Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
sábado, 11 de marzo de 2023
De la izquierda al neofascismo
domingo, 5 de marzo de 2023
Elogio del disidente
El disidente es alguien que dice no. Su no hace el mismo ruido que un nadador que nada a contracorriente o un cocinero que saca algo del aceite hirviendo. El disidente no solo discrepa: el disidente se niega a no discrepar. Su no obedece a un impulso tan sensible como cerebral: es un no recio como la caoba, lujurioso como un beso sin engaño, seguro de su razón de ser no. Su no se afirma ante el obsequioso sí y también ante una pléyade de noes indecisos: el no agnóstico, acomodaticio y cobardón, que se dice incapaz de saber si sí; el no falaz, que se escabulle de un sí vergonzante; el no agarrotado, al que le tiemblan las rodillas y se le erizan los pelillos del cogote; el no que aún no ha salido del armario, incapaz de asumir su honorable condición de no. El disidente pronuncia un no que es un no al mundo y a las criaturas del mundo, representadas por la instancia, doctrina, credo u organismo al que dice no. El disidente recuerda, con su no desembarazado, con su no sin afueras ni penumbras ni fronteras, que la vida ofrece siempre más posibilidades que las que la realidad nos pone delante. La masa, cree el disidente, no es un interlocutor válido, sino minusválido. La masa siempre dice que sí, aunque se oponga. Y ese sí nos atrapa como un pozo, nos engulle como una ameba, nos destruye, aunque parezca que nos confirme. El disidente escapa de la oscuridad del aljibe aferrándose a su debilidad: convirtiendo la flaqueza en determinación. Y derrota a la ameba diciendo solo que no: no nado en tu aguazal; no comparto tu ectoplasma; no soy otro, sino yo; no soy yo, sino todo. Su no es un sí que nos aleja de los senderos pisoteados por la grey: sí a la bifurcación, sí al error, sí a la incerteza, sí a la soledad luminosa, aunque tajante, de la que surge el no. El disidente arraiga en el no, como en un humus fecunda, para que no lo arrastre la renuncia, para que los transeúntes, adormecidos por la adhesión, y cuantos trafican con la concordia, administradores de la catalepsis, no lo sepulten en la unanimidad. El disidente cree en todo lo que no. El disidente desconfía de la razón invulnerable y los problemas sin solución. Al disidente lo entristece el vasallaje y lo estimula la subversión; es más: al disidente, insubordinarse se la pone dura. Su no contiene el latido y expulsa la mansedumbre. El disidente no se deja seducir por cantos de sirena: sabe que la armonía es narcótica y que su objetivo es encarcelarnos en el extravío. El disidente dice no para advertirnos de que aún no nos hemos sumado al concierto de la nada y de que conviene seguir disintiendo, aunque eso nos indisponga con nosotros mismos. El no del disidente llama a la indisciplina y al amor, porque la única sensatez es el disparate. El no del disidente no revela convicciones, sino incertidumbres, y eso lo salva; y a todos, porque nos redime del suplicio de las doctrinas y la inanidad de la obediencia.
martes, 28 de febrero de 2023
El Miami Design District: un barrio muy artístico
Miami tiene un barrio del diseño, el Miami Design District, un lujoso rincón enclavado entre barrios pobres: al norte linda con Little Haiti, donde llevan décadas hacinándose los emigrados del desventurado país caribeño, y al oeste, con otro vecindario de escaso glamur, ante cuyas casas —unifamiliares, eso sí— se sienta la gente, casi toda negra, en sillas de camping, para charlar y echar el rato. Pero, dentro de los límites del barrio, entre las calles 38 y 42 de la zona de Buena Vista, al norte de la ciudad, reina la opulencia. El Miami Design District alberga 130 establecimientos, entre salas de exposiciones, tiendas de moda, estudios de arquitectura, anticuarios, museos, bares y restaurantes, a cuál más chic, a cuál más obscenamente caro. Con la rehabilitación del languideciente barrio a finales de los noventa, se quiso maridar el arte y el comercio, y parece que lo han logrado: aquí se muestran inextricablemente unidos. Pero el arte no solo está en las galerías y pinacotecas, una de las cuales, el Instituto de Arte Contemporáneo, ha sido diseñado por arquitectos españoles —Aranguren & Gallego—, sino en las propias calles del barrio. Cuando lo visitamos, una colección de animales azules se despliega en las aceras. En Palm Court (que también acoge palmeras con el tronco pintado a colores, a lo Ibarrola, y platos, también polícromos, colgando de las ramas) encontramos, delante de una gigantesca burbuja situada en el centro de un estanque (en la que se puede entrar, y que conduce a un aparcamiento subterráneo), un rinoceronte azul con una rinocerontito, también azul, en el cuerno; en Paradise Plaza, al otro extremo del district, nos espera un elefante con un oso dormido en el lomo (y una menina de amatista, que forma parte de otra colección); y en el Paseo Ponti, la avenida peatonal que constituye el eje del barrio y que lo recorre de un extremo a otro, nos sorprende un gorila, inevitablemente azul, que abraza (y besa) a un cisne. Lo peculiar de esta pieza es que, vista desde un lado, el perfil que componen el simio y el cuello del ave parece otra cosa: un ejercicio de autosatisfacción practicado por un primate espectacularmente dotado. El arte tiene estas cosas: siempre ofrece nuevas interpretaciones, nuevas lecturas.
Seguimos nuestro paseo por el barrio, admirando la suntuosidad de los escaparates de Cartier, Bulgari, Givenchy, Balenciaga, Hermès o Ximena Kavalekas, entre muchas otras marcas internacionales, aunque mi compañera, que ha trabajado en una gran casa de cosmética, me dice que no es oro todo lo que reluce: el perfume Creed, por ejemplo, una botellita del cual puede valer 600 dólares, huele a rayos. Durante nuestro paseo, cruzan las calles deportivos que parecen naves espaciales y motos como transatlánticos, ambos ruidosísimos, y también mucha policía, tanto local como privada: los americanos protegen ferozmente la riqueza. En otro lugar, damos con una marquesina bajo la que descansa un esqueleto: parece que se hubiera muerto esperando el autobús. No sabemos quién es el autor de la instalación, pero probablemente sea cubano: en Cuba la gente se muere esperando el autobús. En la planta superior de Palm Court, también admiramos el enorme torso azul celeste de alguien que emerge del suelo y escribe en él. Yo, sin saber de quién se trata, asumo que es un escritor y me hago fotografiar entre sus brazos, sin que la toma tenga nada de erótica, aunque sí algo de fetichista. (Me temo que no ha sido una buena idea: me he puesto en cuclillas, y me cuesta un mundo resistir el tiempo que tarda mi compañera en pulsar el disparador y luego levantarme; ah, yo quisiera, como Pereda, aprender a arrastrar con valentía la cruz de mis dolores). Pero estoy equivocado: el personaje representado es Le Corbusier, el arquitecto, y el autor de la escultura —poligonal, en fibra de vidrio—, Xavier Veilhan. La gente no resulta menos llamativa que el arte callejero y los esplendorosos aparadores: nos cruzamos con un rastafari que lleva el pelo, alto como el de Marge Simpson, envuelto en ropa y unas gafas con tres lentes: uno a cada lado y otro en la frente (¿para el tercer ojo?); y también con una señorita enfundada en un traje de rejilla negro que permite admirar todos los rincones de su anatomía, ciertamente admirable. Su escueta ropa interior es asimismo negra.
En Paradise Plaza, oímos música española: es Paco de Lucía. Y en la Opera Gallery hay una exposición de Spanish Masters: Miró, Picasso y Manolo Valdés. La sala no es muy grande, aunque tiene dos pisos. Contemplamos las obras de los artistas: Nu assis appuyé sur des coussins, de 1964, de Picasso, cuyo modelo es Jacqueline, su último amor, en el que el centro del cuadro —y, por lo tanto, de la mirada— lo ocupa el triángulo púbico, rizado, de la esposa; Tête, de Miró, de 1967, con sus círculos, sus estrellas y sus colores primordiales; y unas maravillosas Mariposas de colores y Vidriera como pretexto II, de Valdés, recién creadas: en 2022. Sin embargo, la pieza que más nos llama la atención es un óleo de Picasso, que los galeristas han situado en el centro de la sala, frente a la entrada, y que representa un cabeza de mujer, roja y verde, sobre fondo gris: Buste de femme au chapeau, de 1943. La encargada nos explica que acaban de adquirirlo de un coleccionista suizo y que es la primera vez que se expone públicamente. Nos atrevemos a preguntar cuánto vale. «Diecisiete millones de dólares», es la respuesta. Nos retiramos respetuosamente. En el piso de arriba, se expone un Chagall. Ante el interés que demostramos por el cuadro, la que debe de ser la dueña de la galería nos pregunta si queremos ver más cuadros del francorruso. Le decimos que sí. La señora abre entonces un armario, muy cerca de donde estamos, y nos enseña varios, alineados en un altillo. Uno, de 1974, es L’hiver: arbre en hiver (les quatre saisons), un paisaje marino en el que no faltan ángeles, caballos y peces que parecen navegar a vela. La galería tiene, pues, muchos millones de dólares guardados en el cuarto de las escobas. Como los museos, en cuyos sótanos se apilan piezas de valor incalculable que no se exponen por falta de espacio. En esta misma planta, contemplamos también —y nos contempla— otra menina, como la de la plaza, pero naranja. Y una encantadora joven, francesa por el acento y las hechuras, que eleva la anécdota de becaria a la categoría de princesa, nos da conversación: amable, educada, cosmopolita. Como es casi todo en el Miami Design District. Y carísimo.
[Este artículo se publicó en La Sombra del Ciprés, suplemento cultural de El Norte de Castilla, el 10 de febrero de 2023]
jueves, 23 de febrero de 2023
Camba, el mejor articulista
domingo, 19 de febrero de 2023
El dermatólogo
La piel es el mayor órgano del cuerpo. Y también el mayor órgano sexual (descontando algunos casos singulares, claro está). Está en contacto permanente con el entorno: no descansa; recibe sin descanso los estímulos y las agresiones de la realidad, incluso cuando duerme. Por eso los dermatólogos son especialistas tan solicitados. La piel nos da a todos muchas satisfacciones, pero también muchos problemas. A mí me ha martirizado, desde la adolescencia, con verrugas, eccemas, dermatitis seborreicas, lipomas, placas liquenoides y hasta un carcinoma basocelular que tenía muy mala pinta, que hubo que extirpar con cirugía ambulatoria y que me ha dejado una cicatriz de muchos centímetros en la espalda. Y, para ampliar mi atribulado currículum dérmico, el otro día me descubrí una manchita sospechosa en la ingle, una zona delicada por estar cerca de donde está. Como la manchita no se fue con agua y jabón, aunque froté vigorosamente en varias duchas, decidí visitar a mi viejo amigo, el dermatólogo. Pero no el de la Seguridad Social, que me obligaría a pasar primero por el médico de cabecera, dentro de un mes, y por el especialista Dios sabe cuándo —quizá cuando la mancha ya se hubiera convertido en una buba pestífera o un ganglio tremebundo—, sino un dermatólogo particular. Pero ¿cuál? El que me atendió en la última emergencia se ha jubilado. Busco en Internet alguno que tenga buenas reseñas cerca de donde trabajo, y doy con uno que pinta bien: J. P, con consulta en una calle noble del Ensanche barcelonés. No se puede reservar hora digitalmente, y lo hago por teléfono, donde una diligente secretaria me la da para dentro de unos días y no se olvida de informarme de que la primera visita cuesta 125 euros. El hecho de que solo se pueda reservar telefónicamente me inspira confianza; y que me cobren esa pasta, aunque resulte doloroso, también: está bien que lo bueno se haga valer. Acudo a la visita el día y a la hora concertados, y compruebo que el médico atiende en una finca decimonónica, con breves asientos de madera en cada descansillo de la escalera. Me abre la puerta la secretaria del teléfono, que guarda un parecido extraordinario con Oliva, la novia de Popeye, y que me hace pasar, tras comprobar mi nombre en la lista de pacientes para hoy, a una sala de espera al otro extremo del pasillo. Estoy solo. El galeno ha tenido el buen gusto de no colgar sus diplomas en las paredes de la sala, sino solo cuadros, y de calidad: sutiles paisajes mediterráneos, poderosas composiciones abstractas y un retrato que, por la singularidad del modelo (que no es un adonis desnudo ni una belleza atemporal), supongo del propio doctor J. P. Tampoco hay revistas (ni del corazón ni de coches; ni siquiera de medicina) ni un rincón para niños. Todo es sobrio, discreto y burgués, como en una notaría. Fuera, zurean las palomas y brilla el sol, amable. He de esperar poco: Oliva me indica que ya puedo pasar y me conduce hasta la puerta de un anchuroso gabinete, en el que me recibe alguien, alto y delgado, con la bata y el pelo blancos. Sí: es el hombre del retrato, aunque más viejo; debieron de pintarlo hace mucho. Me da la mano al tiempo que me desea buenas tardes y me ofrece asiento, un sillón chippendale de cuero bueno y sinuosidades clásicas. Lo ocupo y cruzo las piernas: estas butacas están hechas para cruzar las piernas. Delante del doctor J. P., reparo en sus rasgos finos, sus gafas delicadas y, sobre todo, su melena, que, aun cana, luce un corte juvenil y una caída principesca. Es lo que mi ex llamaba “una melenita catalana”, ese pelo largo que, en los hombres entre cincuentones y, como demuestra quien tengo delante, ochentones, llega hasta casi los hombros y ahí se incurva displicente pero cuidadosamente, como muestra de su vitalidad perdurable y su inmarcesible rebeldía. Le expongo mi inquietante caso al médico, que me mira impertérrito, me hace de vez en cuando alguna pregunta (“¿Qué tamaño tiene la mancha? ¿Es como una lenteja?”. Y la asociación de las lentejas a la mancha me recuerda la descripción que hizo el equipo médico habitual de las heces del Caudillo durante su interminable agonía: “heces con forma de melena”) y, sobre todo, toma notas. No utiliza el ordenador. De hecho, en su mesa de trabajo, grande como el escritorio de Napoleón, no hay ordenador, ni teléfono, ni aparato alguno inventado después de 1875. Escribe con un bolígrafo de oro, en una de aquellas antiguas tarjetas de archivo, que tenían una doble raya roja, muy fina, en la parte superior. Y me gusta. Como me gusta el ambiente señorial del consultorio: con más cuadros (finos) y diplomas (ahora sí), muchos de ellos de prestigiosas universidades anglosajonas, en las paredes y una librería llena de gruesos volúmenes de medicina, encuadernados en piel. En un momento dado de mi exposición del problema, menciono al dermatólogo que me atendió la última vez, X. B., que ya se ha jubilado. J. P. da entonces un pequeñísimo respingo —es un hombre flemático— y me dice que X. B. ha sido discípulo suyo. Utiliza esa palabra: “discípulo”, como los maestros antiguos. Y también eso me agrada. Hoy nadie se considera discípulo de nadie. El magisterio de las ciencias y las artes ha sido sustituido por la enseñanza impersonal de Internet y las redes sociales, que es al aprendizaje lo que un bocadillo de chóped a la gastronomía. J. P. se sorprende, no obstante, de que un discípulo suyo ya se haya jubilado. Hace un cálculo rápido y, sí, le sale la edad de jubilación para X. B. Pero no para él, que sigue al pie de cañón con ochenta y muchos años. Su veteranía, no obstante, me tranquiliza: este hombre debe haber visto las pieles de medio mundo. Expuesto el caso, llegamos a la revisión. Me acompaña hasta la zona de exploración y me hace sentar en una camilla con un foco encima parecido a los que utilizaba la Gestapo en sus musculosos interrogatorios. Naturalmente, he de bajarme los pantalones, algo que no me suele gustar. Pero esta vez es por una buena causa. Con ellos —y los calzoncillos— por debajo de las rodillas, el galeno, sentado en un taburete frente a mí, examina la zona con dedos expertos y llega, con asombrosa rapidez, a un diagnóstico preliminar: es un eccema liquenoide. Luego, llevado por su formación humanista y por la fabulosa circunstancia de que no ha de atender a cuatrocientos pacientes en la próxima media hora, como los dermatólogos de la sanidad pública, me explica en qué consiste el eccema liquenoide, me aclara que un eccema liquenoide no es lo mismo que un liquen y me da muchos otros detalles fascinantes de la lesión, mientras yo lo escucho con los pantalones bajados, las vergüenzas al aire y expresión de que no me importa, absorto como estoy en las explicaciones que me da. Pero el doctor J. P. es un médico concienzudo. Se calza entonces un monóculo para observar de cerca la lesión y confirmar el diagnóstico, y se me amorra a la ingle como a una fuente de agua fresca. Solo puedo pensar en una circunstancia en la que haya tenido la cabeza de alguien tan cerca de los pudenda, pero no quiero rememorarla ahora. Veo la melena del doctor J. P. desplegarse ante mí, con sus relumbres plateados, y me encomiendo a la providencia. De aquí, me esfuerzo en pensar, solo puede salir algo bueno. El médico se incorpora, después de unos momentos que se me han hecho eternos, se quita el monóculo y, con admirable naturalidad, me cuenta que sí, que es un eccema liquenoide: una acumulación de ampollitas; parece que la piel hierva, me dice. Y luego añade un maravilloso detalle etimológico: “eccema” viene del griego ekzeîn, ‘hervir’. También me da otro dato, tranquilizador: el eccema es endógeno, es decir, no lo ha causado ningún bicho o porquería externa, sino mi propio cuerpo, vaya Ud. a saber por qué. El cuerpo tiene estas cosas: hace cosas inexplicables. Así seguimos otro buen rato, él ofreciéndome raudales de información y yo recibiéndolas con muchísimo interés, solo matizado por el hecho de que llevo en bolas un cuarto de hora (y de que no ha dejado de apartármelas para ver mejor). Me subo por fin los pantalones, como quien echa el telón a una obra insufrible, y la visita toca a su fin. Me extiende una receta, escribiéndola a mano con una caligrafía incomprensible, como los médicos de antaño, con una crema muy eficaz (y muy barata, añade), que me he de poner dos veces al día. Vuelve a darme la mano y me acompaña hasta la puerta de su despacho. Fuera, Oliva me cobra, solícita, los 125 euros anunciados (que serán 100 en las próximas visitas, si las hay) y me despide con una sonrisa profesional. Espero, por los clavos de Cristo, que la crema funcione.
lunes, 13 de febrero de 2023
Impresiones de Madrid
miércoles, 8 de febrero de 2023
De te fabula narratur
El género literario de la fábula tiene 4.000 años de antigüedad, según las últimas investigaciones: es uno de los artefactos narrativos más antiguos que conocemos. Y ha sobrevivido hasta nuestros días, lo que tiene mucho mérito: quiere decir que no ha dejado de ser útil, y que hoy todavía lo es. Su presencia en la literatura actual, sin embargo, no es posible sin transformación o parodia: una forma tan reglada —y tan limitida a un fin didáctico, es decir, moralizante— no cabe en la sociedad posmoderna a menos que se la aligere de certezas y se la dote de un espíritu menos taxativo, se la vuelva permeable a una realidad cartilaginosa y movediza. Eso hacen el poeta Daniel Samoilovich y el dibujante Eduardo Stupía (ambos nacidos en Buenos Aires, en 1949 y 1951, respectivamente) en El libro de las fábulas y otras fabulaciones (Pre-Textos, 2022), con el que, aunando palabra e imagen, texto e ilustración, fraguan un magnífico artilugio literario —y también un persuasivo objeto artístico—. Las fábulas de este libro respetan las reglas fundamentales del género: sus protagonistas suelen ser animales que obran y hablan (y hasta escriben, como las orugas de la 29); el asunto resuelve, a menudo, un dilema moral; y muchas concluyen con la tradicional moraleja: «Esta fabulita nos enseña…», gusta de concluir Samoilovich (aunque, en la 48, la frase se complete así: «…algo importante, aunque no sepamos qué»). Sin embargo, todas ellas reniegan de lo previsible, practican la desacralización y celebran el humor. De hecho, cabe ver El libro de las fábulas… como una obra humorística, como una recopilación de facecias, algunas irónicas, otras disparatadas y casi todas surrealistas. Samoilovich (y Stupía por la parte que le toca) pertenece a una estirpe de escritores juguetones, como el hispano-mexicano Gerardo Deniz, el argentino Oliverio Girondo, el chileno Nicanor Parra o los españoles Ramón Gómez de la Serna, Carlos Edmundo de Ory y Rafael Pérez Estrada; y también el inglés Lewis Carroll, las peripecias de cuya Alicia, con sus rompecabezas lógicos y sus paradojas —o parajodas, que decía Cabrera Infante—, han influido sensiblemente en El libro de las fábulas…: autores que gozan con la multiplicación del ingenio, con el quebrantamiento festivo de lo sabido o lo esperado, con la iconoclasia no meramente destructiva sino también inteligente, con el placer avasallador de la invención. Su literatura es lúdica y gozosa, e induce al lector a un estado de grave ligereza, de sonrisa legítima y efervescencia bien articulada. «Las opiniones de X acerca del asunto Y me parecen inteligentísimas; empero, sospecho de mi parecer, porque mis propias opiniones referentes al asunto Y coinciden con las de X», leemos en la fábula 4.
[Este artículo se publicó en Letras Libres, nº 254, noviembre de 2022, pp. 52-53]