sábado, 25 de julio de 2026

ESADE, “Do good. Do better”

ESADE pasa por ser una de las grandes escuelas de negocios del mundo. Ya cuando estudiaba Derecho, hace unos doscientos años, miraba con un punto de envidia a los compañeros que complementaban o ampliaban sus estudios en aquel centro, que representaba, a mis ojos y a los de mucha otra gente, la formación privada más exquisita (y más cara) que podía uno procurarse en el ámbito de la empresa y la administración pública y privada. Nunca me planteé estudiar allí: sencillamente, no me lo podía permitir. Sin embargo, tiempo después, cuando había alcanzado ya un puesto de alguna responsabilidad en la administración pública, el Departamento para el que trabajaba me ofreció la posibilidad de cursar un Máster en Dirección Pública en ESADE, o, como la propia Escuela prefería anunciarse, un Executive Master in Public Administration (EMPA), así, en inglés, que molaba más. Yo acepté, porque entonces aún creía en la formación continua y por satisfacer mi deseo de conocer aquel lujoso centro por dentro; y también porque me halagó que mis jefes hubieran pensado en mí para realizar el curso. Le dediqué tres años, entre 2006 y 2009, compabilizando las clases con mi trabajo en el Departamento de Economía y Finanzas de la Generalitat. El Máster solo duraba dos, pero mi jefa entonces me pidió que espaciara las clases para que pudiera dedicarme más tiempo al trabajo administrativo, y hube de desdoblar el último año en dos. Aquellos años en ESADE me decepcionaron; y fue una decepción profunda. La formación era ligera: no había exámenes; en realidad, no había que estudiar. Solo asistir a las clases y escuchar lo que los profesores tuvieran que decirnos. Se favorecía el trabajo en grupo, en los que siempre había alguien dispuesto a esforzarse mucho y otros que se aprovechaban palmariamente de ese esfuerzo. Y la enseñanza se impartía muy a menudo mediante casos, que eran problemas de gestión planteados como historias, con diferentes actores —así se llamaba a los que participaban en ellas: cada disciplina crea su propio lenguaje—, que los alumnos teníamos que desentrañar, completar y/o resolver. O intentarlo. A veces el trabajo en grupo y el trabajo por casos se fundían y se organizaban en clase una suerte de psicodramas en los que los estudiantes tomábamos parte con una mezcla de vergüenza, desconocimiento e histrionismo, y de los que casi nunca sacábamos nada en claro. Entre los profesores había de todo, como en todas partes. Pero uno esperaba que aquellos docentes, aupados a la exclusiva atalaya de ESADE, fueran la crème de la crème, y descubría que no lo eran. Recuerdo a un señor y una señora mayores —y casados—que habían estado en la India, y que, pertrechados de los saberes místicos que habían adquirido en la cuenca del Ganges, intentaban insuflarnos las capacidades necesarias para tomar siempre la mejor decisión posible: sus recomendaciones oscilaban entre flatulencias de autoayuda y los camelos indostánicos de Lobsang Rampa. Recuerdo también a otro profesor mayor —ESADE era entonces bastante gerontocrático—, argentino, del que se decía que había sido un alto oficial del ejército de su país. Teniendo en cuenta a qué se había dedicado el ejército argentino a finales del siglo pasado, aquella sospecha era muy poco tranquilizadora. Recuerdo, en fin, a otro profesor, este más joven, pero muy gordo, al que, paseando por uno de los pasillos del aula, se le engancharon los pantalones en el pico de una mesa o el saliente de una silla, y se le cayeron a los pies: se quedó en calzoncillos en medio de la clase. Con imperturbable rapidez, como se recuperan los cantantes que se han tropezado y caído en el escenario, se los subió de nuevo, se los ajustó como pudo y siguió impartiendo la lección como si nada hubiera pasado. En ESADE, no obstante, había algo que funcionaba muy bien: el catering, incluido en el curso. Así podíamos hacer jornada completa de clase, mañana y tarde, en el centro. La comida era excelente y, sobre todo, abundantísima: te ponías ciego, lo que, por otra parte, siempre me pareció contradictorio con el hecho de que estuviéramos en un centro de enseñanza: en las clases de la tarde, después de la comilona que nos metíamos, no dormirse exigía un esfuerzo titánico. Yo, muchas veces, renunciaba a hacerlo, y descabezaba un sueñecito reparador, parapetado tras las carpetas que nos regalaban. Completé el EMPA en diciembre de 2009, y así lo acreditó ESADE con el certificado correspondiente. Pero no volví a saber de la Escuela hasta casi doce años después, cuando, a finales de julio de 2021, recibí un correo urgentísimo en el que se me pedía que abonara inmediatamente las tasas de expedición del título, 222,15 euros. Los pagué el 29 de julio de 2021, y, cuando ya creía que la impartición del título era inminente, volví a dejar de tener noticias de ESADE: se abrió entonces un silencio que se ha extendido casi un lustro. Pero esta vez he sido yo el que ha tomado la iniciativa de acabar con él. Transcurridos cinco años desde el pago infructuoso, y gozando ya de todo el tiempo del mundo, que me otorgaba mi benemérita condición de jubilado, telefoneé a ESADE para reclamar el título al que tenía derecho. No es que me importase ya nada —desde luego, no lo iba a necesitar en mi carrera profesional—, pero me daba coraje que la que se autoproclama y se vende por ahí como una de los mejores centros de formación del planeta necesitase quince años para entregarme el título, y aún no lo hubiese hecho. Do good, do better [‘hazlo bien, hazlo mejor’] es el eslogan de ESADE (que, pese a pertenecer a la Orden de Jesús, no utiliza el latín para su lema, sino la lengua franca que ha abrazado, el inglés), que se diría el reverso del legendario, y mucho más inteligente, Fail again. Fail better de Samuel Beckett. Y no parece que lo hayan aplicado en mi caso, sino más bien su contrario: Do bad, do worse. El personal de la secretaría administrativa me informó, ante mi estupor, que había un “error del sistema” en mi expediente que impedía la expedición del título, y que no podía precisarme ni de qué error se trataba, ni por qué se había producido, ni a qué sistema afectaba. Tampoco supo explicarme por qué habían necesitado doce años para pedirme que lo pagara y otros cinco para no concedérmelo, para no arreglar el problema que les imposibilitaba hacerlo y para no informarme de nada de lo que no estaba sucediendo. Una de las mejores escuelas de negocios del mundo necesitaba diecisiete años para no darle el título a uno de sus alumnos. Pero se conoce que mi queja movilizó a los aletargados servicios administrativos de ESADE y, luego de un par de meses de espera más, me comunicaron que ya se había subsanado el problema —que, al parecer, provenía de una migración de datos defectuosa, que había decidido dejar fuera los míos del proceso— y que en breve me proporcionarían el título. Y así fue. Hace un par de semanas, me comunicaron que ya podía recogerlo en la sede de ESADE, y así lo hice. El diploma, expedido por el rector de la Universitat Ramon Llull, a la que está adscrita ESADE, está fechado el 29 de julio de 2021.

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