Presentamos esta tarde, en la librería Rafael Alberti, Dices, mi último poemario publicado por Los Papeles de Brighton, juntamente con Breviario de horas bajas, de Ignacio Cartagena. Será una presentación cruzada, un quiasmo editorial: Ignacio presentará mi poemario y yo, el suyo. Vamos a la librería en metro. En la estación de Cuatro Caminos, donde hacemos transbordo, y cuando el tren ya está entrando en la estación, Juan hace una escapada rápida para examinar el pequeño montón de libros que hay en la metroteca del andén. Yo renuncio a hacerlo, violando así un principio que mantengo a rajatabla: mirar siempre en los rimeros de libros, aun en los de aspecto más miserable, porque en cualquiera se puede encontrar una joya oculta. Juan salta al vagón cuando el convoy ya está a punto de partir, y nos enseña, triunfante, el ejemplar que ha encontrado: una primera edición de ¡Rebeca!, de Ramón Gómez de la Serna, publicado por Plaza y Janés en 1947. Me maldigo por no haberlo acompañada en su fugaz, pero tan fructífera, revisión de la metroteca, en la que, como él mismo reconoce y como suele pasar en todas partes, solo hay basurilla. Mientras me reconcomo de envidia, recuerdo la ocasión, hace pocas semanas, en que, paseando por el valle del Llèmena, en Girona, donde estábamos pasando unos días juntos Juan, Moisés Galindo, Christian T. Arjona y yo, me separé del grupo en cuanto divisé una de esas cajas que algunos ayuntamientos disponen en las vía pública para dejar y coger libros. Estaba al lado de una hermosa iglesia ochocentista en medio del campo. Dentro, para mi sorpresa (y validación de mi principio de buscador de libros viejos) encontré una primera edición de Nada, de Carmen Laforet, de 1945, que suscitó a su vez la envidia y hasta el reproche ("¡has abandonado el grupo como un cabrón para ser el primero en rebuscar...!") de alguno. El destino me ha devuelto la jugada. Aunque me alegro por Juan, claro...
A la presentación acuden no pocos amigos. Un observador externo puede reconocer a unos y otros por las corbatas. Por su trabajo, del que ha venido directamente a la librería, Ignacio debe vestir traje. Sus compañeros, también. Los que no los llevan, son los míos. Entre los asistentes, sentado en primera fila con una camisa floreada y gafas oscuras, se encuentra Carlos Escolar, Frascuelo (a no confundir con el legendario Frascuelo del siglo XIX: Salvador Sánchez Povedano, que toreó 1236 corridas y mató 3801 toros). Don Carlos tiene 78 años y aún sigue toreando. Y, pese a que no lleva corbata, viene de parte de Ignacio, que es muy taurino y un gran admirador del veterano maestro. (De hecho, cuando nos reunamos para cenar dos días después de la presentación, Ignacio me llevará al bar Morales El Atómico, a cuya entrada descuella la enorme cabeza de un toro [¿o debería decir "la cabeza de un toro enorme"?] y cuyas paredes están tapizadas de fotografías de matadores y morlacos [en una, un toro de 600 kilos se ha incorporado para abrazar a un caballista, que le devuelve el abrazo]; por suerte, entre las especialidades de la casa no están las criadillas de toro, por las que no siento ninguna inclinación, sino la mojama y el pescadito frito).
Los asistentes a la presentación me deparan otra sorpresa. A un hombre de mediana edad que ha hecho cola para que le firme un ejemplar de Dices, le toca el turno por fin y me entrega el libro para el autógrafo. Se lo estampo. Cuando se lo devuelvo, se me acerca más y me dice que quiere agradecerme mi obra —que haya escrito lo que he escrito— y mis traducciones, de las que hace un elogio inmoderado. Me entrega a continuación un ejemplar de Insumisión —que, añade, considera mi mejor libro— y me pide que se lo firme también, pero no en las páginas de respeto, sino justo encima de uno de los poemas. Y yo, aún no repuesto de la impresión, se lo dedico también. Luego, me da la mano, yo se la estrecho y no se me ocurre nada más que darle las gracias, y, tan discretamente como ha venido, se marcha. No sé nada de esta persona, salvo su nombre de pila. No lo conocía y sigo sin conocerlo. No me ha dejado una tarjeta, ni un manuscrito, ni me ha dado un libro: solo su agradecimiento. Y eso me va a más que bastar cuando me pregunte, como hago cada vez más a menudo, para qué coño sigo escribiendo, a quién cojones le interesa lo que hago, qué sentido tiene que siga juntando palabras en un papel.
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