A Danny —así lo llamaba casi todo el mundo— lo conocí a poco de empezar mi año como estudiante de intercambio en la Ridgeview High School, en agosto de 1979. Muy pronto nos sentimos interesados el uno por el otro, pese a estar en cursos diferentes: él era junior (el equivalente entonces a primero de bachillerato hoy) y yo, senior (correspondiente a segundo). Pero a ambos nos atraían las mismas cosas, o, mejor dicho, no nos atraían las que atraían a los demás: las fiestas tumultuosas, los encuentros sociales por el mero hecho de encontrarse socialmente, las marcas de ropa, los coches. Aunque también había discrepancias: yo quería ligar —aunque siempre fracasaba—; él, en cambio, siempre abstraído en un mundo interior donde convivían la reflexión y la ensoñación, parecía ajeno a las procelosas pulsiones de la adolescencia. Y eso que era muy guapo: uno de los chicos más handsome (y también brilliant: uno de los que sacaban A o A+, es decir, sobresalientes o matrículas de honor, en todas las asignaturas) del instituto. Cuando mi primera familia de acogida me echó de su casa, él convenció a sus padres —que se convirtieron, desde aquel mismo momento, en mis padres americanos— de que me acogieran en la suya. Y así fue: durante el resto del curso, desde enero hasta julio de 1980, viví en su casa, en un barrio residencial de Atlanta, rodeado de bosques y picos picapinos. Con Danny jugábamos al billar o escuchábamos a Bob Marley & the Wailers —era un devoto de la música rastafari— en el sótano, o salíamos a comer pizza o burritos (y beber cerveza) con unos pocos amigos en algún local del vecindario, o debatíamos asuntos políticos o filosóficos con toda la ingenuidad y la pasión de los diecisiete años. También formábamos parte del equipo de soccer de Ridgeview High School: yo era el portero titular y él, un extremo habilidoso y escurridizo. Hicimos una temporada más bien mediocre: cuatro victorias, un empate y cinco derrotas, pero disfrutamos mucho del espíritu de grupo y del liderazgo de nuestro entrenador, el coach Chevannes, un jamaicano jocundo que era profesor de carpintería en el instituto (porque en nuestra High School se enseñaba carpintería) y que había llegado a jugar en la selección nacional de su país. Cuando concluyó mi año de estancia en los Estados Unidos, yo regresé a España y Danny acabó su enseñanza secundaria. Antes de proseguir sus estudios, Danny me devolvió la visita. Vino a Barcelona y se quedó seis meses en mi casa: su curiosidad viajera e intelectual seguía sin conocer límites. Viajó por España y por Europa (con algún sobresalto: los franceses no le dejaron entrar en el país, porque le faltaba algún visado o papel, y volvió a Barcelona cagándose en la France), sin dejar de sorprenderse por la turbulenta vida política de entonces, efervescente de partidos socialistas, comunistas y anarquistas (y también de mesnadas fascistas). Una vez, con ocasión de una de las muchas elecciones que animaron, tras el franquismo, al aletargado animal cívico que era España, se encaramó como un koala a una de las farolas en las que los partidos políticos colgaban sus carteles para arrancar uno que pedía el voto para la Liga Comunista Revolucionaria o el Partido de los Trabajadores, facción marxista-leninista, o algo así. Estaba radiante con su botín. Tras su experiencia española, volvió a los Estados Unidos y decidió estudiar Filosofía en la Universidad Bloomington, en Indiana. Era un gran lector y un gran debatidor, pero siempre con el respeto, y también la ironía, que le habían inculcado unos padres cultos y liberales: mi padre americano —hijo de inmigrantes suecos— era trabajador de la universidad, y mi madre americana, maestra y pianista. Danny se licenció en Filosofía en 1989, y después anduvo en diversos trabajos —la mayoría de ellos relacionados con la restauración: Danny era un excelente cocinero, siempre preocupado por una alimentación natural y saludable, es decir, poco americana— hasta que decidió hacerse profesor, para lo que tenía unas dotes asimismo naturales: razonaba con delicadeza, pero también con vigor, y una admirable precisión, y exponía el fruto de sus razonamientos con claridad. Durante cuatro años vivió en el Brasil. Aprendió portugués —o quizá debería decir ya brasileño— a la perfección, y ese conocimiento le sirvió para redactar su tesis sobre las traducciones al luso de la obra de William Faulkner, uno de sus autores favoritos. Completó así su doctorado en Filosofía en la Universidad del Estado de Georgia en 2004. Se casó con Juliana, una mujer encantadora, brasileña también (y con antepasados españoles), con la que se estableció en Atlanta y tuvo dos hijos, Gabriel y Diogo. Danny ya trabajaba en la Atlanta International School, un prestigioso colegio privado de la ciudad de cuyo claustro formó parte hasta su jubilación, cuando Ángeles, mi entonces mujer, nuestro hijo Pablo y yo los visitamos en el verano de 2000. Recuerdo una cena con toda la familia —también con su padres, mis padres americanos— en el velador de la casa de Anne, mi hermana americana, envueltos por el calor del estío georgiano y la voz de terciopelo en llamas de Billie Holiday, y acompañados por un vino californiano que aún sabía a roble y a océano. Durante aquella estancia, Danny y Juliana nos llevaron a pasar un día en Juliette, el pueblo de Georgia en el que se había rodado Tomates verdes fritos, la película de Jon Avnet, basada en una novela de Fannie Flagg y Carol Sobieski, que nos había maravillado. Nos bañamos en un pantano cercano —los niños chapoteaban, algún busardo nos sobrevolaba, el sol sonreía— y comimos en el mismo restaurante en el que las protagonistas le habían dado para almorzar al malo, vuelto hamburguesa, al policía, pérfido pero idiota, que las perseguía. “El secreto está en la salsa”, le habían deslizado con una sonrisa. Tampoco se me ha olvidado cuánto le gustaba a Danny el calor: “Me hace sentir vivo”, nos decía, mientras escalábamos una avenida de Atlanta, camino del Museo de la Coca Cola, con unas temperaturas propias del Valle de la Muerte (o de la Siberia extremeña), y todos jadeábamos como perros braquicéfalos menos él, inmarcesiblemente sonriente. Algunos años después de este viaje, Danny y yo nos embarcamos en un proyecto literario conjunto, el único, por desgracia, que hicimos al alimón: aprovechándome de su condición de especialista en Faulkner, le propuse que tradujéramos juntos su poesía reunida, compuesta por cuatro volúmenes que el de Misisipi había escrito en su juventud. Danny aceptó generosamente y, al cabo de varios meses de fecundos intercambios, en 2008, apareció el libro en la editorial Bartleby, de Madrid. Volví a ver a Danny hace cuatro años, cuando pasé un mes viajando por los Estados Unidos. Ambos nos habíamos separado ya de nuestras mujeres, los hijos de los dos ya se habían independizado o casi, y tanto él como yo estábamos cerca de la jubilación. Danny me acogió como siempre: con cariño y hospitalidad fraternal. Me quedé cuatro días en su casa, que pasamos prácticamente enteros hablando de cosas, de casi todo, en su salón o, mejor, en la terraza de su casa, un mirador que se había construido él mismo, rodeado de árboles altísimos y del canto de los muchos pájaros que los habitaban. Danny creía en la unión con la naturaleza y lo demostraba en cuanto hacía: se fabricaba sus propios muebles; creaba su propio abono, con el que nutría un amplio huerto; cocinaba de forma y con ingredientes naturales. Pero, a la vez que trabajaba con las manos, lo hacía también con la mente: era un lector infatigable, con especial querencia por las materias más arduas, y aún daba unas clases en la Atlanta International School extraordinariamente valoradas por sus alumnos. Me regaló libros de los poetas estadounidenses del lenguaje más abstrusos y también, entre las cervezas que no dejábamos de chupar, unas opiniones muy vehementes, casi virulentas, contra Trump, el movimiento MAGA y, en general, el republicanismo más cerril. En el reciente viaje que he hecho a los Estados Unidos, no conseguí ponerme en contacto con él: extrañamente, no respondió a mis mensajes. Pocos días después de volver a España, recibí una comunicación de Juliana, que me informaba de que Danny estaba hospitalizado y muy enfermo: tenía cáncer de páncreas, y su familia ya no dejaba de acompañarlo en ningún momento. Casi inmediatamente, en otro mensaje me comunicó que había fallecido: en su casa, a donde había querido volver para dar el último paso. Estoy seguro de que murió con serenidad, y, por fortuna, no lo hizo solo —aunque todos muramos solos—, sino rodeado de sus hijos y las personas que lo querían. Me habría gustado estar entre ellos. Danny ha sido para mí, que no tengo hermanos, el único hermano que he tenido. Y lo ha sido desde aquellos días torpes y urgentes de la Ridgeview High School hasta ahora mismo, en que escribo estas líneas con una torpeza y una urgencia no muy distinta de las que nos empujaban entonces. La hermandad que me ha unido a él todos estos años, fundada en una rara unión de afanes e incertidumbres, ha desafiado la distancia, la geografía, las diferencias culturales y el envejecimiento, y sé que sobrevivirá también a la muerte. Danny ha sido un hombre bueno, un gran padre, un profesor querido y un ciudadano honrado. Le ha dado al mundo más de lo que el mundo le ha dado a él. Y ha muerto demasiado joven, de una enfermedad cruel. Yo soy mejor porque él ha existido. Todos lo somos, en realidad. Descanse en paz.
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