Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
MIGUEL HERNÁNDEZ, «Elegía»
La soledad abre una puerta. La puerta esconde una oscuridad luminosa. Me golpeo las espinillas con lo que amuebla este recinto desorbitado, pero es un dolor equívoco, que se convierte, con lentitud de larva, en placer. El dolor y el placer concuerdan en esta tiniebla dorada, flechada por pájaros desconocidos, poblada por imágenes que no alcanzan a ser objetos, punteada de embriones de mí, de cadáveres de mí, de gritos y susurros que acaso haya pronunciado yo. En esta soledad fértil en figuraciones, advierto el cuerpo que acarreo, la forma que me obligo a poseer. Y también percibo el silencio, que afila sus facciones: las abastece de una desnudez desolada. Pero esta desolación, como las magulladuras de las canillas, suscita una extraña alegría. El silencio y la soledad van de la mano. Cada uno espolea al otro. La piel, bajo su luz tajante, ya no es una veladura. La soledad descubre tanto a quien no soy como a quien está sumido en el tráfago embrutecedor de las identidades. Con el resplandor encapotado de la soledad, se enderezan los pulsos que latían bajo mi pulso, se avivan los nombres que soterraba mi nombre, se ulceran las paredes que me contenían, y en esas úlceras veo a quien fui, a quien llueve o es derrotado, el espasmo sostenido del fingimiento, la benemérita corrosión de las fábulas con las que me construyo, el camino aciago de una sangre abocada a la intrascendencia, el cielo del que abomino y el barro en el que me revuelco, y donde me disperso, y me extingo, aunque nada último me posea todavía. La soledad desenmascara los hombres que soy. La soledad es, si no me descarrío, una alegría sin fin. No significa la nada; o sí, pero una nada jubilosa. Se encienden luces, que iluminan pasadizos cuyas paredes son mis huesos; se multiplica quien habla, que tiene mi nombre, pero que es otro, que es muchos; se ramifican los ojos; se desmenuza el sexo; oigo la música fracturada de quien ignoraba que compartiese mi cama y mis visiones. La soledad esculpe realidad en lo que huye. Cuanto omitía, es ahora fuego y morada. Cuanto solo intuía, deviene razón de mí, cimiento asentado por el seísmo. La soledad no gratifica: perturba, como el zumbido de un insecto en un cuarto vacío. La soledad percute hasta agujerear el muro que hemos levantado con las palabras, y por la grieta que dibuja asistimos a la erección de otro muro: el de quien tiene mi voz y, a la vez, repudia mi voz; el de quien escribe su llanto con la resignación de un desahuciado; el de quien se descalza. La soledad ahoga, pero alienta; esparce una semilla feroz. La maraña de la soledad solo atrapa a uno: me atrapa a mí.
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