viernes, 31 de julio de 2026

El hospital de Sant Saver y la colección Casacuberta Marsans

Ángeles, mi ex, me mandó hace unos días, desde Mánchester, un enlace a un nuevo museo de Barcelona, del que yo, amante y huésped habitual de los museos, no tenía la menor idea: la colección Casacuberta Marsans, expuesta en el antiguo Hospital de Sant Saver. El enlace recogía una crítica elogiosísima de una historiadora del arte que ya lo había visitado, y tanto por este motivo como por la curiosidad que me inspiraba la existencia de un museo en mi ciudad que ni siquiera sabía que existía, he decidido visitarlo hoy. Las visitas son obligatoriamente guiadas, y me presento a las once de la mañana, bajo un sol de injusticia, a la entrada del museo, en la calle de la Paja, un nombre que me trae agradables —aunque también obsesivos— recuerdos de adolescencia. El hecho de que la calle se encuentre en el Barrio Gótico contribuye a que el sol, pese a ser lapidario, no nos aplaste: las casas se construían muy cerca unas de otras para crear sombra y atemperar la chicharrera. La Palla también guarda una sorpresa: un lienzo de la muralla romana de Barcelona, construida entre los siglos I y IV d. C. —de los pocos que subsisten en la ciudad—, y que puede verse, tras una reja que la protege de guiris pernoctadores, drogatas y perroflautas en general (y, dado su recogimiento, de convertirse en urinario público), en la plazoleta de Frederic Marés. Admiro las dos torres cuadradas que ciñen el lienzo y los espléndidos, aunque inevitablemente baqueteados por el tiempo, sillares de opus quadratum, que sirvieron, tras la caída del Imperio, de cimientos para las viviendas del barrio. El hospital de Sant Saver —así, con a: no es errata; la e semiabierta del nombre original, Sever, se ha abierto definitivamente en una a, que se ha incorporado a su grafía— se encuentra un poco más allá, en el número 21, tras una fachada escueta. A la entrada me encuentro con Manel, el otro único visitante del lugar esta mañana. Recorrer un museo con la sola compañía de la guía y otro visitante ha sido una experiencia casi tan buena —y prácticamente olvidada: hoy no hay museo que no fatiguen millones de turistas aborregados— como el propio conocimiento de la colección. Mientras esperamos a que nos abran la puertas, Manel, que es profesor de historia del arte, me informa de que la hornacina que preside la fachada tiene forma de arco serliano —una combinación de un arco de medio punto y dos vanos adintelados, inventada por el italiano Sebastiano Serlio a finales del siglo XV— y yo pienso que no solo no sabía lo que era un arco serliano, sino que, cuando he pasado por esta calle, estoy seguro de que ni había reparado en él, es más, ni siquiera en el hecho de que aquí hubiese habido un hospital, como indica una vetusta plaquita cerámica junto a la puerta. Mirar es una tarea laboriosa, y alguien tiene que enseñarnos a hacerlo. Hoy esa responsabilidad ha recaído en Manel, que parece asumirla con orgullo profesional. En el portal, que data de 1562 (aunque yo anoto erróneamente en mi libretita “1542”: el 4 y el 6, tal como se escribían entonces, apenas se distinguen a nuestros ojos), está inscrito Hospitale sacerdotum sancti Severi, porque eso es lo que fue desde 1412, un centro hospitalario, fundado por mosén Jaume Aldomar, presbítero y beneficiado de la catedral de Barcelona, para atender a los clérigos pobres y enfermos de la ciudad. Mosén Aldomar puso el hospital bajo la advocación de San Severo, un obispo de Barcelona —quizá legendario— que había sufrido la persecución de Diocleciano: intentó huir, pero los romanos lo apresaron y martirizaron clavándole un clavo en la cabeza. El hospital sufrió luego innumerables avatares —fue lugar de beneficencia, residencia de inquilinos y comerciantes, y local abandonado; incluso se quiso, muy recientemente, convertirlo en un hotel de lujo— hasta que los Casacuberta Marsans, enriquecidos gracias al negocio inmobiliario y grandes coleccionistas de arte, compraron el edificio y lo dedicaron a exponer la colección que habían amasado en vida. Entramos, por fin, en el museo. Nos recibe Clara, una encantadora joven que será nuestra guía, y que se apresura a precisar que esto no es tanto un museo como una colección privada abierta al público. Por eso no hay cartelas junto a los cuadros y las piezas expuestas, y por eso se han remodelado los espacios para transmitir la sensación al visitante de que entraba en la casa de un coleccionista y no en una pinacoteca. Y por eso, también, se renuevan los fondos expuestos cada dos años, más o menos: hoy veremos aquí cuarenta y siete piezas, pero la colección tiene más de 400, que irán pasando por estas paredes en muestras sucesivas. Hacerlo así no solo es una decisión generosa para con el público, sino también una inteligente decisión comercial: se garantiza la fidelidad del cliente durante veinte años. La entrada cuesta quince euros. Dentro del edificio, cruzamos en primer lugar la androna, el pasadizo interior que lleva del portal principal a la capilla del hospital. En ella nos espera un hermoso relieve de mármol blanco, de finales del siglo XIII, con la leyenda de Magencio y Santa Catalina de Alejandría, aquella bienaventurada que derrotó al emperador y a sus sabios —convocados para refutarla, pero a los que ella convirtió al cristianismo— y de cuyo cuello brotó leche cuando fue decapitada por orden de un Magencio irritadísimo. Tras un telón verde que descorre Clara— y es inevitable que, siempre que se descorre un telón, el gesto parezca un poco teatral—, encontramos la antigua capilla del hospital, bellamente restaurada, aunque sin apenas trazas ya de su estilo renacentista original. En las paredes de la iglesia y de la cripta, en el piso inferior, se despliega una colección de arte hispánico, con una importante presencia también del arte flamenco, desde el siglo XII hasta hoy mismo. Pese a su eclecticismo estético, predomina el arte sacro medieval, aunque hay un nutrida representación de modernistas y postimpresionistas catalanes de finales del siglo XIX y principios del XX. Vemos pronto un sobrecogedor Retrato de Elisa Casas, viuda de Josep Codinas, pintado por el cuñado del difunto, Ramon Casas, en el que la viuda es solo una estilizada mancha negra con un rostro pálido y cariacontecido, y una mano borrosa, casi espectral. Junto a esta tenebrosa pintura hay otra, no menos inquietante, titulada Les velles [‘las viejas’], de Joaquim Mir, en que dos ancianas miran tristemente al observador desde la negrura de sus atavíos, pero rodeadas —Mir no lo puede evitar: era un pintor de la naturaleza— de motivos florales y colores subidos, que establecen una perturbadora paradoja visual con las figuras humanas. Me llaman también la atención dos cuadros de Gutiérrez Solana: La Dolorosa, con una figura de la Virgen y cuatro mujeres a sus pies, todas ellas mirando al espectador y envueltas en negro, con el tenebrismo y la crudeza habituales de Solana; y el retrato de un torero en el que Clara no se detiene, pero que podría ser  Isidoro Carmona, el Lechuga, que luce su disparatado palmito sobre un fondo polvoriento. Más imágenes desgarradas aparecen en Los mendigos (Les clochards). Montmartre o rue Lepic, de Joaquim Sunyer —otro catalán que peregrinó a Paris cuando había que hacerlo, a finales del siglo XIX—, en el cual dos pordioseros cadavéricos desfilan ante un paisaje, borroso de ocres, con jamelgos y casas; y en el Busto de gitano, de Isidre Nonell, aquel excelente artista que se empeñaba a pintar todo cuanto repugnaba a los burgueses que compraban arte en su tiempo —gitanos, pedigüeños y cretinos: gente que olía a miseria— y que, en consecuencia, vivió pobre y poco reconocido, y murió joven de fiebres tifoideas. Tras asomarnos al pequeño claustro del hospital, sobre el que a partir del siglo XVIII se construyeron los cuatro pisos que hoy lo coronan, todos restaurados y pintados de blanco, nos detenemos un buen rato con Clara ante un Cristo en la cruz, de El Greco, precedente, me parece, de la España negra que describieron Solana y Nonell, entre otros. Contra un cielo de nubes oscuras, tormentoso, se dibuja el cuerpo alargadísimo y blanquísimo, casi de plata, de Jesucristo, desnudo salvo por el perizoma, el paño anudado que velaba las partes pudendas del crucificado y garantizaba así la pureza de la imagen, y sin la lanzada en el costado que le había propinado el miserable de Longino. Cristo está aún vivo y, por cómo lo representa El Greco, en el momento de preguntarle a su Padre por qué lo había abandonado. Pese a no haber muerto aún, los soldados y demás asistentes a la ejecución ya se marchan de regreso a Jerusalén, pintada al fondo: así lo dispone El Greco en uno de los lados del óleo. Las tres Marías, no obstante, vienen a él. Antes de bajar a la cripta, admiramos igualmente un riquísimo descendimiento flamenco del siglo XVII, plagados de rojos y oros, de autor desconocido, en el que nos detenemos otro buen rato. Al parecer, el tríptico fue contratado por un adinerado matrimonio vasco —hombre y mujer aparecen en el cuadro, frente a frente, en actitud orante— y permaneció muchos años en un convento de la localidad vizcaína de Lekeitio. Cuando finalmente bajamos a la cripta, Manel —que antes me ha dicho que se ha especializado en la perspectiva de género en el arte— le pregunta a Clara cuántas de las obras hoy expuestas han sido hechas por mujeres, y Clara le responde que ninguna, aunque sí las hay en la colección. También nos cuenta que, en el plan de convertir el hospital en un hotel, la cripta iba a ser el spa. 

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