Acaba de ver la luz Bares donde me has dejado, el tercer libro de Sol Mussons (Barcelona, 1959), tras Objetos perdidos (2023) y Vertebrada (2024). Lo ha publicado Los Papeles de Brighton, la incansable editorial madrileña. Y esto digo de él en el prólogo del libro, titulado “Los luminosos estragos del amor”:
Las mujeres llevan siglos cantando sus penas de amor. Safo lo hizo en Lesbos hace 2.600 años, aunque de su tristeza solo nos quede la radiante oscuridad de sus añicos; mucho tiempo después, sor Juana Inés de la Cruz, en la Nueva España, pedía que se detuviese la sombra de su bien esquivo, que escapaba de los lazos de amor que ese mismo bien había anudado; Idea Vilariño, en Montevideo, a mediados del siglo pasado, escribía el estremecedor «Ya no», en cuyo final anunciaba: «No volveré a tocarte.// No te veré morir». Sol Mussons se suma a esta dilacerada tradición con un libro de amor y abandono, en el que reúne las muchas aristas del dolor que inflige una ruptura. Bares donde me has dejado no sucede, sin embargo, en las islas cuasimitológicas del Mediterráneo (aunque sí en un rincón privilegiado de este mar) ni en garcilasianos locus amoenus, ni en espacios ideales o asépticos, sino en el contemporáneo locus eremus de los bares y tabernas —treinta, en concreto— de una gran ciudad, abundosos de licores, humo de cigarrillos y acalorados disensos. La poeta se dirige, ya desde el título, a un tú plural, que es muchos hombres, pero también uno solo: la encarnación del amor; la materialización del ser con el que ser, o con el que ser más. Y, en ese diálogo del que solo oímos una voz, los amantes se suceden, con mucho cuerpo, espesamente palpitantes, pero también espectrales, huidos, disueltos en el aire: solo una estela de palabras —las que acopia Sol Mussons— da cuenta de su paso, a veces liviano, a veces monstruoso, pero siempre memorable, por la vida de alguien poseído por la voluntad de amar. En piezas concisas y verso libre, que a veces se coagula en acerados poemas en prosa, la poeta da cuenta del hachazo sentimental o del vértigo afectivo al que la condena la separación de aquel a quien ama o a quien quiere amar; y lo hace construyendo escenas o captando instantes, oscilando entre la trama y la estampa: «Escribo desamor: palabras de tres sílabas/ que contiene varias bibliotecas de Alejandría/ y el dolor entero de un universo silencioso», escribe Mussons en el primer poema del libro, «Bar Boia», un local de Cadaqués. Para construir estos paisajes, se vale de un verso que aúna fuerza y delicadeza: es poderoso por el vigor de la aflicción que transmite, pero estilizado por la sutileza de los meandros emocionales que recorre, por el inteligente puntillismo con el que describe sus turbulencias interiores. Bares donde me has dejado es metafórico y pesimista: las imágenes, sensuales, plagadas de carne (pero llamativamente avaras de erotismo: casi no hay momentos sexuales en el libro), eclosionan a cada verso, dibujando un paisaje de gestos y miradas, de pieles y labios, que llena los ojos de volumen y color, de luz preñada de una efervescente oscuridad. En esta fronda de tropos, menudean los motivos marinos. Un poema se desarrolla en el Marítim Bar —técnicamente, un chiringuito—, también de Cadaqués, en el que leemos: «… cincuenta años, uno tras otro como piedras de una cala lamida por el agua, ni en que veré tus ojos de gato amarillo cada vez que me siente a una mesa vacía en este bar para beberme el brillo de la tramontana. (…) El mar y el color del olivo solo serán nuestros en el tiempo azul de la risa mojada y las tormentas, en la vida que no fue, en la ola que es tu tumba». En una fina red de metáforas, calambures, aliteraciones y neologismos privativos o deliberadas anomalías sintácticas («deslugar», «destiempo», «la no sangre»), Sol Mussons nos muestra el espectáculo del duelo y la melancolía. La voz que reconocemos en los poemas explora la ausencia y se abandona al consuelo de la tristeza: la maniata con una sensibilidad exigente; le extrae los jugos con un verbo incisivo y a la vez balsámico; la amansa con un dolor que vivifica. Una nostalgia filtrada por la inevitabilidad de lo que ha sido puntea Bares donde me has dejado. La poeta habla de un pasado muerto en un presente alborotadamente vivo: suele hacerlo, pues, en pretérito. Los recuerdos hilvanan los poemas y desembocan en el lamento callado de un hoy aderezado de resignación, pero también de incomprensión. Al paso de los poemas, el libro se tiñe de un trasluz existencial. La muerte corporeíza la pérdida del amor, que cobra una dimensión cósmica. En «Bar del Tanatorio de San Gervasio», leemos: «El amor que empezaba a resbalarme por la frente se congela cuando la guillotina cae y me secciona el alma de un tajo limpio. Ni siquiera ahora deja volar la ternura de sutiles alas hiladas con brocado de infancia. El peso del llanto no vertido impide el vuelo. El amor vuelve a intentar un torpe aleteo truncado a ras de suelo y el momento se pierde». En el primer verso de «Bar Mandri», con un trazo de humor que no es raro en el poemario, la poeta nos informa de que le va muy mal morirse esta semana, y en el último, de que le va muy mal morirse hoy. Y en «La Confitería», escribe: «Ronda la muerte y canta una canción de cuna», renovando el viejo motivo barroco de la cuna y la sepultura que dio título a uno de los más graves libros de Quevedo y sobre el que habían raciocinado, antes que él, estoicos como Séneca o Epicteto. En Bares donde me has dejado, el existencialismo de Mussons incorpora el siempre acuciante problema de la identidad. En «Bar Marcel» —conjugando, en un alarde retórico, anáforas, políptotos y paradojas; muy quevedianamente, por cierto—, afirma: «Yo no soy cuando estoy siendo./ Yo soy cuando no soy»; y un procedimiento muy parecido sigue en «La Principal», cuyo último verso dice: «Dejo de ser. Sigo siendo». La poeta vincula, de este modo, la razón de ser con la razón de amar, a la que memorablemente cantó Pedro Salinas, y confirma el placer ontológico que proporciona la enajenación: la entrega al otro como forma de darse a uno mismo, y de repletarse; la unión con el otro como superación de la fractura de la que nacemos y con la que vivimos. La soledad, en fin, completa la tríada existencial que sostiene el edificio amoroso de Bares donde me has dejado. Una soledad que está presente tanto en los epígrafes de los poemas —como el de Alejandra Pizarnik, de En esta noche, en este mundo, que encabeza el poema «La Principal»: «La soledad sería esta melodía rota de mis frases»— como en las poemas mismos, y que se erige como una de las consecuencias más insidiosas de la discordia. En la soledad, el ser encuentra un paisaje arrasado de recuerdos empalidecidos y esperanzas frustradas, de impulsos que han chocado contra el muro de la nada, y de caricias, hechas o fabuladas, hundidas en el río del tiempo. Frente a este poderoso caudal de adversidades, Sol Mussons se aferra al lenguaje. Lo que siente es sentido porque es dicho. Lo que la hiere la hiere en la página. Su memoria se escribe y renace. Los poemas cobran a menudo un tinte metapoético y recurren al léxico de la gramática o la retórica para configurarse, esto es, para articular la sintaxis del alma desbaratada, del dolor todavía impronunciado. La poeta también subsume la pérdida amorosa en el acto de la escritura, y se pinta a sí misma en el momento de crear: de sublimar el padecimiento o el recuerdo, si es que no son lo mismo, en las palabras del poema. Así lo hace en «Bar Blau» —un nuevo establecimiento de Cadaqués—, donde escribe: «Sentada bajo el ombú, tacho adjetivos, artículos y adverbios. Me censuro para no degradar el pensamiento con desdicha, para no envilecer los versos que escribo y leo en voz alta por encima de la sinfonía de viento (…). Te erradico del mar y la tormenta, extirpo el tumor de tu nombre y tus pronombres (…) Borrón y tachadura; suprimido de texto y subtexto, ni siquiera eres elipsis. Otro café, por favor».
Bares donde me has dejado tiene mucho de autobiográfico, pero muy poco de confesional. El desamor se transustancia en un canto roto —cuyos fragmentos vuelan ante nuestros ojos como laceraciones distintas de una misma herida—, aunque atemperado por la implacabilidad del tiempo y la no menos inflexible realidad. Sol Mussons, como tantas otras mujeres —y hombres— de la historia, ha vivido el amor y la destrucción del amor, y en este libro lo canta con pasión y verdad. En esa lucha, y en ese duelo, estamos todos.
EL CAFÈ DE LES DELÍCIES
Te suscito, te resucito
Alejandra Pizarnik, En esta noche, en este mundo
Si no existieras, mis versos serían hierro forjado, pero existes. Existes bajo la especie de nubes que ensombrecen el invierno y olas que no rompen en la orilla. Anidas en anuncios de familias felices, en marquesinas de cines, al final de la luz de farolas encendidas en las oquedades de la memoria. El poema nace de los huecos de mi cuerpo que llenabas y que ahora viven el vacío. Cuando me cuento, te cuento; cuando me escribo, te escribo. Un solo deslugar basta para pensarte, un solo desamor basta para fraguar un libro que sea todos los libros. Tu voz, clamor constante, es todas las voces; un solo bar es todos los bares. Tu ausencia es presencia sólida.

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