martes, 19 de julio de 2022

Agua y jabón: la magnífica elegancia de Marta D. Riezu

Acabo de leer un libro delicioso: Agua y jabón, de Marta D. Riezu (Anagrama, 2022). Supe de él por una reseña elogiosa –o una mención, ya no lo recuerdo– en El País y, como yo todavía creo en la crítica que se hace en Babelia (todo el mundo se caga en ella, pero daría el meñique de la mano izquierda [de la derecha, si es zurdo] por verse reseñado en el suplemento), me hice con el libro y lo he leído, gozosamente, en un par de tardes. Aunque se trata de un volumen misceláneo y fragmentario, que invita a la lectura saltarina, nunca ha sabido leer desordenadamente, ni siquiera Rayuela, que Cortázar casi disuadía de leer del principio al final. Pero eso es justamente lo que he hecho: he empezado por el principio y he acabado por el final, recorriendo linealmente el mosaico de impresiones, recuerdos y microensayos (a veces, nanoensayos) que constituyen Agua y jabón. Apuntes sobre elegancia involuntaria. Riezu es una escritora profesionalmente dedicada a la moda, pero de intereses múltiples, como demuestra este libro culto, singular, conmovedor, irónico y, con exigible coherencia, elegante. Riezu escribe como los ángeles: mezcla sabiamente el humor, el sentimiento y el juicio; se burla discretamente de muchas cosas y de muchas personas, empezando por ella misma, un rasgo inequívoco de inteligencia (y de habilidad retórica); y emplea una prosa armónica, en absoluto sinuosa, en la que no sobran los adjetivos, ni apenas hay gerundios, ni chirría nada. Agua y jabón mezcla, con buen pulso, los géneros: es un tratado de estética, en el que repasa la presencia de lo bello o de lo feo en los diferentes ámbitos de la vida –pero de la vida cotidiana: del día a día de las personas–; es un recuento de sus gustos y preferencias personales, desde el amor por las bibliotecas a la pasión por Snoopy; y es también una autobiografía o, más bien, la crónica de la construcción de una sensibilidad: la que ha llevado a una chica nacida en una familia humilde, emigrada a una ciudad industrial como Terrassa (que fue catalogada por una revista japonesa de urbanismo, hace no demasiado, como una de las diez ciudades más feas del mundo), a convertirse en una escritora refinada y una mujer cosmopolita. Agua y jabón se divide en tres partes, "Temperamentos", "Objetos" y "Lugares", y concluye con un "Suplemento de afinidades" que, en forma de diccionario –de diccionario muy personal, a lo Ambrose Bierce–, enumera definiciones como esta: "Civismo: No ser pesado. Agradecer. No dar gato por liebre. Vivir la cultura com placer, no como obligación. Saberse poco importante y disfrutarlo. Respetar, conservar y dejar vivir". Esta definición, precisamente, incorpora dos de los rasgos más característicos del estilo (y de la personalidad literaria) de Riezu: su dimensión moral y su gusto por las listas. La primera es consecuencia natural de su condición de esteta comprometida con el mundo: nulla aesthetica sine ethica (Nietzsche lo formuló al revés, pero José María Valverde le dio una vuelta muy necesaria en nuestro país); la elegancia es un valor estético, pero, si es verdadera (no la de un dandi desorejado), deviene un valor moral. Y la segunda, fruto de su saber enciclopédico y de su voluntad de síntesis, que la lleva a agrupar, en prietas relaciones, nombres y fenómenos que ejemplifican lo que dice. Confieso que muchos de esos breves (y no tan breves) catálogos me resultan dadaístas, es decir, atractivos solo por el hechizo musical de sus elementos, porque desconozco a prácticamente todos los citados, en muchos casos vinculados al mundo de la moda, la decoración, la arquitectura o las artes visuales –lo que demuestra, por si aún me hiciera falta comprobarlo, la vastedad de mi ignorancia–. La dimensión moral de Agua y jabón revela un flanco importante de la personalidad de la autora: es conservadora, del linaje –que no es malo, después de todo– de Pla, Cunqueiro, Camba, Valentí Puig o Gómez Dávila. Es católica, le gustan Inglaterra y Japón (dos sociedades con un importante pasado feudal; Inglaterra, además, tradicionalista y burguesa, es el paraíso de todos los conservadores del planeta, a pesar del Bréxit, a pesar de que millones de ingleses están ansiosos por vivir en otro sitio), celebra lo familiar, lo mesurado y lo que continúa, y se demuestra lectora –y admiradora– de las plumas más repeinadas y menos audaces de la literatura española (y mundial), entre las que se cuelan –y este es uno de los pocos peros que cabe ponerle a este libro– escribidores detestables e individuos infames como Federico Jiménez Losantos (de quien destaca su capacidad para la injuria; aunque tiene razón: este antiguo rojo, más que Lenin, es el mejor insultador de España) o el indescriptible Salvador Sostres, ese que celebraba que hubieran muerto muchos en el terremoto de Haití, porque así se limpiaba un mundo demasiado poblado (por cierto, también católico). También entre los literatos denota un gusto por la escritura tranquila (que otros consideramos aburrida y pusilánime) de Miguel d'Ors, Javier Salvago, Víctor Botas o Joan Margarit (o Larkin entre los ingleses). Que llame "cursi" a Juan Ramón Jiménez en uno de los primeros fragmentos, desde luego, no es una buena señal. Pero qué le vamos a hacer: nadie es perfecto. No obstante, a Riezu también le gustan Saki, Juan García Hortelano, Umbral, W. N. P. Barbellion, José María Fonollosa o Jaume Vallcorba, entre muchos otros, y eso compensa, a mis ojos, sus elecciones menos afortunadas. Además, el carácter conservador de la autora la impulsa, precisamente, a mantener formas amenazadas por la neolengua identitaria que nos aflige: en un fragmento dedicado a los pájaros y al libro que escribió Josep Maria de Sagarra sobre ellos, Els ocells amics, escribe: "Se supone que [los pájaros] estorban, son ruidosos, dañan cosechas y ensucian. ¡Ensucian...! Nosotros los hombres no, Dios nos libre. Nosotros mejoramos todo lugar por donde pasamos": Nosotros los hombres, dice una mujer. Y, más adelante, vuelve a utilizar correcta (y, hoy, valientemente) el masculino genérico: "[En Mónaco] fui a ver los cochazos aparcados cerca del casino, rodeado de guardas que ahuyentaban a andrajosos como yo". Andrajosos, escribe, no andrajosas. Agua y jabón ha sido una magnífica sorpresa. Yo no conocía a esta escritora de apellido vagamente japonés y prosa tan magnética como equilibrada. Leyendo su libro, uno se reconcilia con el género humano: la inteligencia no ha sido derrotada todavía por la estupidez; la vulgaridad no se ha impuesto tampoco al buen gusto; la cultura sigue rescatándonos de la desesperación y procurándonos placer; el sentido del humor perdura frente a la chabacanería y la zafiedad. Lo recomiendo enérgicamente.

1 comentario:

  1. Estoy con Rayuela en edición Cátedra, creo que será una buena lectura. Tomo nota de de tu reseña y me la apunto.Un saludo.

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