lunes, 24 de agosto de 2026

La colección Gimferrer en el Centro de Arte de Bañolas

Visitamos hoy mi amigo Moisés —con el que estoy pasando unos días en su casa de Empuriabrava— y yo la colección Gimferrer en el Centro de Arte de Bañolas. Cuando Moisés me propuso ir a conocerla, mi primera reacción fue preguntarle si tenía algo que ver con el poeta Pere Gimferrer. No, no era suya, sino de un industrial y coleccionista bañolense, Jordi Gimferrer i Garriga, que había cedido las obras para que integrasen este nuevo espacio de la localidad gerundense —que no es jurídicamente un museo todavía, como se apresuró a aclararnos el amable recepcionista, sino, de momento, solo un “centro de arte”, una categoría lamentablemente inferior—. Las piezas expuestas son 76, aunque las donadas suman 136 (y las que posee el señor Gimferrer en su casa, más de seiscientas): el año que viene rotarán y se darán a conocer las que ahora están en los almacenes. Cuando llegamos al Centro, el señor Gimferrer todavía no ha llegado. Se conoce que el hombre, con los noventa bien cumplidos, y en una silla de ruedas, se desplaza todos los días al lugar para supervisar la colección, acompañar a los visitantes, si lo desean, e incluso firmar los ejemplares del libro-catálogo de la exposición, si lo adquieren, en el que no solo se describen las piezas que integran la colección, sino también las muchas peripecias por las que ha pasado para hacerse con ellas. Este hijo de una familia local dedicada al ramo textil se hizo químico para continuar con el negocio familiar, pero se interesó muy pronto por el arte y, cuando comprendió que no estaba llamado a la creación, se decantó por acopiar las obras de los demás, siempre, en sus propias palabras, que lo emocionasen, esto es, que le dijeran algo fuerte y único. Sus adquisiciones han sido, así, siempre personales: nunca se ha dejado aconsejar, como hacen tantos otros, por asesores artísticos ni comerciales. La responsabilidad de esta colección —también de sus errores, como él mismo subraya— es solo suya. Antes de empezar propiamente la visita, Moisés y yo echamos un vistazo al Molí de la Plaça, un antiguo molino medieval restaurado, ahora en la planta baja del Centro de Arte. El ruido del agua que pasa, el verdín aterciopeladamente acumulado y el frescor del antiguo ingenio constituyen un agradable prólogo a la visita, que se inicia en la primera de las cinco secciones en que está dividida la colección, “El yo”. En ella nos recibe un Buda yacente (y, por lo tanto, insólito, porque el Iluminado siempre aparece sentado), proveniente de la isla de Java, y destacan un autorretrato de Rembrandt (de los muchos que se pintó), de 1648, y varios Picassos: uno muy temprano, un retrato de Enric Morera con pipa y tupé, de 1900, y otro muy posterior, de 1950, Geneviève Laporte, en el que no se ha escamoteado el vello púbico de la retratada, quizá para significar el vínculo íntimo que lo unía con ella, una de las muchas amantes del erotómano artista en los años cincuenta. Un vello púbico que, en cambio, no aparece en el cuadro Clotilde García, de Arístides Maillol, también de 1900, pese a que Clotilde está desnuda. En esta sección, encontramos asimismo sendas piezas de Isidre Nonell —una gitana, desde luego: agachada, recogida, negra y rosa—, Ramon Casas —Retrat d’una noia, sobre cuya identidad el propio autor vierte dudas: (potser Júlia)—, ambos modernistas, y del muy contemporáneo Antoni Tàpies, la sinestésica Los cuernos del sonido. Algunos autores nos resultan desconocidos tanto a Moisés como a mí —Joan Sandalinas, Ismael Smith y Ramon Calsina—, pero sus obras no carecen de interés. La segunda sección de la exposición está dedicada al “Otro”, esto es, al arte mundial, del que Gimferrer ha conseguido interesantes muestras en sus muchos viajes, por razones profesionales (pero que él aprovechaba para fines artísticos), por los países del planeta. Encontramos tapas de sarcófago egipcias; una crátera del siglo III a. C. en la que están representados Teseo y Ariadna en la isla de Naxos (él, desnudo; ella, vestida: al revés de como suele hacerse en el arte moderno); un plato maya con la figura de un espeluznante pájaro mitológico (cuyo estilo es muy diferente al helénico que acabamos de ver, pero cuyos colores, ocre, rojizo y negro, son idénticos); una copia romana de la cabeza de Apolo hecha por Fidias, del siglo II d. C.; dos tallas de madera de Papúa-Nueva Guinea; máscaras africanas —de los pueblos dan e igbo—; figuras masculinas de la dinastía Han, de unos dos mil años de antigüedad; y un destacado subconjunto de piezas japonesas: máscaras del teatro kabuki y noh, de finales del siglo XIX, un kakemono de olas encrespadas anónimo, también de esa centuria, y el cuadro Begin (mujer guapa), del maestro Kitagawa Utamaro, fechado en 1795, cuya contemplación exige al contemplador descartar los cánones actuales de belleza para imaginar los que justifican el título de la obra, algo que no se consigue sin esfuerzo. En lo pictórico, esta sección aporta un interesante Antoni Clavé, Ankos, de aire oriental —claro: por eso está en esta sección—, un aguafuerte al carborundo (la IA me informa de que el carborundo es el carburo de silicio, un material muy duro usado como abrasivo y también en técnicas artísticas como el grabado al carborundo), y una morería de Marià Fortuny, de las muchas que pintó: Cabileño muerto, en el que una espingarda descansa sobre el cadáver del berberisco. En la sección dedicada al “Paisaje”, y teniendo en cuenta que nos encontramos en el corazón de Gerona y no lejos de Olot, la capital de la escuela paisajista catalana, no resulta extraño que abunden artistas y escultores de esta corriente, como Modest Urgell, Josep Llimona, Joaquim Sunyer y Joaquin Mir. También volvemos a encontrar a Marià Fortuny, ahora con un Veleros, pintado el mismo año de su muerte, 1874, cerca del cual se expone un Miró: Essències de la terra, de 1968. Por sobre todos, en la pared se ha impreso una frase de Picasso, algo autoayúdica pero no totalmente desatendible: “Aprende las reglas como un profesional para que puedas romperlas como un artista”. Mientras estamos en esta sala, aparece el padre de la colección, el señor Gimferrer, en una silla empujada por una familiar o ayudante. Moisés entabla una breve conversación con él, aunque se ve enseguida que al coleccionista le gustaría que fuese más larga. Yo sigo mi demorado paseo por la exposición y entro en la sección cuarta, dedicada a las revolucionarias salas setenteras “Dau al Set y El Paso”. Aquí se alinean piezas de lo más granado del arte abstracto y experimental español de la segunda mitad del siglo XX hasta prácticamente nuestros días. Un Dalí fenomenal, Dos personajes (Los putrefactos), de 1927, grotesco, deforme, preside el subconjunto, en el que se alinea mucho Tàpies: en sus cuadros, matéricos, se reconocen los motivos obsesivos que lo acompañan —las cuatro barras, las cruces, los asteriscos— y la voluntad rupturista, interior, dolorosamente plástica, que animaba su labor. Junto a Dalí y Tàpies, encontramos a Manolo Millares, Joan-Josep Tharrats, Antonio Saura (que aporta otro autorretrato de Rembrandt viejo, este imaginario, de 1967), Eduardo Chillida, Joan Ponç, Modest Cuixart, con Pez con destino ignoto, y August Puig, con Insecto astral (qué títulos magníficos los de Dalí, Cuixart y Puig; a veces, los títulos de las obras son mejores, más sugerentes y poéticos, que las obras mismas, pero este, por fortuna, no es el caso). En esta sección hallamos también a la única mujer de la exposición, Juana Francés, con una pieza que no se me antoja de las más destacadas suyas. Desde luego, si alguien viene buscando una muestra igualitaria del arte moderno, aquí no la va a encontrar. El último apartado de la exposición está dedicado al “Territorio”, es decir, a las obras referidas especialmente a Bañolas, Gerona y, en general, Cataluña. Vemos un Josep Clarà y un intrigante Jordi Planells, El cajón de las sorpresas, de 1974, daliniano, en el que una mano sin cuerpo abre un cajón lleno de mar con olas y la serpiente que adorna el anillo de uno de los dedos se lo muerde y lo hace sangrar. Hay también dos hermosos nocturnos, ambos brillantes de azules oscuros: uno de Manuel Pigem, Nocturno en el lago de Bañolas, fechado inmediatamente después de la Guerra Civil, y otro de Albert Ràfols-Casamada, Pintura azul. Nocturno en Cadaqués, una de las piezas más recientes del conjunto, pintada en 1989 (y de la que mando sendas fotos a dos insignes cadaquesenses de adopción, y buenos amigos míos, Jordi Virallonga y Sol Mussons). Miquel Barceló aporta un Díptico en forma de X, de 1979, y el Equip Crònica, la pieza, al decir de Jordi Gimferrer, más valiosa de todas, o, al menos, la que a él le parece más significativa, por representar una crítica global y cabal al franquismo: El recinte II, una recreación pop-art de Las meninas de Velázquez, en la que se insertan fragmentos de otros artistas, como Joan Miró o Picasso y su Guernica. Acabada la agradable visita (que tiene las dimensiones justas para no sufrir el síndrome del museo, ese que te abrasa las piernas, como si acabaras de cruzar corriendo los Monegros, tras un par de horas de lento paseo por las salas de la pinacoteca), Moisés compra un ejemplar del libro-catálogo de la colección Gimferrer, y el señor Gimferrer se lo firma muy afectuosa y ceremoniosamente. Ya en la calle, echamos de menos enseguida lo que acabamos de contemplar, por su incuestionable calidad artística, pero también por el aire acondicionado que nos ha acompañado mientras lo hacíamos. Hace un calor que funde a las piedras.

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