viernes, 29 de julio de 2022

La tierra baldía, una (y excelente) vez más

La tierra baldía es uno de los libros que más atención ha merecido, por parte de lectores y exégetas —sobre todo, de exégetas—, de la historia de la literatura. Y no es extraño: su tumultuosa amalgama de voces, que recoge casi todas las tradiciones literarias —desde los Upanishad hasta el Ulises joyceano— y casi todas las edades humanas (y las comprime en 434 versos), para dibujar un mundo exhausto, fracturado, dominado por la esterilidad y el vacío, al tiempo que expresa la queja del autor contra la vida, su «refunfuño rítmico» por los problemas que lo atosigaban —entre los que no era el menor la inestabilidad mental de su mujer, Vivienne Haigh-Wood, que contribuía decisivamente a su propio desequilibrio nervioso—, es una fuente inagotable de lecturas e interpretaciones, cuya superposición tectónica acaso haya dificultado la percepción del poemario como el «formidable artefacto sonoro» que es, como resume el traductor de la edición que acaba de aparecer, Luis Sanz Irles, y como también subraya Ernesto Hernández Busto, el autor del esclarecido prólogo, para quien «la apuesta de Eliot por un poema extenso dividido en varias partes aparentemente inconexas (…) [era] una operación eminentemente musical». Algo parecido ya señaló José María Valverde en la introducción de su traducción de la poesía completa de Eliot, publicada en 1978, y que durante mucho tiempo ha sido la versión canónica en España. Decía el autor de Ser de palabra: «La poesía de T. S. Eliot (…) quedará como poesía tout court por la virtud de lo que siempre ha sido lo decisivo en un escritor: el acierto y la fuerza de su lenguaje (…): un lenguaje, en este caso, casi sin “dar la cara”, casi como invisible punto de arranque para multiformes voces irónicas o collages de citas, pero con la esencial fuerza legitimadora del poeta, que hace que esos artefactos se mantengan en pie porque están hechos de palabras insustituibles y memorables —igual que la más vieja y clásica poesía». Sanz Irles resume este «acierto y fuerza» del lenguaje elotiano en tres elementos fundamentales: la sonoridad, la intertextualidad y la fragmentación, el primero de los cuales constituye la clave de bóveda del conjunto: una «fastuosa sonoridad (…) hecha, sobre todo, de ritmo, rimas y aliteraciones». Es necesario subrayar, en este punto, el papel crucial que desempeñó Ezra Pound en la conformación de La tierra baldía, un papel de tal magnitud que no sería descabellado que Pound figurase como coautor del libro. Su intervención en el manuscrito que le confió Eliot —al que conocía desde 1914 y había introducido en los más adelantados círculos literarios ingleses— descartó la mitad de lo escrito, pese a (o quizá precisamente por) considerar el original «jodidamente bueno», e introdujo numerosos cambios en el orden y fraseo de los versos. Eliot, por su parte, tuvo la humildad y la inteligencia, características que no siempre van unidas, y menos en el mundo de los poetas, que suelen ser creyentes inconmovibles en la sublimidad de cuanto escriben, de aceptar las modificaciones propuestas por Pound (y de agradecérselas dedicándole el libro: «Para Ezra Pound, il miglior fabbro»). Impresiona ver el manuscrito de La tierra baldía, con las muchísimas anotaciones y tachones (de páginas enteras) del autor de los Cantos, que se publicó en 1971, en una extraordinaria edición a cargo de la viuda del poeta, Valerie Eliot: The Waste Land: A Facsimile & Transcript of the Original Drafts Including the Annotations of Ezra Pound (Londres, Faber & Faber).
    El tiempo transcurrido, la prodigalidad con que se ha publicado y los muchos estudios que se le han dedicado, hacen que cualquier reedición de La tierra baldía no tenga ya el impacto que tuvo en 1922 —un annus mirabilis de la literatura occidental, en el que también aparecieron el Ulises, de Joyce; Anábasis, de Perse; Trilce, de Vallejo; y el Tractatus logico-philosophicus, de Wittgenstein—, cuando vio la luz en la revista The Criterion de Londres. Hubo reacciones entusiastas, como la del poeta estadounidense John Peale Bishop, que escribió en una carta a Edmund Wilson: «He leído La tierra baldía unas cinco veces al día desde que me llegó un ejemplar de la revista. Es INMENSO. MAGNÍFICO. TERRIBLE», aunque predominaron las críticas negativas, como ya había sucedido con otros libros revolucionarios, como Hojas de hierba, de Whitman, o Las flores del mal, de Baudelaire. El conservador, influyente y hoy casi olvidado crítico Rodolphe Louis Mégroz afirmó, con la rotundidad que suele caracterizar a los reseñistas menos perspicaces, que La tierra baldía era «el mayor engaño del siglo», y alguien tan relevante como E. R. Curtius calificó a Eliot, con mucha más sutileza, pero no menor malignidad, de «poeta alejandrino», esto es, de alguien que no aporta nada, sino que solo sabe reutilizar materiales ya forjados por la tradición. Superadas estas visiones contrapuestas, e integrada La tierra baldía en el canon de la literatura occidental, su publicación, hoy, atrae la atención antes sobre la traducción que sobre el contenido, o, mejor dicho, la atrae sobre el contenido en la medida en que la traducción aporte algo que lo vivifique: que arroje una nueva luz sobre él.
    La de Sanz Irles es admirable: flexible, fluida, reposada, sin sombra de la sintaxis del inglés, sin ninguna de las correspondencias inmediatas, pero imprecisas o engañosas, a las que empuja la lengua original. Basta leer los primeros y celebérrimos versos del libro para percibir la pertinencia y la belleza de las opciones elegidas por el traductor. Dice Eliot: April is the cruellest month, breeding / Lilacs out of the dead land, mixing / Memory and desire, stirring / Dull roots with spring rain. / Winter kept us warm, covering / Earth in forgetful snow, feeding / A Little life with dried tubers. Y traduce Sanz Irles: «Abril es el mes más cruel: preña / de lilas los campos muertos, mezcla / recuerdos y deseos, agita / las embotadas raíces con sus lluvias. / Nos abrigó el invierno, cubriendo / la tierra ensimismada, nutriendo / rescoldos de vida con tubérculos secos». El traductor dice de la forma más ceñida, más escueta posible lo que cada verso enuncia, eludiendo amplificaciones innecesarias, como «abril es el más cruel de los meses», pergeñadas por otros traductores, y hasta omitiendo esa sombra de redundancia que se advierte entre April, ‘abril’, y spring, ‘primaveral’; reduce el peso del, en castellano, peligroso gerundio —que en inglés, en cambio, es ubicuo—, empleándolo solo cuando la simultaneidad de las acciones lo justifica; y, con acierto poético, sabe apartarse de la literalidad cuando conviene para dotar a la expresión de una reciedumbre y, al mismo tiempo, una penetración que el mero traslado del término original no asegura. Así, breeding es ‘preña’; dull, ‘embotadas’; Winter kept us warm, ‘nos abrigó el invierno’; forgetful, ‘ensimismada’ (una imagen excelente: «nieve ensimismada», igual que la anterior «embotadas raíces», ambas coherentes entre sí; la mayoría de las versiones anteriores se decantan por el previsible «olvidadiza»); y a little life, ‘rescoldos de vida’. Eliot vuelve a la vida con esta privilegiada entrega.

[T. S. Eliot, La tierra baldía, traducción de Luis Sanz Irles, prólogo de Ernesto Hernández Busto, epílogo de José Antonio Montano, sin lugar de edición, Olé Libros, 2020, 109 pág.]

[Este artículo se publicó, con el título de «Un clásico que revive», en Letras Libres, nº 232, enero 2021, pág. 46-48]

1 comentario:

  1. Un gran año 1922 para el canon de la literatura occidental. Una reseña muy buena. Un saludo.

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