Acaban de aparecer, casi al mismo tiempo, los números más recientes de dos espléndidas revistas literarias españolas: Gesto. Revista de Literatura, Arte y Pensamiento y Surco. Cuadernos de Poesía, dirigidas por Juan Luis Calbarro y Antonio López Cañestro, respectivamente. De ambas he hablado ya, aunque por separado, en otras entradas de este blog. Ven ahora la luz el número 7-8 de la primera, fechado en julio de 2026, y el 12 de la segunda, correspondiente a la primavera de 2026. Ambas pueden definirse de la misma manera: están hechas con esmero, generosidad y buen gusto, y lucen, en cada entrega, una nómina muy atendible de autores. Y ambas encarnan también algo cada vez más raro en la sociedad literaria actual: son medios dedicados plenamente a la literatura, entregados al lenguaje y a su cultivo más exquisito, y con una atención especial a esa paria de todas las parias literarias: la poesía, quizá porque sus directores son, sobre todo, poetas. Por último, tanto Gesto como Surco prestan asimismo una atención destacada al apartado visual: la tipografía que emplean, las fotografías que incluyen, las ilustraciones que escogen, las cubiertas con las que se presentan, son, siempre, de una calidad extraordinaria. Y es lógico, porque quien tiene cuidado con el lenguaje, quien ama el lenguaje, que es forma, lo tendrá también con cualquier otra forma. También hay algunas diferencias entre ellas, como es natural: Gesto, hecha en Madrid, solo se publica en formato digital, tras una primera etapa en la que únicamente aparecía en papel; Surco, hecha en Sevilla, solo ve la luz en papel (lo que hoy en día constituye una verdadera heroicidad). Y Gesto tiene, digamos, un radio literario más amplio: publica también prosa de ficción, trabajos filológicos, aforismos, críticas de arte, reseñas de libros. Surco, por su parte, se ciñe exclusivamente a la poesía, aunque, dentro de esta, se muestra plural y hospitalaria: atiende a la creación, la traducción, el ensayo y la entrevista. Singularmente, no da cabida a la crítica de novedades —cosa que Gesto sí hace— porque considera que eso banaliza, hasta cierto punto, la trascendencia del hecho poético: porque lo somete a una actualidad líquida y alborotadora que nos hace perder el oremus de lo grande, de lo perdurable. También en su estructura interna difieren, aunque esto poco importa si el resultado, como sucede en los dos casos, es bueno. Gesto, hija, en primerísimo lugar, del esfuerzo de su director, Juan Luis Calbarro, cuenta con dos directores adjuntos —uno de los cuales tengo el honor de ser yo; el otro es Natalia Carbajosa— y un consejo editorial integrado por escritores tan notables como Luis Alberto de Cuenca, Jordi Doce, María Ángeles Pérez López, Tomás Sánchez Santiago, Jorge Rodríguez Padrón, Sebastián Gámez Millán y Olga González Aguilar. Surco, por su parte, es obra exclusiva de su fundador y director, Antonio López Cañestro. En su número actual, de casi 300 páginas, Gesto publica poemas de Antonio Colinas, José Luis Puerto, Isaac Gómez Calderón, Oswaldo Guerra, Ricardo Hernández Bravo, Jorge León Gustà, Sol Mussons, Jesús Cárdenas y el propio Juan Luis Calbarro, entre otros autores; ensayos de Esperanza Ortega, Jonás Sánchez Pedrero, Jorge León Gustà y Moisés Galindo, también entre otros; traducciones de Matt Mason, por Juan Luis Calbarro, Miren Agur Meabe, por ella misma, y Georg Trakl, por Natalia Carbajosa; un cuaderno central de poesía, dedicado en esta ocasión al poeta extremeño Javier Pérez Walias; y, en fin, una amplia sección de crítica de libros. Mi contribución al número ha sido doble: un conjunto de aforismos, “Algo de existencialismo (V): el lastre de la identidad” —perteneciente a mi libro La tabla del náufrago. Aforismos y no tanto o algo más, de próxima publicación en El Sastre de Apollinaire—, incluido en la sección de “Prosas”, junto a trabajos de Sebastián Mondéjar y Salvador Perpiñá; y una reseña, “El deseo a contraluz”, sobre el libro Follar por amor, amar por placer, de Silvia Rins (que ya había visto la luz en este blog el 14 de marzo de 2026: Gesto da también segundas oportunidades a trabajos ya publicados). En cuanto a Surco, su número 12, de 260 páginas, presta una atención privilegiada al poeta andaluz Manuel Mantero, fallecido hace un año y medio en los Estados Unidos, donde había vivido y desarrollado una distinguida carrera académica desde 1969: incluye una extensa “Autobiografía intelectual”, escrita por el propio Mantero, una muestra de su poesía en su sección “Quebrantos” y, finalmente, una amplia entrevista que firma Sara Paco. Junto a Mantero, aparece un iluminador ensayo, “Sobre la poesía”, de Edmond Jabès; unos enigmáticos y, por eso, fascinantes textos de Xul Solar, fechados como entradas de diario, con el título de “Los San Signos. Xul Solar y el I Ching”; y fragmentos, asimismo, de un nuevo libro de Jay Wright que ha de publicar Hojas de Hierba, tras Transfiguraciones, titulado Soul and Substance [‘alma y sustancia’], con traducción mía. El número incorpora asimismo varios poemas y reproducciones de la obra plástica de la malograda pintora algecireña Blanca Orozco.
Transcribo, a continuación, algunos de los aforismos con los que he colaborado esta vez en Gesto:
No sobrecoge pensar en el no ser. Sí en quien se es.
Orden de alejamiento
Id, entidades.Discrepo de Rimbaud. Quiero ser otro –una mujer que lee en un banco del parque, un hombre que pasea mirando a los pájaros, un anciano que, pese a todo, sonríe–, pero el yo no me deja. El yo nunca es otro.
Impone su yo como un chaparrón o una cacerolada.
Cuando me quito la máscara, me arranco el rostro; y la calavera sanguinolenta es otra máscara.
Que la máscara sea la verdad.
Cuando me miro el ombligo, veo el de los demás.
El latido que oigo en el pecho de la persona a la que amo no se diferencia en nada del que suena en el mío. Tampoco lo haría el de mi peor enemigo, si me apoyara en él.
Somos nuestra propia doncella de hierro. Pero nos acostumbramos a vivir atravesados por sus hierros.
La mirada fija de los niños parece preguntarnos: ¿seré como tú?
Hay quien ondea el yo como un gallardete para atraer la atención de los navegantes; pero, como las veletas, también convoca a los rayos.
Todo rostro deja rastro. Todo rastro tiene rostro.
Arrastramos el cuerpo que somos como si empujáramos una carreta cargada con la bosta de las vacas que hemos limpiado del establo.
El yo es la alfombra bajo la que barremos la porquería de los días.
El yo es la bola de billar que choca con las demás bolas en el tapete del mundo, el taco que la golpea y el brazo que mueve el taco.
El yo-yo es el juego favorito de los egocéntricos.
El yo me devora cada día. Y luego eructa de satisfacción.
El martillo pilón del yo.
Envidio el título que dio Cioran a uno de sus libros: Ese maldito yo.
La pregunta «¿quién soy?» me resuena en el pecho desde que naciera. La pregunta «¿qué soy?» me retumba aún más adentro, y desde antes.
A cierta edad, y luego de años de probaturas y experimentos, no queda más remedio que ser lo que se es. Aunque hunda en uno mismo, un lugar en el que nunca se ha querido estar.
Siempre sonrío cuando me veo en un espejo, pero no porque me crea guapo, sino porque me han enseñado a ser amable con los desconocidos.
Detrás de los cuadros suele haber cajas fuertes. Pero ¿y detrás de los espejos?
Lo primero que hago al levantarme es comprobar que todos mis miembros estén en su lugar; luego, me lavo los dientes.
Si será engañosa la identidad que hace falta un documento expedido por el Estado para acreditarla.
Aguardo con curiosidad, y con esperanza de alivio, el día en que no sepa quién es el que me mira desde el espejo. O en el que sepa que es otro.
En todos vive un terrorista escondido, que acumula ira por las cosas que nos oprimen y el sufrimiento que nos causan. Siempre estamos a una distancia asombrosamente corta de cruzar el semáforo en rojo, de tirar los papeles al suelo y de matar a nuestro vecino con un cuchillo jamonero.
Llevo el yo enganchado como una película de sudor, como uno de aquellos monigotes de papel que nos pegaban en la espalda el Día de los Santos Inocentes y que paseábamos sin darnos cuenta por todas partes, como la pez con que embreaban en el Salvaje Oeste a los tahúres y vendedores de elixires mágicos. No puedo desembarazarme de él.
De pequeño, quería ser torero y boxeador. De lo primero me disuadió el primer astado que vi en la Monumental de Barcelona, a la que me llevaron mis padres; de lo segundo, el primer –y único: me dejó KO– puñetazo que me dio en la tripa Castiglione, un compañero de clase uruguayo con el que había organizado un combate en el patio para probar los guantes de reglamento que me acababan de regalar los Reyes y confirmar mis habilidades pugilísticas. Superadas estas pueriles e insensatas inclinaciones, a lo largo de la vida he deseado ser muchas cosas que nunca he sido ni seré: jardinero, psiquiatra, periodista, historiador, farero, abogado penalista, actor de teatro, restaurador de libros, detective privado, químico. Lo que no somos nos define con mucha más precisión que lo que somos.
El que está vacío, se llena de identidad o de patria, o de ambas cosas. Quien está lleno —de lucidez, de sensibilidad, de incertidumbre— no necesita de esos desagradables aditamentos para ser.
La identidad es el lastre preferido de los volátiles. Los pega al suelo. No les importa que sea cenagoso.
Cuando era joven, cada encuentro con alguien era un desafío, una aventura, un misterio. Hoy, con las enseñanzas de la edad, el conocimiento de las relaciones sociales y una reflexión consciente y constante, he conseguido que cada encuentro sea una colisión.
A más identidad, menos entidad.

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