Suelo desconfiar —y acabar huyendo— de lo que se publicita masivamente (la visita de un Papa, lo último de Rosalía, La península de las casas vacías...), pero a veces la insistencia es tanta, tan ubicua y machacona, que me aturde —y acaba atrapándome—. Así sucedió con La Odisea, de Christopher Nolan —de la que hablé en la entrada anterior de este blog—, y con el eclipse del pasado 12 de agosto. Será que últimamente ando dócil e influenciable. Todos los medios de comunicación se habían pasado semanas anunciando el apagón que se produciría ese día como si se acercara el fin de los tiempos. Los periodistas cantaban las maravillas del fenómeno, explicaban sus características como si realizaran un examen forense, nos recordaban que algo así solo podía contemplarse una vez en la vida y no paraban de entrevistar a meteorólogos y astrónomos, con gran reverencia, para que nos revelasen todos los secretos del fabuloso acontecimiento. Lo más enternecedor era cuando dejaban asomar al poeta que todo gacetillero lleva dentro y nos contaban que durante el eclipse los pájaros dejarían de cantar y los insectos, de batir los élitros, y que se levantaría un viento formidable, resultado de la veladura sideral. Más prosaicos y profilácticos, no dejaban de repetir que habían de usarse las gafas adecuadas para ver el eclipse: homologadas, por supuesto. De otro modo, corríamos peligros terribles: quemaduras de retina, perturbaciones sin cuento, ceguera. Además de toda la prensa, escrita y audiovisual, los amigos que siguen las redes sociales (yo de eso no gasto) me contaban que bullían de noticias, comentarios y paranoias sobre el eclipse. Todos los frikis de la astronomía del mundo, y unos cuantos millones de turistas más, se habían concertado para venir a España y ver in situ, o más bien in caelo, el oscurecimiento del Sol: los hoteleros, desde Galicia a Tarragona, estaban encantados con que de día se hiciera de noche. Pues bien: a todos ellos decidí sumarme el día de autos. Ya me había perdido, años atrás, el paso del cometa Halley, del que también se dijo que no se volvería a ver hasta dentro de un siglo o más, cuando ninguno criara pelo ya, y me pareció que a lo mejor de este suceso celeste mis ojos sí podían ser testigos. Y resolví que lo fueran con mi amiga Sol: nadie más adecuado. El primer problema que se me planteaba era hacerme con unas gafas para eclipses, un modelo poco común en las ópticas. Las encontré, para mí y para Sol, en mi farmacia habitual: tres euritos me costaron (mi amigo Juan me contó que, en Madrid, Ayuso las regalaba: qué rumbosa, la presidenta; o quizá pensara que, si se aseguraba de que la gente mirara el eclipse, no repararía en otros asuntos de las alturas). Luego supe que los más rezagados —unas cuantas docenas de miles de personas— atiborraban las farmacias y los comercios de todo el país en busca de unas gafas más que agotadas. Provistos, en fin, Sol y yo de los anteojos protectores, acudimos diligentes al punto de observación elegido. Que no es otro que el Turó de Can Mates, una colina artificial situada en el parque homónimo de Sant Cugat, a unos quince minutos andando de mi casa. Se trata de un amontonamiento de los escombros de la reurbanización del barrio, llevada a cabo hace unos treinta años (antes, todo esto eran huertos y campos de labor), recubierto de una capa de verdor y acondicionado como mirador. Desde la cumbre —una palabra demasiado grande, desde luego, para una altura tan modesta: 178 metros—, se ve, no obstante, una amplia extensión de la comarca del Vallès, la montaña de Montserrat y, justo al pie, flanqueando el parque, las sedes de varias empresas farmacéuticas internacionales. Y, lo que es más importante a los efectos que nos ocupan, un magnífico horizonte por el que se pone todos los días el coprotagonista del acontecimiento de hoy. Pues bien: hacia allí que nos dirigimos Sol y yo... y también toda la población de Sant Cugat: unas 90.000 personas, más unos cuantos miles más de los pueblos aledaños. Nos cuesta un poco alcanzar el mirador, porque para ello hay que subir una cuesta pronunciada, y ni Sol ni yo somos escaladores afamados; Sol, de hecho, está a punto de eclipsarse, lo que habría resultado muy coherente esta tarde, pero también muy frustrante. Mientras ascendemos, somos rebasados por una riada de parejas y familias que no quieren perderse el espectáculo, y que pasan a nuestro lado con fluencia amazónica. Un padre le dice a su mujer: “¡No me imaginaba que fuera a haber tanta gente!”, y Sol estalla en una carcajada. El hombre la mira mal. Algo de razón tiene: la risa de mi amiga le estaba diciendo que no era muy avispado. Con paciencia alcanzamos la cumbre, donde apenas queda espacio para sentarse. Algo que deberemos hacer, desde luego, en la hierba: en el poyo que rodea la escultura que corona el lugar, La rosa de los vientos, de Pep Codó —un homenaje a los vientos de Cataluña—, se sientan ya varios centenares de personas, casi unas encima de otras. Encontramos un rincón aún desocupado en la zona desde donde mejor se verá el eclipse. Averigüé cuál era esa zona hacía algunos días, cuando subí al Turó para evaluar la posición idónea. En Sant Cugat, el Sol estará muy bajo, muy cerca del horizonte, cuando la Luna lo tape en su máxima extensión, casi al 100%, y no se trata de que nos coloquemos donde los árboles, de los que hay algunos en la falda de la colina, perturben la visión, ni de que lo haga la montaña de Montserrat, por muy sagrada que sea. Felices, pues, por ir cumpliendo las etapas previstas de la aventura, le abro a Sol la sillita de playa que hemos traído para que se siente, extiendo en el suelo la toalla, también de playa, de la que me he provisto yo, y esperamos el glorioso, inenarrable momento. Claro que aún falta más de una hora para que se produzca, y hemos de tener paciencia. Nos entretenemos charlando y mirando a la gente a nuestro alrededor, que se sigue amontonando, como si no hubiera bastantes seres humanos para llenar el lugar. Uno con tatuajes delante de nosotros mira el móvil con avidez y se zampa varias bolsas de patatas fritas; mastica con la boca abierta. Dos mujeres con sus hijos pequeños en el regazo le piden a un sudamericano que se ha puesto de pie para fotografiar el horizonte, que se agache, que sus retoños quieren ver. “¡Pero si no hay luna todavía!”, responde el hombre, no sin lógica. “Da igual: ¡quieren ver!”, contestan a su vez, mientras una de las madres se lleva varias el índice extendido desde debajo del ojo al vacío celestial. A nuestro lado, una octogenaria, vestida de rojo pasión y con zapatos de plataforma, vela sin cesar por sus nietos, que, no obstante, cansados de su vigilancia, le gritan: “¡Nos vamos con nuestra familia!”. A la mujer se le estremece un poco el moño. Oímos a muchos padres sermonear a sus hijos con que han de ponerse las gafas (homologadas): “¡Si no lo hacéis, os vais a quedar ciegos!”. La ceguera asusta mucho. Mientras un rumor creciente se nos mete por los oídos, las muchas hormigas que corretean por aquí se nos meten por los pantalones: no deja de ser un problema. Detrás, un crío le grita a su madre: “¡Mira, mamá, aquí está la boca del hormiguero!”. Y pienso que ha acertado con un término ya infrecuente: la boca del hormiguero. Estoy por felicitarlo. Por fin sucede. Con las gafas enjaretadas, se advierte que una sombra convexa empieza a superponerse al Sol. Otra cosa no se ve: los lentes anulan cualquier visión —todo es negro—, salvo la del Sol comido por la Luna. Al principio, la sombra es solo un puntito, pero con los minutos aquella pequeñez crece y uno confirma que la bola de Selene ya está solapándose. Me pregunto si entre los asistentes no habrá alguien que crea que la Tierra es plana, y si el espectáculo de dos cuerpos celestes esféricos que convergen no le hará preguntarse si la Tierra no será también esférica. (O quizá piense que también el Sol y la Luna son planos, pero están girados en vertical hacia nosotros; o que hay una confabulación planetaria, acorde con la que nos ha hecho creer perversamente que la Tierra es redonda, para, con un gigantesco juego de espejos o amaño de imágenes, convencernos a todos de que el Sol y la Luna también lo son... Dios mío: cuánto da de sí la imbecilidad). Pero el eclipse crece, y con él mi decepción. Porque, para empezar, solo se ve con las gafas. Si uno se las quita, el Sol sigue brillando plenamente. No se aprecia ninguna mancha en su superficie, ni perlas de Baily ni corona solar alguna, ni se oscurece el cielo o se platea la luz, ni los pájaros, y mucho menos los insectos, dejan de cantar (aunque, si lo hicieran, no nos enteraríamos: tal es el ruido del gentío), ni sopla ningún viento (contradiciendo la propia naturaleza del lugar), ni nada de nada: lo único que se ve, si uno se encasqueta las gafas, es un sombra que va laminando el pequeño y anaranjado disco solar. Y ya está. Esto será quizá prodigioso para muchos. Para mí no es sino un curioso accidente astral, un engranaje más en la incomprensible disposición del universo, de la que también forman parte algunos hechos tan cotidianos que apenas si reparamos en ellos: que amanezca y que anochezca todos los días, o que haya estrellas en el firmamento (algunas fugaces: esta misma noche, por cierto, nos mojarán las Perseidas), o que ocurran las mareas, o que distingamos a Marte en el cielo nocturno o a Venus al amanecer y al anochecer. A eso de las ocho y media de la tarde, el eclipse se ha completado (y algunos, no muchos, los más exaltados, han aplaudido): visto desde aquí, la Luna ha ocultado el 99,68% del Sol, dejando solo a la vista un finísimo hilo rojo, que pronto vuelve a crecer: la Luna sigue su camino infinito alrededor de nosotros, y nosotros seguimos el nuestro alrededor del Sol. No hay nada más que ver ni sentir. Sol y yo nos levantamos con dificultad para marcharnos antes de que los caminos de regreso se vean eclipsados por la multitud: nos duele la espalda y el cuello de tanto tenerlo levantado para mirar (y a mí, el culo). Bajamos mucho más deprisa de lo que hemos subido. No volveremos a ver un eclipse, pero yo ya he decidido que me importa un rábano.
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