lunes, 13 de julio de 2026

Una tarde de playa

Hacía tiempo que no iba a la playa. María y yo lo hacemos hoy. La elegida ha sido la playa de la Mar Bella, una de las diez que forman el litoral marítimo de Barcelona. Si ha pasado tanto tiempo desde mi última visita a los arenales veraniegos, ha sido porque la playa no me gusta. Es un lugar abrasado por el sol, sin agua potable, sin sombra, sin vegetación, sin nada. Solo tiene una cosa en abundancia: gente. Y las multitudes cada vez me ponen más nervioso. Por eso decidimos disfrutar del desierto playero a última hora de la tarde, cuando el sol ya declina y no te destroza la piel, y las hordas de bañistas se han recogido o lo harán dentro de poco. Si a eso se le suma una brisa agradable, que atempera las temperaturas asfixiantes, un oleaje sosegado, con su hipnótica monodia, y un cielo espectacularmente repujado de nubes, por entre las que asoma una luz benéfica y un azul muy puro, la cosa resulta hasta placentera. Por suerte, además, no nos ha tocado al lado ningún niño berreante o dispensador de arena o de balonazos con sus infatigables correrías, ni un grupo de lolailos que crea que a todos los presentes les gusta el rock flamenco con el que se procuran, día sí y día también, un formidable tumor cerebral. Extendemos la toalla —algo que al mediodía puede resultar una misión casi imposible y hasta una temeridad: hay quien ha llegado a las manos por plantar la sombrilla en una franja disputada de arena— en un hueco cerca del agua, a la vera de un local llamado BeGay. Porque, eso sí, gays hay muchos aquí. Se les ve en parejas o solos, leyendo en la arena o paseando el cuerpo, solo ceñido, por lo general, por un slip tan ajustado que uno teme que pueda causarles un trombo testicular. Aunque a menudo hasta ese slip desaparece: la playa de la Mar Bella —no sé si las otras también— admite desenfadadamente el nudismo, y por eso muchos de los presentes se despojan de su ya exigua indumentaria y se lanzan al agua a cuerpo gentil, para secarse después, con desnudo denuedo, en toallas coloridas. Los turistas, por su parte, no han desaparecido. Junto a los grupos de jóvenes nacionales que vienen aquí a recobrar las fuerzas gastadas en las vecinas instalaciones del complejo deportivo de la Mar Bella, corriendo, saltando o arrojando cosas lejos, y de chicas que se hacen selfis con mucho mohín y casi ninguna ropa, vemos (o más bien oímos) a no pocos estadounidenses y a muchos orientales, que, siguiendo la tradición, hacen fotos y sonríen incansablemente (sobre todo los japoneses; los coreanos son más austeros). Un americano solo, de no más de treinta años, luce una barba mosaica, una bandana harleydavidsoniana y un barrigón grandioso. Se pasea por la arena húmeda, pero no se atreve a mojarse. María y yo sí nos tiramos al mar, aunque ambos estamos acostumbrados a nadar en piscina y el oleaje, si bien escaso, nos dificulta dar con el ritmo adecuado. Y tampoco llevamos gafas, así que hemos de luchar con la sal en los ojos, con la turbiedad que introduce la espuma en la mirada. Pero el agua está limpia. Verde, pero limpia. Celebramos que no haya algas ni medusas. Todo está tranquilo. No hay muchos nadadores a nuestro alrededor. El sol sigue su camino declinante hacia el oeste, por detrás de las instalaciones del club deportivo, arrastrando un torrente de granas y oros. Cuando volvemos a la arena, hemos de espantar a una gaviota que, instalada en la toalla, examina con el pico nuestras bolsas. No sería la primera vez que un lárido me destrozara el equipaje: en una playa de California, otro, muy grande y muy americano, nos privó de la merienda que llevábamos preparada y casi trituró un regalo que había comprado —una piedra con forma, ay, de huevo— para la novia de mi hijo. Pero esta vez no llevábamos nada de comer en los macutos, y el bicho, sucio y malcarado —nada que ver con Juan Salvador Gaviota—, se larga con grandes y decepcionados aletazos. La gaviota no será el único ser al que haya que ahuyentar de las inmediaciones. En otro momento, al volver yo de un nuevo chapuzón, María, que se había quedado tomando el crepúsculo, me informa de que varios playistas habían descubierto a unos cacos entre la gente y los habían expulsado a gritos. Se conoce que en esta playa abundan los chorizos, tanto bípedos como alados. Despejado de riesgos el panorama, María y yo pasamos un buen rato tumbados en la toalla mirando el cielo. Solo nos rodea un rumor de conversaciones —del que sobresalen, a veces, los gritos publicitarios de los lateros: “¡Cerveza! ¡Birra!”—, ahogado por el murmullo del mar. Encima de nosotros se extiende un cielo que se oscurece minuciosamente, desgarrado por el algodón errante de las nubes. Es un cielo turneriano, le digo a María, que no está del todo de acuerdo (María casi nunca está del todo de acuerdo con nada). Pero yo sí creo que este firmamento tachonado de blanco tiene la calidad brumosa y quebrantada de los lienzos de Turner. La humedad cobra en él múltiples formas: los cirros se deshilachan al sur, blanqueando con sus tules laxos el azul que muda en negro; cúmulos y estratos se reparten el resto del espacio, mezclando sus mantos casi geológicos como si se disputaran una cama deshecha. Y todas, cuando las miras, parecen quietas. Pero se mueven. No dejan de moverse. Al cabo de pocos minutos, o de pocos segundos, ya están en otro lugar, ya encarnan otras figuras (pareidolia se llama el fenómeno de ver rostros o animales en objetos inanimados: me gusta esa palabra). Están vivas: con la energía del movimiento, del aire, de la nada. De vez en cuando, una gaviota atraviesa, como un dardo, el óleo evanescente de las nubes, y nos devuelve, con la armónica violencia de su vuelo, a esta realidad compuesta de objetos sólidos, de animales que necesitan comer, de realidades que irrumpen en la ensoñación y nos devuelven a nosotros mismos, que por un momento nos habíamos creído fundidos en el Todo, con la conciencia deshecha en una plenitud sin límites ni final. Las gaviotas son así de prosaicas. Cuando ya se han encendido las farolas del paseo marítimo y el cielo amenaza con dejar de ser un cuadro y convertirse en una cueva, decidimos retirarnos. Es el momento más crudo de cualquier excursión a la playa: estás cansado, tienes arena pegada al cuerpo y probablemente sed, y pesa haber de volver a casa, que en nuestro caso está a media hora en coche. En las duchas nos limpiamos los pies al lado de un tipo que para hacerlo ha considerado necesario quitarse el bañador. Por suerte, el aparcamiento del complejo deportivo es barato: por un par de horas de estacionamiento te cobra seis euros. Quizá volvamos mañana. María, que es de secano, agradece el Mediterráneo. Y a mí me apetece volver a ver la pintura de Turner.

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