martes, 10 de enero de 2017

Angelina Gatell

Me entero hoy martes de que el sábado murió en Madrid la poeta Angelina Gatell. Su nombre no dirá nada, o muy poco, a muchos y, para más inri, su fallecimiento se ha visto oscurecido por una desgraciada lluvia de decesos de gente más importante o mediática, como Zygmunt Bauman o Ricardo Piglia. Manuel Rico glosa hoy, en un largo obituario en El País, su figura y su trayectoria. Y no es extraño que lo haga, porque él ha sido uno de los principales valedores de Gatell y acaso quien más se haya esforzado por la recuperación de su obra. Yo mismo era un perfecto ignorante de la poesía de la autora de Barcelona (había nacido en mi ciudad en 1926, aunque se había trasladado a Valencia con quince años, y luego a Madrid) cuando Manuel me propuso prologar un libro que en realidad eran dos: Los espacios vacíos y Desde el olvido, y que se iba a publicar en Bartleby Editores. El primero consistía en una colección inédita y el segundo, en una antología de la poesía que había escrito entre 1950 y 2000, y en la que se incluía una serie, también inédita, de sonetos. Por qué me lo propuso a mí, tan alejado, como creador, de la estética social predominante en aquellos poemarios, solo Dios lo sabe. Quizá se fijó en nuestro origen común o, prefiero pensar, en el fondo existencial, de reflexión íntima y persecución del amor, que latía en aquellos libros combativos y denunciadores, y con el que enseguida me sentí identificado. En efecto, la poesía de Angelina Gatells me llamó la atención por varias razones, y una era esa: el empuje de una extraordinaria ansia vital, junto con el compromiso ético, el combate político y la reivindicación de la mujer; otra, su perfección formal: sus sonetos, por ejemplo, eran de una delicadeza, una precisión y una naturalidad insuperables. Angelina Gatell formaba parte de aquel grupo de escritoras del medio siglo, como Carmen Conde, Aurora de Albornoz, Gloria Fuertes o Ángela Figuera Aymerich, que conocieron la tragedia de la Guerra Civil y sobrevivieron al franquismo trabajando muy duramente por su dignidad como poetas, mujeres y ciudadanas. Pero, si la obra de la poeta recientemente fallecida era sobresaliente, su personalidad no lo era menos. Su trato afable, su finura intelectual, su espíritu pugnaz y su anchurosa humanidad la hacían un ser admirable. Estaba contenta como una niña con zapatos nuevos con su reaparición poética en 2001. Cuando le pregunté cómo había podido pasar 31 años sí, 31 años, desde 1969, cuando había aparecido su último y excelente poemario, Las claudicaciones apartada casi totalmente de la poesía, me dio una respuesta tan sencilla como abrumadora: "Es que tenía que trabajar para vivir. Era muy difícil hacer versos y mantener una familia". En aquel larguísimo paréntesis de silencio, se había dedicado a la traducción de literatura infantil y al doblaje, entre otros menesteres, y de sus peripecias en Televisión Española conservaba un buen montón de anécdotas, algunas de las cuales involucraban al inolvidable Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo, y al no menos ínclito Adolfo Suárez, que fue, entre muchos otros cargos del franquismo, no hay que olvidarlo, director general de Radiodifusión y Televisión entre 1969 y 1973. Me contaba aquellas aventuras, que en muchos casos suponían enfrentamientos con aquellos prebostes de la dictadura, con el orgullo y el punto de fiereza de la vieja militante comunista, acostumbrada a bregar, como un escollo más de la vida, con los oscuros funcionarios del Régimen. Del torpe prólogo que escribí para Los espacios vacíos y Desde el olvido le gustó especialmente que hubiera descubierto una alusión velada, en uno de sus poemas, al levantamiento de los campesinos catalanes en 1640 (ese que canta el himno de Cataluña, Els segadors). Seguimos en contacto después de la publicación del libro. A veces me llamaba por teléfono y charlábamos un rato. Su voz siempre me pareció enérgica y delicada a la vez, como ella misma. Cuando en 2007 apareció, también en Bartleby, la editorial que ha impulsado su obra todos estos años, Mujer que soy (La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta), una magnífica antología de once poetas españolas de la generación del 50, reseñé el libro. Y me mantuve atento a sus siguientes entregas: Noticia del tiempo (2004), Cenizas en los labios (2011) y La oscura voz del cisne (2015), cuyos títulos, por sí solos, revelan la creciente y comprensible preocupación de la poeta por el inexorable final, aunque sin abdicar de los anhelos y creencias de toda su vida. La última vez que vi a Angelina fue hace tres años, en la presentación en La Casa Encendida, de Madrid, de Rompiente, el poemario, también publicado por Bartleby, de la norteamericana Jorie Graham. Allí estaba, sentada en una de las primeras filas, guapa, como siempre, y atendiendo con interés a los traductores de Jorie. Hablamos, claro, a pesar del gentío; apenas me mencionó sus últimos alifafes: no le gustaba molestar. La despedí con el cariño y el respeto que me han merecido siempre las personas íntegras, discretas y abnegadas. Angelina, además de ser una gran poeta, era una gran mujer. Descanse en paz.

Transcribo un poema de Ceniza en los labios:

Qué inaudita tu voz, qué misteriosa
la reverberación de sus metales,
el rastro que dejaba en la arboleda
apócrifa del aire.
Era como
un suavísimo adorno
de la tarde inclinada sobre el río,
cayendo nota a nota en el acero
intranquilo del agua.

Y yo como naciendo en una
dimensión ignorada de mí misma,
todo lo más augurio, nebulosa,
girando en el espacio, extraviada
en el dulce dominio del asombro,
respirando palabras como flores
confusamente abiertas
y en los parterres de la tarde.
                       (Amor, no entiendo lo que dices.
                       Sólo sé que me duele…).

domingo, 8 de enero de 2017

La cabalgata de los Reyes Magos

Anteayer, al llegar a casa, vi algo extraño en la calle. Lo que, realmente, me extrañó mucho, porque mi calle, apartada de casi todo, debe de ser una de las más tranquilas del universo. En mi calle, flanqueada por edificios deshabitados, nunca se oye nada, ni pasa nada, ni hay nada, salvo niebla. Niebla hay mucha, pero no hace ruido. Lo que sucedía es que la policía había dispuesto unas tiras de plástico para impedir el aparcamiento, algo que solo podía significar que allí iba a desarrollarse un acontecimiento extraordinario. Y, en efecto, no había ni un solo coche aparcado. Cuando ya estaba en casa, escribiendo, que es lo que siempre hago cuando estoy en casa, empecé a oír un ruido insólito: música. Y digo insólito porque en mi calle nunca se oye nada. Ni siquiera a los vecinos, que no existen. Me asomé a la ventana, compungido (me aterraba que se hubiera instalado en las cercanías una troupe de bongueros o cualquier otro mastuerzo amante de la murga), y descubrí lo que significaban tanto aquella repentina melodía como la prohibición de aparcar: por mi calle iba a pasar la cabalgata de Reyes, más aún, no solo iba a pasar, sino que empezaba en ella. Extendiéndose hasta el final de la vía, y más allá, se alineaban los camionazos que transportaban a las diferentes peñas reales, con sus motivos y muñecos. En todas ellas se sentaban una muchedumbre de niños y algunos supervisores adultos, dispuestos a repartir la felicidad de los regalos, simbolizados por los caramelos que cada uno de ellos llevaba en una bolsa blanca entre las piernas. Alrededor de los mastodónticos vehículos revoloteaban guardias urbanos, gente de Protección Civil, aguerridos bomberos y miembros de las Cruz Roja: un verdadero batallón de salvadores públicos, prestos a evitar cualquier percance (y, sobre todo, que algún niño suelto, arrebatado de entusiasmo por la generosidad de sus majestades, o quizá cegado por el ansia de alcanzar un balón de plástico que se ha lanzado a la multitud, pero que ha rodado debajo de un camión, se meta entre las ruedas para cogerlo y acabe como una alfombra). En estas circunstancias, la cabalgata hay que entenderla metafóricamente: lo que se cabalga aquí no son caballos, y mucho menos camellos, sino furgones de varias toneladas de peso. También lo de Reyes hay que entenderlo alegóricamente: la Biblia solo dice que "llegaron de Oriente a Jerusalén unos magos", pero no cómo se llamaban, ni que fuesen reyes, ni que fueran tres. De hecho, en la tradición armenia, son doce. Y los nombres que conocemos, Melchor, Gaspar y Baltasar, cuyas primeras menciones datan del s. V, no les fueron oficialmente atribuidos hasta mediados del s. VI, en Rávena (aunque, con la celeridad que caracteriza a los asuntos de la Iglesia, en algunos sitios todavía no los han aceptado: en Alcoy, por ejemplo, donde se celebra la cabalgata de Reyes más antigua del mundo, el rey negro es Gaspar, y el de la barba castaña, Baltasar). Mis primeros recuerdos de una cabalgata de Reyes son los de un gentío enorme en la Granvía de Barcelona, del que mi padre se esforzaba por sacarme, a hombros y entre reniegos, ante la preocupación de mi madre, para que pudiera ver el paso de las carrozas (que ya eran camiones en aquel tiempo). Lo que más me gustaba de aquel espectáculo, además de su rareza, eran "los caballeros con plumas". Los caballeros con plumas eran los jinetes de la Guardia Urbana, que escoltaban el desfile con uniforme de gala, en el que destacaban unos cascos empenachados de plumas blancas. Que pasaran los caballeros con plumas, o que formasen en cualquier acto ciudadano, daba a la ceremonia un aire glorioso y municipal, que yo, como niño, identificaba con las cosas elevadas e incomprensibles de los mayores, pero cuyo colorista protocolo me incendiaba la imaginación. También recuerdo que, en una de aquellas primeras cabalgatas de Reyes, mi padre, en un rapto de temeridad, y ante la mirada, no ya alarmada, sino frenética, de mi madre, me acercó a una de las carrozas con la monárquica intención de que el rey que ocupaba me besara. Pero la que pasaba por allí cuando él decidió dar aquel paso adelante era la del rey negro. Y, al verme delante de aquel rostro embetunado, vestido igual que un sátrapa otomano, y con un turbante como un inodoro al revés en la cabeza, que me hacía grotescas muecas de cariño, horrorizado (yo, no Baltasar), me eché a llorar como solo saben hacerlo los niños: apocalípticamente. Así me ha pasado siempre con los Reyes Magos, los payasos y los poetas de la experiencia: de lejos los tolero, pero, si me acerco y distingo sus rasgos, me invade el pavor y aprieto a correr. Mi experiencia con las cabalgatas de Reyes quedó interrumpida, como suele suceder, en la adolescencia y primera juventud, hasta que me casé y tuve hijos. Entonces volví a ellas, pero ya en calidad de padre. O quizá debería decir que me sumergí en ellas. Durante unos buenos años, con la compañía de unos cuñados que tenían, a su vez, tres hijas, asistíamos al espectáculo en Sant Cugat. Y no era difícil: salíamos a la calle y nos dejábamos arrastrar por la riada de gente que también quería ver pasar a los Reyes. Solíamos acabar en un descampado detrás de la biblioteca municipal, a donde sus majestades llegaban en helicóptero. Allí, en aquel rincón socioeconómicamente privilegiado de una futura Cataluña independiente, no se usaban caballos, ni camellos, ni carrozas, ni tráilers norteamericanos, por articulados que fuesen, no: allí se gastaban Reyes aerotransportados. Salvo el aterrizaje del helicóptero, no veíamos nada, claro está: había demasiada gente; de hecho, no veíamos ni a nuestros hijos, que andaban por las profundidades de la caterva, y de cuya existencia solo sabíamos porque los sujetábamos, allí en lo hondo, de la mano. (Los míos decían que la sentían como una trampa para osos: yo temía que, si se me soltaban, fuesen engullidos por la multitud y nunca más volviésemos a saber de ellos). Anulada la volutad, dejándonos llevar simplemente por la fluvial multitud, acabábamos en alguna calle de Sant Cugat por donde habían de pasar, entonces sí, los furgones reales. Éramos como unos cantos rodados que arrastraba el agua de la gente y que se depositaban, al azar, en algún recodo, en algún meandro limoso de la ciudad. Y allí empezaba otra batalla: la de la recogida de caramelos. En cuanto pasaban las carrozas motorizadas, se desataba una lluvia de confites y piruletas, a la que respondía una turba de niños, que se enzarzaba en una pelea sin igual por recolectarlos del suelo y hasta atraparlos en el aire. La pelea era, a veces, literamente eso: una pelea. Y volaban, junto con los caramelos, los tortazos. Lo entiendo: da mucha rabia que, cuando estás a punto de pillar uno jugoso de naranja o de limón (no de menta, y mucho menos de anís), te lo arrebate alguien más rápido o más hábil (las niñas destacan en esto: como, en general, no pueden competir en fuerza física con los niños, suelen ser más astutas, y se sitúan mejor ante el paso de las carrozas, o colocan mejor el cuerpo ante los competidores, o se camelan a los pajes que los tiran, y también son más tenaces y sistemáticas: su cosecha acostumbra a ser mayor). Otro factor que contribuía a la violencia del momento eran las súbitas enemistades que surgían entre el público y los pajes (o las pajas, si eran niñas). Si, por ejemplo, un infante les decía algo así como: "¡A ver si me das alguno, mamón, capullo!" (en catalán, claro), el paje (o la paja) atendía su solicitud, pero tirándole con todas sus fuerzas el caramelo. Era comprensible. Los caramelos se convertían, así, en proyectiles mortales: si acertaban en un ojo, lo saltaban. (Como, por cierto, las tizas que Correas, nuestro profesor de Ciencias Naturales en el colegio, nos tiraba cuando no atendíamos. Eran otros tiempos: hoy, un profesor que atizase a los alumnos, y nunca mejor dicho, iría a la cárcel). En algunos puntos del recorrido, los intercambios de fusilería los caramelos que disparaban unos eran recogidos por los otros y lanzados a su vez por estos a aquellos, en una escalada de violencia sin final discernible se hacían tan nutridos que los padres habían de intervenir, con la ayuda de la Guardia Urbana (esta, sin plumas). Separados los contendientes, quedaba entonces un paisaje desolado, que podríamos llamar, goytisolianamente, paisaje después de la batalla, con las calles tapizadas de caramelos destruidos y muchos heridos, tanto en las calles como en las carrozas, doliéndose de los impactos, con las ropas y los disfraces desbaratados, y hematomas que tardarían muchos días en curar. Pero, sorprendentemente, los niños no volvían a sus casas descontentos. No sé cómo fue anteanoche con los camiones emeritenses. Detras de casi todos iba un grupo de cofrades, disfrazados del motivo de la carroza (no pude evitar pensar en los penitentes de la Semana Santa...), que podrían sacudir de lo lindo a quienes se propasasen con los pajes (o las pajas) de los vehículos: había batmans y capitanes América, pitufos y abejas maya, aladinos y ratatouilles, ratones Mickey y cochecitos de Cars. Como se ve, todo muy internacional: ¿por qué no, también, Jabatos y capitanes Trueno? Cerraba la comitiva un camión de bomberos: no era una carroza, sino uno de verdad, con sus bomberos encaramados a las grúas y sentados en las mangueras (en las de apagar incendios, digo). Este fue el que más interés despertó en Ángeles, que siente una admiración especial por el cuerpo de bomberos, o por el cuerpo de los bomberos. En cualquier caso, me gustó que se mantuviera una tradición tan hispana: ¡abajo Halloween, muera Santa Claus, vivan los Reyes! Todo eso pensaba cuando advertí que los camiones se ponían en movimiento y doblaban, lentamente, por la carretera y luego la avenida que enfila al centro de Mérida, dejando en mi calle el vacío, el silencio y la niebla que, felizmente, la acompañan siempre.

miércoles, 4 de enero de 2017

Los programas de fin de año y el esfuerzo de los deportistas

Rumio todavía las imágenes espeluznantes que llenaron muchos programas televisivos de despedida del año. Hacia finales de diciembre, con fatídica puntualidad, casi todas las cadenas nos regalan programas con los momentos más destacados del ejercicio que acaba, y, entre ellos, los deportivos son los que suelen aportar las estampas más deplorables. Muchos se complacen en fumigarnos con los momentos culminantes, los más heroicos o apoteósicos, de las diferentes modalidades deportivas, de las que hay cientos, qué digo cientos, miles, y a las que cada día que pasa se añade alguna (baloncesto submarino en bicicleta, canicas entre ciegos en paracaídas, polo en personal transporter, béisbol con las manos atadas a la espalda...). Una submodalidad de estas gestas deportivas la constituyen los esfuerzos sobrehumanos que hacen algunos para acabar las pruebas en las que participan, sin posibilidad alguna de ganar, solo por la honra, al parecer mayúscula, de rematar el empeño emprendido. Y, así, las pantallas se llenan de maratonianos que, tras más de 42 kilómetros de carrera a, no sé, 45 grados de temperatura o con un 95 % de humedad, avanzan como peleles desmadejados camino de una meta que apenas dista unos metros; o de marchadores que, en iguales o peores condiciones, se arrastran por el tartán en desesperada pos de la línea de llegada, que asoma a su mirada como el paraíso, el nirvana, el parnaso o un pollo asado en tiempos de Carpanta; o de ciclistas que, incapaces de pedalear más, al borde del colapso, se obcecan en empujar la bici hasta la culminación de la etapa, porque no hacerlo les supone un deshonor tan grande como para un japonés ser derrotado en la batalla de Guadalcanal. En todos los casos lo hacen entre los aullidos de ánimo de los espectadores, que parecen estar más interesados que ellos mismos en que alcancen su objetivo, y la expectación sobrecogida de los servicios médicos, que se dan cuenta del peligro que corre el deportista, pero que respetan su voluntad de concluir la prueba y esperan a intervenir a que haya cruzado la meta, aunque ello suponga que se lisie o incluso muera en el intento. También recuerdo el no menos épico caso de aquel Éric Moussambani, ecuatoguineano, que nadó la prueba de los 100 metros libres en los Juegos Olímpicos de Sidney en casi dos minutos, más del doble que el campeón van den Hoogenband, y con evidente riesgo de ahogamiento en los metros finales, que, como reconoció el propio Moussambani una vez fuera del agua, entre boqueadas jadeantes, "habían sido muy difíciles". Aquel casi perecimiento no motivó que los socorristas se tiraran a la pileta para rescatar al imperito nadador del angustioso trance, como habría hecho cualquier persona decente, sino, por el contrario, que el público y todos prorrumpieran en bramidos entusiastas que pretendían ayudarlo, pero que tengo para mí que contribuyeron a hundirlo un poco más. Más tristes aún me resultan esos casos de motoristas o pilotos de carreras que, tras quedarse parapléjicos por un accidente en algún desaforado rally en el Tercer Mundo, son contumaces en su desvarío y vuelven a la competición en vehículos adaptados a su minusvalía, asombrosamente felices de abrazar otra vez eso inútil, y casi criminal, que los ha desgraciado para siempre. Todos cuantos contemplan o narran estas escenas sobre todo, los periodistas que las berrean en la radio o la televisión subrayan la abnegación y el espíritu de lucha que demuestran los deportistas, pero a mí estos ejemplos de sacrificio gratuito, con alto riesgo de daño físico o mental, se me han antojado siempre una barbaridad, que no debería ser permitida. Esas estampas de dolor no me transmiten nada, salvo dolor, pena por quienes las padecen y vergüenza por quienes las jalean. Los interesados o sus adláteres suelen justificarlas por el valor de la superación: el ser humano cultiva en el deporte la capacidad para vencer los obstáculos que se interpongan en su camino y alcanzar los objetivos que se haya propuesto, que tan necesaria es para el progreso individual y social. Pero olvidan que esa superación se aplica a una actividad vacía: correr 42,195 km, por más que se derrote a la distancia, y al calor, y a los límites del cuerpo humano, no supone más que correr 42,195 km, algo tan anodino como infructuoso: no se proyecta en ningún resultado que nos enriquezca o beneficie; no acrece el mundo con ningún provecho compartible. La verdadera superación, no la del oropel, no la de la televisión, es la de quienes se esfuerzan cada día para vencer las dificultades reales, y a menudo trágicas, de la vida: la de la madre soltera y sin trabajo que ha de criar a sus hijos en un barrio pobre; la del joven que ha de volver a aprender a caminar, y a vivir, y a morir, tras un accidente que le ha roto el cuerpo; la de quien atiende durante años a un inválido o un enfermo de Alzheimer. Todas ellas constituyen carreras mucho más duras que la que corrió Filípides y que hoy siguen corriendo sus descerebrados seguidores, ante la cl(o)aca babeante de la industria del espectáculo. También se superan a cada instante el científico que se esfuerza por hallar el remedio de una enfermedad; y el escritor que se deja el alma en un libro que engrandezca el arte y dé placer y conocimiento a sus semejantes; y el empresario que desafía todas los escollos del mercado para ganarse la vida, a la vez que proporciona un bien o servicio necesario para sus conciudadanos; y el filósofo que razona, y difunde su razonamiento, para estimular nuestro pensamiento, que nos hará más conscientes de nuestro ser y más responsables de nuestro destino (aunque, al paso que lleva la educación en España y, en general, en Occidente, pronto no quedará ninguno). Ninguna de estas labores, y de tantas otras, se pierde en su propia ejecución: todas salen de sí, exceden sus mecanismos y exigencias, y se proyectan al exterior para aportar algo a todos; todas son sustanciales y benefactoras. El deporte, no; y esos instantes agónicos de atletas que aspiran a culminar su hazaña, aún menos, porque no solo no contribuyen en nada a la mejora del género humano, sino que ponen en peligro la vida, la salud y el bienestar de muchos. Alguien debería hacer algo con esos programas decembrinos que celebran el patatús de un escalador en el Kanchenjunga o la congelación de un esquiador de fondo en la taiga finlandesa. Y también con los programas de Nochevieja, que aún son más terroríficos.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Poetas dictadores

Este 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, ha circulado por internet una de tantas bromas, consistente en afirmar que se había encontrado un libro de poemas escrito en 1974 por el expresidente del gobierno, José María Aznar. La chanza se ha amparado en las conocidas aficiones poéticas del exmandatario del PP, al que todavía se le recuerda leyendo Habitaciones separadas, de Luis García Montero, en las Cortes Generales. No haré ningún comentario sobre el curioso hecho de que un político tan conservador lea a quien siempre se ha presentado como un hombre de izquierdas, tan de izquierdas que en pasadas elecciones ha sido candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid por Izquierda Unida. A lo mejor es que no hay tanta distancia, ni estética ni ideológica, entre ambos. Pero, insisto, no entraré en este tema. Para eso, además, ya está, o ya ha estado, Alicia Bajo Cero. Lo que me interesa destacar hoy aquí es, con independencia de la falsedad de la noticia, y mutatis mutandis (porque no hay comparación posible entre Aznar y los personajes que voy a citar a continuación, por reaccionario que sea aquel, y aunque hiciera sus pinitos en el mundo del disparate criminal, metiendo a España en una guerra que ni le iba ni le venía), son las inclinaciones líricas de muchísimos dictadores y otros individuos de mal vivir. Uno, en su pertinaz ingenuidad, inmune a los continuos desengaños de la vida, piensa que la dedicación a la poesía implica una sensibilidad especial y, más importante aún, conduce a una mejora del espíritu, a una educación superior del alma y la visión, o, dicho de otro modo, que por leer –y acaso escribir– versos se es o se hace uno mejor persona. Pero la existencia de estos zamandurrios desmiente inapelablemente una creencia tan descabellada. Se recordará el caso de Nerón, uno de los primeros en compatibilizar las delicuescencias de la lira con el incendio de ciudades (y el nombramiento de caballos como senadores; en España esto se sigue haciendo, aunque ya solo con burros). El siglo XX ha sido pródigo en asesinos de masas que escribían poesía. Mao, el mayor genocida de la historia, publicó 37 poemas, cuya voluntad propagandística y revolucionaria no les restaba un ápice de la proverbial delicadeza china. En los años 70, tras los memorables hitos de la Revolución Cultural y el Gran Salto Adelante, que causaron millones de muertos y no menos torturados, represaliados, exiliados y encarcelados, los poemas de Mao, transmisores de lo más refinado del espíritu de Oriente, se difundieron por el universo mundo, admirado de la revolución comunista. Sin ir más lejos, en mi biblioteca cuento con cuatro ediciones de la poesía del Gran Timonel: una, en ediciones Júcar (en este caso, apropiadamente amarillas), con prólogo nada menos que de Alberto Moravia, de 1975; otra, en Visor, de la que es responsable Chou Chen Fu (acaso pariente de Fu Man Chu), de 1974; otra más, de la argentina Schapire Editor, a cargo de otro excelente poeta, el ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, de 1974; y, en fin, otra, en catalán, en ediciones Proa, de 1976, con traducción de Manuel de Seabra. Obsérvese la finura del poema "Nubes de invierno", en la versión de Adoum (aunque la de Seabra, en catalán, sea literariamente mejor): "Nubes de invierno cargadas de nieve, copos de algodón que vuelan; / son muy pocas las flores que no caen todavía. / En lo alto del cielo ruedan olas de aire helado, / pero la tierra exhala un suave aliento tibio. / Solo los héroes pueden ahuyentar al tigre y al leopardo / y el oso salvaje no amedrenta al valiente. / Las flores del ciruelo aman la nieve que gira; / que mueran de frío las moscas no tiene nada de extraño". (Reveladoramente, al otro lado del mar de China, el jefe de sus archienemigos, los japoneses, a los que combatió ferozmente y finalmente expulsó de su país, el emperador Hiro Hito, también escribía poemas; poemas, como los de Mao, llenos de sutileza y apacibilidad: por ejemplo, en 1940, cuando sus tropas destripaban a todo bicho viviente en China, el ocupante del Trono del Crisantemo alumbraba esto: "En este nuevo año / rezamos por que Oriente y Occidente / y el mundo entero / vivan unidos / y en prosperidad"). Antes que Mao, otros líderes comunistas habían cultivado el verso: Lenin había escrito "Desde el destierro" (Endymión reprodujo en España, en 1994, sin ahorrarnos ninguna de sus erratas, la primera edición conocida en castellano, de la peruana Ediciones Antigua, de 1975, a la que se empeña en transcribir así: "Antigüa"; el traductor se ignora), una explosión de apóstrofes tremebundos e indignados signos de exclamación: "Festeja con tus verdugos, / Déspota, tu banquete sangriento, / ¡Roe, Vampiro, la carne del pueblo, / Con tus perros insaciables! / / ¡Siembra, Déspota, el fuego! ¡Monstruo, bebe nuestra sangre! / ¡Levántate, Libertad! / ¡Flamea, Bandera Roja!", etcétera. Del impulso lírico de Vladimir Ilich Ulianov fue heredero uno de sus más conspicuos seguidores, Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, alias Stalin, el segundo en la clasificación universal de genocidas, esa que lidera el camarada Mao. Stalin aunó en su juventud dos de los propósitos más enaltecedores del hombre: estudió para cura y escribió versos, de los que apenas queda alguna muestra, de un romanticismo emético, con apelaciones al brillo de la luna y los pétalos de la rosa. Superadas estas pasiones adolescentes, se dedicó a implantar la dictadura del proletariado y matar gente. La lista de dictadores que han cultivado el verso no se agota en los comunistas. Los nazis y fascistas también se han sentido atraídos por la poesía. Hitler, el tercero en la particular clasificación criminal de la historia, aunque había sentido predilección por la pintura, siempre se consideró escritor, y no solo de Mein Kampf, esa luminaria de la razón, sino también de poemas como este, "En el Damberg", plagado de escenas entrañables, como esos borrachos que salen gateando del bar y, después de vagar y derrumbarse por ahí, vuelven a casa, para que su mujer les cure la curda con una buena paliza: "Los hombres se congregan en la diáfana casa / Beben vino y cerveza / Comen y se embriagan como reyes / Y salen a cuatro patas. // Luego ascienden las altas montañas / Trotando con el orgullo en sus caras / Para luego caer dando tumbos / incapaces de mantener el equilibrio. // Regresan a casa entristecidos / Habiendo olvidado las horas pasadas / Entonces aparece la esposa del pobre hombre / Y le cura las heridas de una paliza" (la traducción de los poemas o fragmentos de poemas incluidos en esta entrada es, salvo que se diga otra cosa, de Wout van Gils). Benito Mussolini, por su parte, fue un hombre de múltiples intereses artísticos: tocaba el violín, le encantaba el cine (sobre todo, las películas de El Gordo y el Flaco) y, claro, escribía poemas. Lo hizo de joven, pero supo utilizar su veta lírica para difundir el ideario fascista (igual que hoy se utiliza para vender mercancías) y para camelarse a Clara Petacci, un objetivo asimismo apetecible. (Clara, con admirable aunque luctuosa coherencia, vivió colgada del Duce y murió colgada por él). Por ejemplo, estableció un día para honrar el pan y escribió un poema que se imprimió en pósteres y se distribuyó por todas partes, en el que se leían cosas como "honremos todos al pan, viva el pan, vamos a hacer una fiesta por el pan". Entre los dictadores más recientes, es destacable el caso de Radovan Karadzic, expresidente de la República Srpska (que alguien me diga cómo se pronuncia esto, por favor), psiquiatra, responsable del sitio de Sarajevo y la masacre de Srebrenica, condenado por genocidio y crímenes contra la humanidad, y poeta. Muchos otros benefactores de la humanidad han rimado y contado sílabas: Genghis Khan, Napoleón Bonaparte, Oliveira Salazar (que componía himnos a la Virgen, a Dios y a la bandera portuguesa), Ceaucescu, Papá Doc, Pol Pot, Fidel Castro (con piezas magistrales como esta, "Reflejos reales y verdades que se esconden": "Cristal que no miente / solo refleja verdades / cada vez que miramos / a través de él, vemos / nuestro exterior y en / él reflejamos las / situaciones en que / nos encontramos"; repárese en los abruptos encabalgamientos que lo vinculan con el vanguardismo más radical), el ayatolá Jomeini e Idi Amín Dadá (al que, además de escribir versos, le encantaban Tom y Jerry y comerse a la gente; ¿tendrá algo que ver su apellido con su poesía?). En esta insigne lista no aparece nuestro Francisco Franco, que se decantó por el dibujo, la pintura y la prosa (Marruecos, diario de una bandera y Raza, luego llevada al cine, son sus aportaciones inmortales a la historia de la literatura). Aunque nunca se sabe: quizá en alguna gaveta extraviada en El Pardo se conserve algún soneto suyo a Santa Teresa. También ha habido muchos poetas que, sin ser tiranos, han sido personas abominables: Francisco de Quevedo, Pedro Luis de Gálvez, César González-Ruano, Charles Bukowski. Pero de esos quizá hablemos en otra entrada. Por hoy, con lo que llevo dicho, ya me siento suficientemente miserable.

domingo, 25 de diciembre de 2016

El Espejo de Jaume Roig

El siglo XV es el siglo de oro de las letras valencianas. A mediados de la centuria están escribiendo en Valencia Ausiàs March, Joanot Martorell, Joan Roís de Corella, el anónimo autor del Curial e Güelfa, sor Isabel de Villena y un médico llamado Jaume Roig, galeno de reyes, facultativo municipal y benefactor de hospitales. Este solo nos ha dejado una obra, pero muy significativa, por muchas razones, titulada Espill [Espejo]. La compuso, seguramente, hacia 1460, el mismo año en el que Martorell había empezado a escribir su Tirante el Blanco. Se trata de una novela en verso, integrada por 16.209 tetrasílabos pareados –más los 40 heptasílabos, también pareados, de la «consulta» prologal–, en la que se desarrolla una violenta sátira misógina. El protagonista, cuyo nombre coincide con el del autor, Roig, le cuenta su vida de infortunios y calamidades con las mujeres a un sobrino, Baltasar Bou, para convencerlo de que abandone todo trato con ellas y se entregue a una soltería contemplativa y un celibato reparador. Espill es, pues, una autobiografía, pero una autobiografía ficticia: nada hay que vincule las desventuras del protagonista, víctima permanente de la perversidad de las féminas, con la vida acomodada –una plétora de placeres burgueses– de Jaume Roig, que tenía cuatro casas en Valencia, copiosas fanegadas de tierra en la huerta levantina, una biblioteca de más de 50 volúmenes –a la sazón, nutridísima– y una sola mujer, Isabel Pellicer, a la que quería tiernamente. Espill, cuya técnica narrativa es el flash-back, se configura como una novela itinerante, o, por seguir con la terminología anglosajona contemporánea, como una road story. En el libro primero, el protagonista es expulsado de su casa por una madre desalmada y emprende un viaje por Cataluña y Francia, donde combate contra los ingleses en la Guerra de los Cien Años y llega a París, en uno de los escasos episodios de éxito contenidos en el volumen. En el libro segundo, detalla el fracaso de sus tres matrimonios –con una falsa virgen, una viuda y, por fin, una novicia– y de un cuarto, con una beata insufrible, que no llega a consumarse. Tras el tercero, que contiene el largo sermón de Salomón, gracias al cual comprende la necesidad y la virtud de abstenerse del trato mujeril, inicia en el cuarto un abnegado peregrinaje por diversos monasterios catalanes y se retira, a la postre, en Valencia, donde abraza una vida de castidad y contemplación que lo rescata de los sufrimientos padecidos por causa de las hembras. Espill es también, por lo tanto, una bildungsroman, una novela de formación, aunque el aprendizaje no se ciña a un periodo de juventud, sino que se extienda a toda la vida, para culminar en una conclusión ascética y desengañada: las mujeres son imposibles, y por imposibles hay que dejarlas. Ninguna, salvo la Virgen María, merece el amor ni el respeto de los hombres. La misogina del Espill tiene sólidas raíces literarias y religiosas. Jaume Roig conoce bien, como todos los autores occidentales de su tiempo, las Sátiras de Juvenal y, en particular, la sátira VI, un escabroso cuadro de los vicios y locuras de las matronas romanas, inspirado en hechos y personajes de la Roma de finales del s. I y principios del s. II d. C. Las mujeres son, según Juvenal, adúlteras, promiscuas, incontinentes, presumidas, falsas, crueles, maleducadas, supersticiosas, incestuosas, asesinas y brujas. Sin embargo, es a la Iglesia a la que corresponde la principal responsabilidad en la formación de un pensamiento misógino, que entronca con los mitos bíblicos de la creación de la mujer a partir de una costilla del hombre y de su traición en el jardín del Edén. Tertuliano, san Jerónimo, san Pablo, san Clemente de Alejandría, san Metodio, santo Tomás, san Justino, san Ambrosio, san Adelmo y san Juan Crisóstomo, entre muchos otros apologetas cristianos, se manifiestan contra la mujer y nos previenen de sus peligros. San Agustín, por poner un solo ejemplo, exclama: «¡Cuán sórdido, inmundo y horrible es el abrazo de una mujer!». Pero la misoginia del Espill destaca por su ferocidad, de la que solo se salvan la Virgen María y la propia esposa del escritor. Recorre el libro de Roig un ensañamiento bárbaro, que trasluce tanto el rigor encarnizado de la justicia de la época como el corpus atroz de los relatos medievales, con su bagaje de hipérboles y barrabasadas. Por ejemplo,

si a las mujeres les estorba el hijo que ha nacido y le cobran aversión, no les gusta que viva. Hacen entonces que muera escaldado, quemado o enterrado desnudo; a otros los meten en el mar y los ahogan; a otros los tiran vivos, sin bautizar, a los pozos y los ríos; otros, con insuperable maldad, se los echan de comer, cortados a trozos, a los cerdos y los perros; a otros los consumen por negligencia y los aniquilan por falta de cuidados: se desangran por el ombligo mal cerrado y los encuentran muertos; a otros les aprietan demasiado los pañales; a otros los atiborran de medicamentos, que son más bien venenos; a otros, en fin, los desvían de la muerte y los mandan, en secreto y desnudos del todo, a los hospitales, o los dejan en los portales de la Seo.

Más aún: las mujeres se comen a sus hijos: 

No hace mucho, en la Bretaña, una miserable, madre de un hijo precioso, le metió por el intestino un asador, que le salió por la cabeza, y lo puso al fuego. Cuando el padre y marido, un buen cristiano, vio a su hijo muerto y asado, rogó a Dios que se lo devolviese vivo y se encomendó a San Vicente Ferrer, que atendió sus plegarias y lo resucitó. ¡Ningún animal mata a sus crías para comérselas!

Sin embargo, no es esta sañuda misoginia el rasgo más destacado de Espejo, con serlo mucho, sino su estructura y su forma. Los 16.249 versos de la obra constituyen uno de los más encarnizados ejercicios métricos de la historia de la literatura, y justifican algunas de los rasgos que hacen de él un libro de difícil lectura (y aún más difícil traducción): para encajar los versos en el exiguo molde que les ha asignado, Roig se ve obligado a prescindir de conjunciones, preposiciones y, en general, nexos sintácticos; a utilizar la síntesis y la elipsis; a practicar el hipérbaton y el encabalgamiento, que conducen a enunciados tortuosos e inacabables; y, en fin, a alterar la medida común de los enunciados, bien alargándolos mucho –aunque con frecuentes incisos y cláusulas subordinadas–, bien comprimiéndolos en unos pocos elementos esenciales, pero aligerados, o incluso desnudos, de conectores oracionales. En cuanto a la voluntad de estilo de Jaume Roig, es indudable, más aún, es abrumadora. De hecho, el lenguaje que utiliza –y el mundo que plasma con él– es la principal virtud del Espill para un lector contemporáneo. El tono popular y la llaneza con los que está escrito, «conforme a la aljamía y el modo de hablar de las gentes de Paterna, Torrent y Soterna», lo alejan de la dicción sofisticada y la urdimbre mitológica de Joan Roís de Corella, el gran autor trágico, continuador de la tradición latinizante medieval, de la Valencia del siglo XV, con el que Roig mantenía un notorio debate estético. Esa lengua romanceada de Roig, repleta de frases hechas y giros vulgares, que recurre en abundancia al dicharacho y la ironía, y que narra lances cotidianos, cuando no callejeros, desprovistos de toda grandeza, conduce, según Antònia Carré, una de las principales estudiosas de la obra, al núcleo interpretativo del Espill

Roig afirma con toda claridad que su obra ha de servir de lección sobre todo a los jóvenes inexpertos para que abandonen el amor y a las mujeres. En la articulación del estilo cómico del Espill –que implica un registro bajo, un lenguaje sencillo y popular, y unas tramas banales– y la severidad extrema de su contenido pretendidamente moral, inspirado en la sátira antigua, se produce un desajuste muy fuerte que sugiere la clave interpretativa central de la obra: la ambigüedad como juego literario que reclama continuamente la complicidad del lector. En efecto, en un mismo pasaje pueden coexistir un mensaje satírico durísimo y unas fórmulas expresivas ligeras y divertidas, porque el Espill está escrito como una comedia, y, en cambio, la maldad de muchas de las acciones que relatan conduce a desenlaces fatales más propios de la tragedia. 

El lenguaje de Roig es flexible y vivísimo, de una riqueza léxica imponente. A él se incorporan, no solo el deje y las modulaciones del habla popular, sino un amplio abanico de registros y hasta jergas particulares: el vocabulario de la medicina –Roig era médico–, la fraseología jurídica –el abuelo de Roig era notario y él, como médico, sirvió a menudo, en calidad de perito, a la administración de justicia de la ciudad–, la facundia teológica y las citas bíblicas, esperables en cualquier hombre culto y devoto de su tiempo, y, en fin, los conocimientos de artes y oficios diversos, en particular, los de la agricultura, tan importante en la huerta valenciana. Con estos mimbres Roig trenza coloridas descripciones de los mercados de Valencia y de los personajes tramposos –siempre mujeres– que pululan en ellos; de las calles y barrios de la ciudad, en los que se mezclan la desgracia de las pestes y la alegría del comercio, que lleva a su puerto a marinos de todas las naciones; de los hospitales –que eran entonces más bien albergues o asilos–, los baños y los conventos, en los que abunda el engaño y la picaresca, protagonizados asimismo por mujeres; y, en fin, de un amplísimo abanico de tipos humanos, que se dividen siempre entre hembras crueles y hombres engañados, maltratados o vituperados. Los cuadros de Roig, que se nutren de la observación y la práctica profesional de Roig, son de un realismo descarnado, y el humor que los recorre es más que negro: es esperpéntico. Espill dibuja un fresco panorámico de la sociedad de su tiempo, lleno de personajes y vicisitudes, y cruzado por una frontera o cicatriz entre un medievo declinante y un Renacimiento auroral. Y si bien, como ha señalado con acierto Antònia Carré en sus minuciosos comentarios al libro, apenas contiene ejemplos que no provengan de las fuentes bíblicas y la tradición literaria medieval, tanto culta como folclórica, es asimismo cierto que el protagonista de la obra de Roig ya no pertenece a esa tradición, o se ha apartado significativamente de ella. No es, en efecto, un caballero solarmente asentado en el mundo, sino un pobre hombre zarandeado por las circunstancias de la vida, agraviado por las mujeres y la fortuna, que vaga por tierras y lugares, sobrevive a duras penas y acaba sus días renunciando a los placeres carnales y los fastos mundanos. 

[Del prólogo de mi traducción de Espejo, de Jaume Roig, recientemente publicado por Pre-Textos]


jueves, 22 de diciembre de 2016

Un paseo por Mérida

Hoy Ángeles tiene la comida navideña con sus compañeros de trabajo y me ha avisado de que volverá tarde a casa. Y me lo creo: en la que hice yo con los míos, hace una semana, el banquete se prolongó en sobremesa, baile in situ y, entre algunas compañeras, hasta discoteca nocturna: un jolgorio interminable que demostró que el funcionario no es un ser cansino, como se dice por ahí con aviesa intención, sino lleno, es más, exultante de energía. Así pues, como Ángeles se va a demorar, y yo estoy entumecido de tantas horas sentado delante del ordenador, me calzo, me enfundo el anorak, me pongo el sombrero (porque yo, a veces, gasto sombrero) y salgo a pasear por Mérida. En realidad, no es una paseo, que es actividad errabunda y saludablemente caótica, sino un trayecto, un recorrido prefijado que va desde mi casa hasta el puente romano, en el otro extremo de la ciudad. Tengo observado que muchas de mis horas las paso, allí donde me halle, haciendo un mismo camino. En Sant Cugat, cruzábamos el pueblo (aunque es curioso que lo llame "pueblo", cuando tiene casi 90 000 habitantes; a Mérida, que no llega a 60 000, la acabo de llamar "ciudad") por la calle Santa María, la plaza del monasterio y la rambla del Celler, hasta el parque de la Pollancreda, también en la otra punta del municipio; en Londres, la ruta iba desde nuestro piso en Alexandra Avenue, a través del parque de Battersea, hasta el Royal Brompton, el hospital donde trabajaba Ángeles, en Chelsea; y en Mérida voy por Juan Carlos I y Hernán Cortes hasta el parque López de Ayala, Santa Eulalia y, por fin, el Guadiana. La repetición de los itinerarios conduce a una familiaridad peculiar, hecha, a la vez, de cercanía y extrañeza. La calle siempre es ajena, pero, si uno la pisa lo bastante, acaba convirtiéndose en algo íntimo. También es inabarcable, pero fatigarla nos la vuelve accesible. Nada más salir de casa, reparo en un cartel publicitario de uno de los muchos concesionarios de automóviles de la zona: "Compre un coche y le regalamos un jamón". No un GPS, o un sensor de aparcamiento, o el primer año del seguro, no: ¡un jamón! En Juan Carlos I veo uno de los muchísimos bazares chinos de la ciudad que anuncia, en un cartel, su próximo cierre. Razón: "por se va". Así, sin más. Y pienso que, a veces, lo que llamamos incorrección alumbra hallazgos que mueven a reflexión y hasta suspenden el ánimo. En otro rótulo, de una tienda de ropa, se publicitan juegos de sábanas de tres piezas a 16,99 euros, de "calidad coralina". Me pregunto entonces cómo serán esas sábanas de calidad tan singular (aunque de precio tan ínfimo): ¿coloniales, zooides, hermatípicas, ahermatípicas? Lo que, desde luego, espero que no sean es urticantes, como la mayoría de las especies de coral. Colgado de la verja que delimita el circo romano uno de los lugares que más me gustan de Mérida veo un candado. Alguien debió de pensar que aquella cancela era el sitio óptimo para iniciar en la ciudad la tradición, recientemente establecida, de colgar cerrojos en las vallas y puentes de los lugares públicos como símbolo de un amor indestructible, y allí dejó el suyo. Pero está solo. Ningún otro de estos dañinos artefactos (la oxidación del metal acaba perjudicando al monumento al que están enganchados y, si se trata de un puente y se amontonan los candados, pueden llegar a hundirlo) lo acompaña. Los emeritenses han dado una muestra de sensatez al desdeñar la iniciativa del romántico pero obtuso cerrajero. (Lo de las tradiciones tiene mucho, o casi todo, de gregarismo y cerrazón: se hacen en masa, porque sí, porque siempre se han hecho, porque todo el mundo las hace; la razón individual cede ante el avasallamiento de la multitud, pero, pese a ello, nos complace diluirnos en la cáfila, porque nos alivia de nuestra tristeza personal y de nuestro inevitable destino de soledad, insignificancia y muerte). En la plaza de Joan Miró me cruzo con un grupo de adolescentes ruidosos, valga la redundancia. En este caso, el ruido es algo más: es aquelarre. Los muchachos bailan alrededor de un loro como una partida de apaches alrededor de una hoguera. El aparato despierta a las piedras, y al estruendo musical los jóvenes suman sus alaridos de rap y sus observaciones, moderadamente soeces, a las chicas que pasan. También hay botellón, o botelloncito: algunos del grupo chupan cerveza de una botella de Xibeca. En el nacimiento o fin, según de donde vengas de Santa Eulalia, me apetecen unas castañas "de Extremadura", anuncia el chiringuito, un tanto pleonásmicamente de uno de los puestos callejeros que han brotado con la llegada del frío. Le pido media docena al joven que lo atiende junto a una señora que debe de ser su abuela, pero el dependiente reprime una sonrisa y me aclara que aquí se funciona "por cartuchos" ("anda, como en Ciudad Juárez", pienso, pero no le digo nada). "¿Y cuántas van en un cartucho?", le pregunto. Muy serio, contesta: "Muchas". Compruebo que su respuesta es tan lacónica como irreprochable: la señora está metiendo en el cucurucho castañas para alimentar a una falange macedonia, y, ante mi mirada de estupor, el joven precisa: "Es que aquí somos muy brutos". Recuerdo, con melancolía delegada, cuando, en tiempos de más frío, la gente compraba castañas para calentarse las manos con ellas en los bolsillos. Yo me limito a zampármelas mientras bajo por Santa Eulalia hasta la plaza de España y el río. El Guadiana es a esta hora un bloque negro en el que no se advierten otras señales de vida que los reflejos de las farolas y algún brevísimo chapoteo de pájaros o peces invisibles. A la derecha se alza el hermoso puente Lusitania, con su gran arco verde, al que le faltan la mitad de las luces. (Ángeles se indigna con esta negligencia: "¡Construye un puente tan caro, tan emblemático [aquí, al decir "tan emblemático", le tiembla un poco la voz], para luego tenerlo así! ¡Paga impuestos para esto!"). Cruzo el puente romano, que, aunque se llame romano, es más bien una mezcla, algo frankensteiniana, de elementos romanos, visigodos y medievales. Por aquí lleva pasando gente más de dos mil años (¡y coches hasta 1991!), y la construcción sigue tan pimpante. Innumerables puentes modernos se han hundido en el mundo (el último, en Italia, hace poco: cayó sobre un coche que pasaba y mató a su ocupante; pienso en la causa de la muerte que constará en el certificado de defunción de ese desdichado automovilista: "aplastado por un puente", y en la probabilidad estadística de morir por esa razón), mientras este, tan baqueteado por guerras y crecidas, pero levantado por los mejores ingenieros de la historia, aquí sigue, enhiesto y magnífico. Llego su final, a la altura del merendero "El torero", que tantas tardes (veraniegas) de gloria me ha dado. Dudo si tomarme algo, para descansar los pies y bajar las castañas, pero se ha hecho tarde y aún me queda el camino de regreso. Quizá Ángeles, si ha sobrevivido al ágape bailongo, esté ya en casa. Decido volver sobre mis pasos. El Guadiana me acompaña otra vez, con su misma negrura y su mismo silencio.

martes, 20 de diciembre de 2016

Malgastar

Malgastar no es solo lo que uno hace en estas señaladas fechas navideñas, tan entrañables, sino el título del último poemario de Mercedes Cebrián, publicado por La Bella Varsovia; un título muy parecido a otro que sugieren los poemas de este libro y que este podría perfectamente ostentar: malestar. La incomodidad es la de la soledad: la que se siente en algunos lugares, como los países anglosajones, donde predomina el frío existencial; y la soledad propia, la de uno, la que se arrastra, impepinable, por el solo hecho de haber nacido y tener que morir. Pero ese desasosiego, ese malestar y esta es una de las principales características no solo de Malgastar, sino de toda la literatura de Cebrián, narradora amén de poeta, no se expresa con acidia o lobreguez, sino con un humor ingenioso y un punto negro, con una mueca irónica, que presenta la singularidad de ser cascabelera y desgarrada al mismo tiempo. La incomodidad, digamos, social de la poeta su discrepancia con los entornos afásicos y heladores de Gran Bretaña o de algunos territorios de los Estados Unidos se refleja con claridad en algunas secciones, como "Angloamérica", la significativamente titulada "Confort", "Territorio moqueta" (cuando conocí a Mercedes, en el Reino Unido, me anunció que su próximo libro se titularía así, "Moqueta", esa metonimia del carácter inglés, aunque luego, por desgracia, no lo cumpliera) y "Eurozona", que contiene otro poema muy revelador, "Brexit". Malgastar presenta un tono narrativo, a menudo coloquial, cuya naturaleza poética se confía a pequeñas rupturas o dislocaciones elocutivas, a elipsis, a imágenes anómalas, a repentinas y sorprendentes asociaciones (que rozan a veces lo surreal; la cita del gran Lorenzo García Vega que encabeza el poema "Acerca de las cajas" simboliza esta esporádica deriva irracional). Pero Cebrián no incurre nunca en lo previsiblemente lírico: parece como si le diera pudor hacerlo. Más bien se esfuerza por mostrarse antilírica, por movilizar recursos expresivos y, sobre todo, un tono contrarios a la poetización tradicional. Se mantiene, pues, sin desfallecer, en un registro despegado y burlón, parco en obviedades, en sentimientos que se presenten como tales. Su verso nunca es pegajoso, ni blando, ni oscuramente grave, sino aéreo y cosquilleante, y su atención recae, sin excepción, en lo cotidiano, en lo doméstico, en lo inmediato: en la textura áspera y familiar de las realidades concretas, en la pureza material, claroscura, de las cosas. En Malgastar aparecen, sin conflicto, el art. 20 de la Constitución española y la bechamel, dientes muchísimos y estampitas de Monseñor Escrivá de Balaguer, cucharas soperas y perros San Bernardo, las perneras de los pantalones y el queso y la ensalada que se comen en Francia después del plato fuerte; y el cine, mucho cine, cuya visualidad impregna casi todas las composiciones. La ironía, el mecanismo fundamental de la poeta, envuelve todas las composiciones como un traje de neopreno que la protegiera de cualquier efusión, de cualquier caída en lo tópico o lo convencional, valga la redundancia. Esta singular disposición, no obstante, podría conducir a la frivolidad o, peor aún, a la banalidad: la primera, en manos de alguien inteligente, todavía es tolerable; la segunda, aunque la practique un genio, no es nada. En Malgastar el peligro de la superficialidad se conjura con una inflexión peculiar: en las observaciones mordaces de Cebrián, en su desapego satírico, en su tratamiento prosaico de los asuntos más cercanos, en su crítica política y social, se esconde o, mejor, se vehicula una honda consideración existencial, una preocupación radical por las cosas, una abstracción que concierne a la conciencia y al ser; en suma, un sentimiento pleno, sin deshilachamientos metafóricos, casi avergonzado de existir, pero doliente, supurante, tangible, vulnerable. Y ese sustrato emocional revela un yo lírico que padece la soledad y el abandono, la incomunicación y el estupor ante lo incomprensible, las dudas que suscita la identidad y la disolución del yo, el desamor y el olvido, y la realidad y la angustia de la muerte. La poesía de Mercedes Cebrián, tan risueña como subterránea, detesta la vaguedad y celebra lo concreto. Fluye con orden, pero no renuncia a una enriquecedora arborescencia: abundan los incisos paréntesis y guiones y las preguntas, que dilatan y multiplican el discurso. Y su forma de decir al fin y al cabo, toda poesía es un acto de habla resulta higiénica, detergente: purga el lenguaje poético de imprecisiones y nieblas, lo rescata del lirismo almibarado y archisabido en que algunos o muchos lo tienen secuestrado, y plantea, en fin, un proyecto de renovación que empieza por lo más pequeño, lo que tenemos al alcance de la mano, lo que leemos en el periódico, y acaba, sin solución de continuidad, en las grandes cuestiones del alma, nuevamente dichas, nuevamente nacidas.

Transcribo el poema 2 de "Angloamérica":

Noto cómo me rozan el progreso, el liderazgo, el éxito,
y, sin embargo, si hubiera aquí un banquito me sentaría
a mirar, a ver pasar a gente que entra y sale
de sitios. Aquí ninguna mujer
es mi madre o mi tía, ninguna lleva una blusa envuelta
que recogió del tinte: todas tienen
mucho que hacer después, incluida yo misma,
y aun así
pido disculpas por mi poca productividad: no solamente
no dejo propina en el café al que voy, 
sino que robo
las monedas del tarro de cristal que está junto a la caja.
Con disimulo dejo caer al fondo dos botones
de nácar. Escuchan el sonido y dicen "Thank you".
Después, cuando los ven, esperan que algún día
aquello se convierta en divisa
de curso legal.