o los restaurantes franquicia que los atiborran, sino el paradisíaco aire acondicionado, había leído críticas de todos los colores: desde las entusiastas hasta las horrorosas, que hablaban de “tocomocho” o infumabilidad y poco menos que dejaban a Nolan a la altura del betún. Fui, pues, al cine con cautela, impresionado todavía, además, por el extraordinario papel de Ulises (lo siento: me resisto a llamarlo Odiseo; desde mis clases de griego en BUP y COU, con don Gregorio Salvador, Ulises solo puede ser Ulises) que hace Ralph Fiennes en El regreso, y temiéndome un fiasco monumental. Pero no. La película, como ya he dicho, me ha gustado. En algunos momentos, me ha gustado mucho; en otros, no tanto. Pero, incluso cuando flojea, mantiene un pulso narrativo, un sentido épico y una espectacularidad visual que satisfacen. De entrada, la película de Christopher Nolan tiene un gran mérito: ha renovado el interés por la gran obra de Homero. Las librerías del mundo entero —al menos, del occidental— se han llenado de gente —sobre todo de jóvenes, lo que me parece especialmente valioso— que quería un ejemplar del libro. Yo mismo he acudido a la mía a encargar uno de la traducción de Carlos García Gual en Alianza y otro de la nueva versión de Juan Manuel Rodríguez Tobal, recientemente publicada en Hiperión, aunque en casa ya tenga dos ediciones de la clásica de don Luis Segalá Estalella de La Odisea y La Ilíada (Luis Segalá Estalella es a Homero lo que Luis Astrana Marín a Shakespeare). Por otra parte, Nolan ha sabido movilizar a la audiencia mundial: hacía años que un estreno no concitaba el interés de esta Odisea, y, al parecer, la taquilla está respondiendo a ese interés: la película ha costado 250 millones de dólares, pero ya ha recaudado 1.100 en todos los cines del mundo, y los expertos le auguran una cifra final que rondará los 1.400 o 1.500 millones. Por imponente que haya sido la campaña de márketing orquestada por la productora, obtener estos resultados es prodigioso. En lo estrictamente fílmico, La Odisea no solo mantiene el tipo, sino que descuella en muchos momentos. La interpretación de la bellísima Anne Hathaway, una actriz que yo asociaba siempre con comedias románticas y otros productos hollywoodienses de fácil factura y aún más fácil consumo, hace aquí un trabajo espléndido, contenido y desgarrado a la vez, sobrio y natural, si es que puede hablarse de naturalidad en el caso de alguien que se pasa veinte años tejiendo y destejiendo un manto fúnebre, mientras una caterva de pretendientes rijosos la espera al otro lado de la puerta, babeando por poseerla y, de paso, devenir reyes. También es muy destacable Robert Pattinson en el papel de Antínoo, el más venenoso de esos feroces pretendientes, que muere a manos de Ulises, como casi todos los demás, en una, por cierto, de las mejores escenas de muerte del cine reciente. Charlize Theron, por su parte, hace de Calipso con su acostumbrada solvencia, y nos permite admirar su belleza sobrenatural en las playas de Malta, también sobrenaturalmente bellas. En el otro lado de la interpretación, encontramos a Matt Damon, un buen actor que en esta película no alcanza el nivel esperable. Uno se imagina a Ulises fuerte e ingenioso, decidido pero atormentado, y solo encuentra a un hombre de cuerpo escueto y rictus a menudo inexpresivo, que deambula sin demasiado ton ni son por los parajes del Mediterráneo a los que el azar los lleva a él y a sus aqueos. Damon no consigue transmitir esa impresión de héroe y, a la vez, de hombre frágil, acosado por sus demonios interiores y urgido por el deseo de volver a casa. O, al menos, yo no lo he percibido así. Mientras observaba su actuación, no podía dejar de pensar en cuánto mejor protagonista habría sido Javier Bardem, por ejemplo, o el propio Ralph Fiennes. Algo bueno que sí transmite el Ulises interpretado por Damon, siguiendo el guion del propio Nolan (que ha recibido mordaces críticas de Emily Wilson, la traductora del libro en el que Nolan dice haberse basado para escribirlo), es su, digamos, preferencia por lo humano. Frente a las exigencias y expectativas de los dioses, este Ulises se decanta siempre por las propias: las suyas y las de sus hombres, mortales, débiles, necesitados, obedientes al instinto de supervivencia, aferrados a su carne y sus heridas frente a los sacrificios y penalidades que les imponen los inmortales. Así, Ulises nunca se para a enterrar a sus muertos si lo apremia algo más urgente o si hacerlo constituye una amenaza o un peligro. Y enterrar a los muertos propios era paradójicamente vital para los griegos: sin la inhumación debida, al difunto se le negaban el honor y el descanso que le correspondían, y su espíritu no podía ingresar en el inframundo: quedaba así condenado a vagar eternamente sin más realidad ni existencia. Esta inclinación por lo humano —a mí, que soy radicalmente antiteísta— me halaga y me conmueve. Otro aspecto inadecuado del elenco de actores de la película que debo señalar es el hecho de que para el papel de Helena, aquella belleza sobrehumana que había causado la guerra de Troya, se ha elegido a Lupita Nyong’o, una actriz negra. Recuerdo cuánto nos indignó a muchos, en nuestra adolescencia, que Judas fuera interpretado por un actor negro en la mítica Jesucristo Superstar, de 1971, porque implicaba una valoración moral: lo negro era lo malvado (o peor: el negro era el malvado), y contra esto estábamos todos de acuerdo. Pero, en el caso de La Odisea, la valoración moral ha obrado a la inversa: para demostrar que lo negro no es lo malvado, sino lo bueno, o por lo menos lo igual de bueno que lo blanco, vamos a utilizarlo incluso allí donde no puede ser utilizado: en el papel de una mujer que no podía ser sino blanca, como lo es en el libro de Homero y como lo eran todas las mujeres de la realeza en los siglos de la Hélade homérica, por más origen mitológico que tuvieran. Que Helena sea negra es tan anacrónico, y tan inverosímil, como que Kunta Kinte o Martin Luther King fuesen blancos. E igual que Helena, para serlo, no puede ir vestida como una astronauta o como una jugadora de fútbol, tampoco puede tener la piel blanca. El color de la piel es consustancial a la caracterización de Helena. La elección de Lupita Nyong’o para el papel —que desempeña, en cualquier caso, con mucha dignidad— solo obedece a la necesidad de proclamar al mundo que quienes hacen la película no juzgan a sus empleados, ni a nadie, por el color de su piel, sino por sus habilidades interpretativas. Lo que no deja de ser otra forma —aunque esta social y políticamente aceptada— de racismo, en la medida en que el color de la piel se impone injustamente a la realidad. Por último, al estar basada La Odisea en una obra literaria, y sobre todo de la entidad de esta, no es de extrañar que se remarquen las diferencias entre la película y el relato original. Pero este aspecto me ha importado poco, aunque haya bastantes diferencias entre una y otro, algunas gruesas y otras de detalle (como que las velas de las naves de los griegos, que además parecen drakkars vikingos, sean rojas: el tinte púrpura era carísimo y no se podía derrochar de esa manera: otro color improcedente, como el de la piel de Helena). Los capítulos o episodios que Nolan ha elegido, y su forma de tratarlos, mantienen el espíritu de la epopeya homérica y se desarrollan a buen ritmo, como en los cantos del griego. Quizá el capítulo que se me hace más confuso e incómodo de ver es el del Cíclope que encierra a Ulises y sus compañeros en la cueva donde guarda las ovejas (y de vez en cuando se come a alguno), y al que el héroe le clava un madero ardiente en el único ojo (con el que, en cualquier caso, no parece ver demasiado). En La Odisea de Homero, el ganado es de un tamaño proporcional al del Cíclope y eso permite que los griegos se escapen de la cueva agarrados al vientre de los animales, a los que el Cíclope, cegado ya, reconoce por el tacto de la lana. En la película, las ovejas son normales, y eso obliga al guionista a inventarse una forma un poco chusca de huir: poniéndose algunas hierbas en el cogote para que el Cíclope, si llega a tocarlos, no los distinga de los animales. La película de Christopher Nolan dura tres horas, de cuyo transcurso no fui consciente. No se me cerraron los ojos en ningún momento, ni me removí en el asiento para encontrar una mejor posición, ni siquiera hube de salir de la sala para ir al baño, como pensaba que tendría que hacer inevitablemente, dado el pobre estado de mi próstata y la duración del film. Cuando me di cuenta de lo ligeramente que habían pasado aquellas tres horas, pensé que mi cuerpo y mi mente ya habían decidido el sentido de esta crítica por mí.

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