Hoy voy al cine. David Garrido, director de la Filmoteca de Extremadura, me ha invitado al pase, en la filmoteca de Mérida, de Sayat Nova, una singular película del director soviético Serguéi Paradzhánov, rebautizada como El color de la granada. La proyección se enmarca en el ciclo "Poesía y Cine" que se desarrolla este mes de junio en las salas de la Filmoteca. Debo confesar que no sé nada ni de Sayat Nova ni de Paradzhánov, pero la vinculación de ambos con la poesía, y la curiosidad por conocer las iniciativas de David al frente de la Filmoteca, me llevan a la plaza de Santo Domingo, donde se encuentran las instalaciones de la obra social de la Caja de Badajoz —impecables, salvo por lo incómodo de los respaldos de las butacas— en las que se proyectan las películas programadas. La entrada cuesta un euro, que le pago al chico de la taquilla, con síndrome de Down. Solícito, me entrega el tique, el programa del ciclo y una hoja con información sobre la película de hoy, y me dirijo a la sala. No hay mucho público —unas veinte personas—, pero hoy es un jueves laborable y seguramente Sayat Nova no tenga el tirón comercial de La guerra de las galaxias. Antes de la proyección, David se sube al escenario y presenta con diligencia el film. La idea con la que nos quedamos es que es una marcianada, o, dicho con las palabras más finas de Jordi Costa, crítico de cine de El País, "una película extraterrestre". No es extraño. La película se rodó en 1968 y cuenta (aunque "contar" no sea el verbo preciso, como se verá después) la vida de Harutyun Sayatyan, más conocido como Sayat-Nová, un poeta y músico armenio nacido en 1712, y cuyo nombre adoptado significa "maestro de los cantares" en persa. Sayat-Nová entró al servicio de Heracles II de Georgia como cantor, aunque acabó fungiendo también de consejero y diplomático. El cosmopolitismo de aquellos pueblos caucásicos, encrucijada histórica de imperios europeos y asiáticos, se refleja en la poliglosia de Sayat-Nová, que hablaba armenio, azerbayanés, georgiano y persa, y que escribió en todos ellos. Tanta sofisticación cultural no le sirvió para conservar su privilegiado puesto en Tiflis: se enamoró de la hermana del rey, Ana, y a Heracles no le hizo mucha gracia que un poeta, por más funcionario áulico que fuese, pretendiera a su augusta parienta, destinada a matrimoniar con personajes encumbrados. Esa ha sido, con muy escasas excepciones, la constante en todos los pueblos: los poetas son unos pelagatos a los que hay que alejar de las hembras casaderas de buena familia. Expulsado de palacio, Sayat-Nová se convirtió en un bardo itinerante y, en 1759, por convicción, pero también para asegurarse el sustento —ser bardo errante nunca ha sido garantía de nada, salvo de ser apedreado por los caminos por campesinos insensibles a la lírica—, se ordenó sacerdote por la Iglesia Apostólica Armenia, condición que no le impidió tener mujer, que lo dejó pronto viudo, y cuatro hijos. Recaló por fin en el monasterio de Haghpat, y allí vivió hasta 1795, cuando las fuerzas de Mohammad Khan Qajar, sha de Irán, ocuparon el cenobio y plantearon a los religiosos la siguiente alternativa: convertirse al Islam o morir. Sayat-Nová prefirió morir y Mohammad Khan Qajar accedió gustoso a su deseo. Desde entonces, Sayat-Nová es recordado como el trovador nacional de Armenia, autor de más de 200 canciones (aunque se cree que compuso cerca de un millar), muchas de las cuales todavía se cantan en el país del Cáucaso. (Pero no solo allí sigue vivo: la ecuatoriana Carla Badillo Coronado ha ganado el más reciente Premio Loëwe a la Creación Joven con un libro inspirado por Sayat-Nová y titulado, en su honor, El color de la granada). A esta figura histórica pero todavía presente consagró Serguei Paradzhánov, también nacido en Tiflis, su segunda película, Sayat Nova, tras Corceles de fuego, que data de 1964. Antes había dirigido cuatro films y tres documentales, todos fieles al realismo socialista imperante en aquellos años de telones de acero y dictadura del proletariado, pero experimentó una suerte de caída del caballo estética, a lo Saulo en Damasco, cuando vio La infancia de Iván, de Andréi Tarkovski, y renegó de todo lo que había hecho antes de Corceles de fuego. Aunque esta no fue mal recibida por las autoridades soviéticas, con Sayat Nova cayó en desgracia. Los censores soviéticos, pasmados, confusos y suspicaces ante aquella extravagancia poética, no se atrevieron a prohibirla, pero alteraron su montaje y le impusieron unos subtítulos explicativos y un ortopédico doblaje en ruso que deterioraban la pureza y elegancia del conjunto. No contentos con eso, y con la mosca definitivamente detrás de la oreja, dificultaron o prohibieron casi todos los proyectos que propuso Paradzhánov, o en los que se embarcó, hasta 1973. Ese año fue condenado, por bisexual —una condición subversiva entonces y todavía hoy en Rusia—, a cinco años en un campo de trabajo de Siberia, que entretuvo dibujando y esculpiendo figuras en miniatura, conservadas actualmente en el museo que lleva su nombre en Ereván, la capital de Armenia. Paradzhánov ya había tenido problemas con el régimen por sus inclinaciones sexuales en 1948, cuando se le acusó de mantener relaciones prohibidas nada menos que con un agente del KGB, y se le condenó a cinco años de cárcel, aunque resultó amnistiado a los tres meses de reclusión. Pero con su liberación sus asuntos sentimentales no mejoraron: en 1950, su prometida, una musulmana tártara, se convirtió al rito ortodoxo para casarse con él. Poco después, los parientes de la ya esposa la asesinaron para castigar su apostasía. Paradzhánov salió de la cárcel en 1977, gracias a los esfuerzos desplegados por artistas e intelectuales occidentales, como Louis Aragon y John Updike (antes, Buñuel, Tarkovski, Truffaut, Fellini y Antonioni, entre otros, habían abogado en su favor, con escaso éxito), pero los censores y la policía siguieron acosándolo, hasta que fue encarcelado de nuevo, acusado esta vez de cohecho, en 1982. Solo pasó un año en prisión, pero salió con la salud irreversiblemente dañada, y murió de cáncer en 1990. No sorprende, pero sigue entristeciendo, la saña con que los sátrapas soviéticos trataron a un genio del cine, como a tantos otros artistas únicos, y, en buena medida, cercenaron su obra y su creatividad: la ideología mutila al arte; el político, el redentor de la patria, asfixia al hombre, al creador. Aunque lo que este haya alumbrado quede y lo instaurado por los salvadores de la humanidad desaparezca en los estercoleros de la historia, duele que una figura como Paradzhánov no haya podido desarrollar plenamente su talento: esa amputación nos perjudica a todos. Y llaman la atención los paralelismos entre la vida del bardo armenio y la del director soviético: ambos nacieron en la misma ciudad, ambos fueron poetas —en artes diferentes—, ambos padecieron de mal de amores, ambos sufrieron la persecución del poder y ambos murieron por no abjurar de sus creencias, estéticas o religiosas. Sayat Nova es una película lisérgica: a lo largo de 78 minutos, en la pantalla se suceden cuadros vivos que representan las diferentes etapas de la vida del bardo armenio, desde su niñez hasta su muerte. No hay acción ni apenas diálogo, salgo unos escasos subtítulos que resultan tan líricos como abstrusos. Los personajes desfilan ante la cámara, estáticos, casi escultóricos, ataviados con las ropas de la época, de vivos colores. Los movimientos, si existen, son lentos, muy lentos. Sayat Nova es, como dijo un maligno crítico norteamericano de cierto cine francés, una película en la que se ve crecer la hierba. Y no es recomendable contemplarla después de un duro día de trabajo o de haberse zampado un cocido madrileño. Las escenas presentan un indudable aire surrealista, con gallinas que invaden, enloquecidas, un espacio en el que descansa Sayat-Nová, rodeado de velas, o un rebaño de ovejas que atesta una iglesia en cuyo centro yace un cadáver. La música tradicional y eclesiástica que acompaña en todo momento las imágenes —ejecutada con flautines caucásicos y esos laúdes de tripa de cordero que recuerdan al propio cordero siendo degollado— contribuye al ataráxico desquiciamiento del film. La fuerte presencia de lo religioso, con iconos, crucificos, libros sagrados, ropas talares y tapices bíblicos, y el simbolismo trascendental que proyecta Sayat Nova, su alegoría metafísica, conviven sin dificultad con una sensualidad cifrada en los colores y las formas, en las ricas telas y los animales, en las metáforas del cuerpo y del sexo, como esa caracola nacarada que representa el pecho femenino. Pero las contradicciones sutilmente resueltas no acaban aquí: el hieratismo de los actores se acomoda a la espesura de las formas y, al mismo tiempo, a los espacios despejados: salas sin nadie, paredes desnudas, cabezas solas, figuras solas. Uno acaba de ver Sayat Nova como un extrañísimo experimento poético que probablemente no se comprenda, pero que también, probablemente, nos haya enriquecido con una belleza sangrante y oscura. Incluso si nos hemos dormido viéndola, es probable que nuestros sueños hayan sido más delicados, más exquisitos, que de costumbre.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
lunes, 20 de junio de 2016
viernes, 17 de junio de 2016
Recuerdos de Londres
Veo Londres, como todo el mundo, por la televisión. Es un decorado: los corresponsales de las diferentes cadenas cuentan las noticias sobre Inglaterra —abundan estos días las referidas al Brexit, el referéndum instigado por la ultraderecha y aceptado por la derecha, para que los británicos decidan si quieren volver a la espelunca de su britanicidad (aunque excursionen o incluso residan en las costas de los países mediterráneos) o prefieren seguir mezclándose con gente sospechosa y meridional— y, mientras lo hacen, yo veo pasar a su espalda los autobuses rojos de dos pisos, o los taxis negros, o gente encorsetada —o, por el contrario, excéntricamente anárquica— como con la que me cruzaba yo todos los días en las calles de la ciudad. Muchos llevan paraguas, porque llueve o amenaza lluvia, y con eso también había de convivir casi todos los días en la ciudad. Tengo sentimientos ambivalentes: no añoro la dureza de Londres, sus prisas, sus muchedumbres, su hostilidad; ni el clima, of course; ni los precios, disparatados; y menos aún echo en falta la frialdad de sus gentes, aunque, si lo pienso bien, esto no podría echarlo en falta en ningún caso: para añorar algo de la gente, aunque sea negativo, has tenido que conocerla, y los ingleses no se dejan conocer; al menos, yo no he encontrado la forma de hacerlo. Tampoco siento ninguna necesidad de reencontrarme con hábitos irracionales y que deploraba, como la locura del alcohol o la locura del fútbol, ni con el peso abrumador de la norma, en lo público y lo privado, ni con la rigidez y sequedad de las convenciones sociales. Sin embargo, en mi soledad emeritense, con sol a raudales y un trato más afable con las personas con las que me relaciono en el trabajo y en la calle, con precios (aunque también salarios) ridículamente bajos comparados con los londinenses, con migas extremeñas, y hermosas terrazas, y mujeres más hermosas todavía, a veces me vence la melancolía. Entonces recuerdo los paseos demorados y sin propósito por Battersea Park, que llegué a conocer como el traspatio de mi casa, y el fluir imprevisible del vecino Támesis, que, por efecto de las mareas, a veces avanza al derecho y a veces, al revés. Todavía soy capaz de ver, en mi mente, los senderos y los arriates, los cisnes y las garzas del lago, las prímulas amontonadas en los setos, la esquemática rosaleda. En los respaldos de los bancos había placas, como pequeñas lápidas de hojalata, que recordaban a los difuntos —in loving memory, etcétera— y, en el jardín tropical, plantas enormes y flores inverosímiles. Aún me represento el camino de los cerezos, que en primavera estallaban de pétalos rosados, amontonados en nubes quietas. Y el viejo jardín inglés, de una paz infinita, atendido por solícitos voluntarios. Y la pagoda budista, que se alza, extraña y majestuosamente, en el centro de una verde maraña de plátanos y robles. Y no he olvidado mi afán imposible por descubrir el rincón del parque en el que, en 1948, una radiante mañana de primavera, cogidos ambos de la mano, Felicidad Blanc le confesó su amor, no menos imposible, a Luis Cernuda. Sin embargo, percibo que muchos rincones se van ya diluyendo en la memoria, que ya no soy capaz de representarme aquello que conocía tan bien, porque lo recorría todos los días, y con esa pérdida siento que extravío también una parte de mí, de lo que tuve, o fui, o quise. Me gustaría volver a ver el río desde el balcón de nuestro primer piso, pequeñísimo, en Pimlico, y las gaviotas que lo alfileteaban, y los remeros que se deslizaban por él como si volaran, rubios y unánimes. Encuentro a faltar las calles amables con las que dabas, a veces, al girar una esquina, o adentrarte en barrio desconocido, con sus pubs con mazos de flores a la puerta, y sus tiendas de beneficencia llenas de libros, y sus iglesias victorianas y recoletas. Y ojalá pudiese volver a experimentar la paz que sentía cuando Ángeles y yo pasábamos la tarde en nuestro pub favorito, llamado también Pimlico, junto al fuego en invierno y a las ventanas abiertas en verano, y hablábamos de nuestras preocupaciones y nuestros sueños. Porque eso acaso sea lo que más añoro: la sensación de principio, de aventura nueva e intacta, de vida que renace. No importa que se frustrara al cabo de poco, como se frustran siempre nuestras esperanzas, como nos frustramos nosotros, envejeciendo y muriendo. La ilusión es inestimable y ambos estábamos llenos de ilusión: con casi cincuenta años, nos sentíamos otra vez al principio, aunque no supiéramos muy bien de qué. Cada momento era una posibilidad o un descubrimiento. Recorrimos las praderas interminables de Richmond, y nos cruzamos con amantes y con ciervos. Nos bañamos, desde el puente de Alberto o el de Chelsea, en las luces multicolores que se reflejaban en un Támesis negro. Pasamos tardes enteras con Goya, Turner y Rothko. Tomamos pasteles de zanahoria y té rojo en la casa de Dickens, y nos tumbamos en la hierba en la de Keats, a contemplar la nada. Admiramos la magnificencia del Parlamento (cuyo Big Ben se inclina inexorablemente; dentro de unos siglos, lucirá como la Torre de Pisa). Escuchamos a Purcell en Saint Martin-in-the-Fields. Pero, como dice el gran Rutger Hauer, en el papel del replicante Roy Blatty, en Blade Runner, todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. (La frase, tan cursi como sobrecogedora, no está en el guión, ni en la novela de Philip K. Dick en la que la película se inspira parcialmente, sino que fue improvisada por el actor). Hoy miro por la ventana y veo otros paisajes, otras personas, otro cielo. Me gustan: no dudo de haber vuelto a casa. Pero uno siempre vive donde ha vivido; uno siempre es de los sitios en los que ha enterrado su intimidad. Y Londres ha dejado en mí un poso de promesa, malandanza y amor.
lunes, 13 de junio de 2016
Cañizares, ese hombre
Hace algunos días, Antonio Cañizares, cardenal arzobispo de Valencia, escandalizó a la España decente —que, pese a lo que pueda pensarse, todavía existe— con unas declaraciones, con las que pretendía defender "el bien precioso de la familia cristiana", contra "el imperio gay y ciertas ideologías feministas". Muchos, como digo, se echaron las manos a la cabeza, como lo habían hecho cuando el mismo Cañizares había acusado a los refugiados que desembarcan hoy en Europa (si es que llegan a hacerlo y no mueren en la travesía) de no ser trigo limpio y sí el caballo de Troya de un islamismo que se ha propuesto acabar con Europa; o cuando había afirmado, en 2009, que no era comparable lo que hubiese ocurrido en unos cuantos colegios de Irlanda (es decir, los toqueteos y enculamientos de unos cuantos adolescentes a manos —y penes— de los religiosos que tenían la misión de educarlos) con los millones de vidas destruidas por el aborto; o que a los ateos, "vacíos y desorientados", solo los mueve "el dinero, el sexo, el goce narcisista y el goce del cuerpo", algo que sostuvo con ocasión de su investidura como doctor honoris causa por la prestigiosa Universidad Católica de San Vicente Mártir de Valencia; o que quienes defienden un matrimonio que no sea entre hombre y mujer, con fines castamente reproductivos, son "irresponsables y suicidas, producto de las ideologías dominantes"; o que la unidad de España es "un bien moral". Pero yo digo que no hay que horrorizarse por lo que diga Cañizares, sino aprovecharlo para la ciencia. A Cañizarles habría que cuidarlo y estimularlo para que opinase. A Cañizares habría que pasearlo por las escuelas para hacerlo hablar y atenderlo con mimo (es decir, con más mimo todavía del que, exonerado de una vida fatigosa y cuidado por monjas solícitas, ha disfrutado ya) para que viva muchos años y pueda seguir manifestándose. Y cuando por fin sea llamado a la diestra del Señor, que lo recompensará con la gloria eterna por su ejemplar caridad cristiana y su esclarecida inteligencia, su cuerpo debería ser preservado y expuesto al público, como el negro de Banyoles o la momia de Lenin, para edificación y solaz de las generaciones futuras. En la historia del pensamiento, hay razón práctica, razón crítica, razón moral y razón miserable. Esta es la que representa Cañizares. Sus exabruptos, revestidos de toda la parafernalia retórica supurada por el cristianismo —que no es más que una gigantesca logomaquia, una enmarañada construcción verbal para protegernos de los infortunios de la vida y del terror a la muerte—, son la representación a escala de los exabruptos históricos de la Iglesia. Cañizares se pronuncia contra los homosexuales, las mujeres, los refugiados, los ateos, los jóvenes que van provocando, el aborto, los independentistas catalanes e tutti quanti igual que el Vaticano se ha pronunciado a lo largo de los siglos contra todas las causas que conforman la modernidad: la ciencia, la democracia, los derechos civiles y hasta el pararrayos. No hay un solo avance científico, político o social, ni una sola causa igualitaria, a la que la Iglesia no se haya opuesto. En España Cañizares mantiene esa notable tradición: cualquier empresa que evite el sufrimiento de las personas y concite la solidaridad, cualquier progreso que permita una vida más digna y placentera, se verá impugnada por Cañizares: saldrá el cardenal arzobispo de su espelunca y soltará algunos graznidos apocalípticos. La violencia de su voz —no violencia física, porque el cardenal arzobispo habla como los curas de los chistes, entre gangoso y afeminado, sino violencia ideológica: violencia que es trasunto de salvajismo mental— hará que se menee el crucifijo de tamaño natural que lleva siempre colgado al cuello, como los papúes llevan un hueso de casuario atravesado en la nariz: el símbolo de su verdad, que para ellos es la verdad, una verdad definitiva, inatacable y, para quienes no la comparten, hasta letal. Cañizares constituye un prototipo humano: el del ser que se blinda ante la naturaleza fatalmente transitoria de las cosas —del cuerpo, de las ideas, del universo— con un haz de seguridades inconmovibles, a las que subordina cualquier movimiento y cualquier decisión: lo mismo hacen los fascistas; lo mismo hacían los maoístas. No creo que Cañizares crea en Dios (y estoy seguro de que Dios, si existiera, no creería en él), sino en la certeza (y el placer: él también es hedonista) que Dios le aporta. Cañizares se acoraza con epístolas a los corintios y evangelios según San Mateo —en el que, por cierto, se dice: "Era extranjero y me recogisteis" (capítulo 25, versículos 35 y siguientes)— ante una realidad incomprensible, que además se empeña en ser cambiante, y la muerte, más incomprensible todavía. Cañizares, y todos los de su calañizares, se aferran a ese aleph metafísico, a ese libro sagrado y único, a esa roca de Pedro, para sobrevivir a la mudanza, la incertidumbre y el miedo. Cañizares no ha asumido (ni a su edad, pobre, lo va a hacer ya) que la esencia de la condición humana es la caducidad y el tránsito, la evanescencia y la nada, ni que esta vida solo es, en palabras de Antonio Gamoneda, un chispazo entre dos inexistencias, y que a esa transitoriedad hemos de ceñirnos, y apurar hasta las heces, si queremos ser conscientes de nuestra realidad y moralmente responsables. Por el fugacísimo destello del que habla el poeta hemos de pasar disfrutando de las escasas recompensas que se nos ofrecen y causando el menor daño posible: a nosotros mismos y a los demás. Vive y deja vivir me sigue pareciendo la regla moral más adecuada a nuestra naturaleza. Cañizares, en cambio, prefiere vivir bien (él; los demás, que se apañen) y no dejar vivir a nadie. Siempre me ha llamado la atención que aquellos que deberían regir su conducta por el amor al prójimo exigido por su decálogo, sean mucho más crueles con sus semejantes que los ateos, esos seres gobernados por "el sexo, el dinero, el goce narcisista y el goce de los cuerpos" (por cierto, ¿qué diferencia habrá entre "el sexo", "el goce narcisista" y "el goce de los cuerpos"? Supongo que "el goce narcisista" es pelársela, pero a mí, como a Woody Allen, la masturbación me parece muy bien: al fin y al cabo, es hacer el amor con la persona que más quieres). Las palabras de Cañizares, como las de quienes comparten sus regüeldos clericales, están siempre llenas de odio: ante las masas de refugiados de las guerras, el hambre y la falta de esperanza de África y Asia, con los que uno esperaría que practicase aquello de dar de comer al hambriento y beber al sediento, etcétera, el cardenal arzobispo se revuelve con la sospecha y la indiferencia; frente a las personas del mismo sexo que se aman, creen en la familia y quieren fundar una, el perínclito mitrado contraataca con dicterios sin cuento; frente a los miles de adolescentes que han sido manoseados y violados por los ensotanados que habían de protegerlos —en Irlanda, en el Reino Unido, en los Estados Unidos, en México, en España—, Cañizares no tiene ni una palabra de aliento, ni mucho menos se le ocurre pedirles perdón; y a las personas sensatas que se preguntan por qué consiente Dios el mal en el mundo, o por qué un ser omnisciente, omnipotente y eterno como Él ha sentido la necesidad de crear a un ser infinitesimal como el hombre, traerlo a la vida sin su consentimiento, someterlo a la enfermedad, la vejez y la muerte contra su voluntad, y después condenarlo al fuego eterno si decide que no se ha comportado según unas reglas que no ha establecido, el prelado pitecántropo responde que pertenecen a "la noche oscura del ateísmo" y que, inficionados por los deleites mundanos y adoradores del becerro de oro, son moralmente inferiores (lo que, de paso, le da la coartada para no responder a su pregunta). A Dios, si existiera, Cañizares le escandalizaría. Pero a nosotros no debe escandalizarnos: hemos de utilizarlo para aprender hasta dónde puede llegar la estulticia, y de qué artimañas religiosas se vale para difundirse y arraigar; hemos de aprovecharlo para comprender mejor la naturaleza humana y evitar que sus manifestaciones más obscenas perjudiquen a todos. A quien sabemos ya que no le escandalizan las coces de Cañizares es al papa Francisco, que lo mantiene como pastor de almas. Es lo que tiene ser un papa bueno: que no quiere indisponerse con nadie.
jueves, 9 de junio de 2016
En la Feria del Libro de Mérida
Visito el viernes la Feria del Libro de Mérida. Hace unos días vi que estaban montando los puestos en el Parque López de Ayala, donde tradicionalmente se celebra. Por fortuna, en el pizarrón de uno de los bares del lugar, en el que se anuncian los productos que ofrece el establecimiento, han corregido la errata que campeaba semanas atrás: "Carnes al cabrón de encina". A eso se le llama una metátesis puñetera. Antes de que abran las paradas, he quedado con Susana Martín Gijón, autora de la ERE, hermana de un buen amigo, Mario Martín Gijón, y mi casera. Gracias a la literatura he resuelto el acuciante problema de la vivienda al instalarme en Mérida: para que luego digan que no sirve para nada. Me tomo, con ella y su compañero, un granizado y luego una cerveza, mientras charlamos de asuntos domésticos y literarios, en extraña mezcolanza. Susana me regala un ejemplar dedicado de su novela Vino y pólvora, publicado por Anantes, donde ya han visto la luz sus dos libros anteriores: Desde la eternidad y Más que cuerpos. Se trata de un thriller de casi 400 páginas: mantener tanto tiempo la tensión propia de una intriga policiaca es una tarea difícil y un logro infrecuente. Cuando la lea, comprobaré si lo ha conseguido. A las seis he de ir a la carpa de presentaciones para presentar el único libro de la Editora del que se da cuenta hoy: la novela Tiempo de recordar, tiempo de vivir, de Jesús Álvarez Gómez. Tenemos poco tiempo —treinta minutos— y la hora, la primera de la tarde, es mala: todavía hace calor y hay poca gente. Jesús es un hombre menudo y cordial, pediatra de profesión. En la breve introducción que hago del libro, subrayo la extraña abundancia de médicos escritores en Extremadura: además de él, se me vienen a la cabeza Basilio Sánchez y Antonio María Flórez; y seguro que hay más. El aire acondicionado de la carpa, vital, por otra parte —soy un gran defensor del aire acondicionado, tan denostado siempre; yo, como Woody Allen, entre Dios y el aire acondicionado, me quedo con el aire acondicionado—, hace mucho ruido, que se suma al fragor creciente de los paseantes y curiosos, y dificulta la comunicación. Pero tanto Jesús como yo salimos del paso dignamente, creo. Acabado el acto, me encuentro con el poeta y profesor Julio César Galán, otro buen amigo. De Julio me gusta su entrega a las causas en las que cree; causas literarias, claro. Esa implicación falta en muchos que dicen amar —y hasta defender— la literatura. Por faltar, hasta les falta leer: los escritores (o los que quieren serlo) que no leen son legión. Julio anda metido hasta las cachas en el estudio de algunos temas que le obsesionan —la heteronimia, la epigonalidad, la crítica literaria, la literatura comparada— y muy interesado en difundir sus teorías. Por ejemplo, su heterónimo Óscar de la Torre acaba de publicar una sugerente antología, Limados. La ruptura textual en la última poesía española, en la que incluye a un puñado de magníficos poetas (Ángel Cerviño, Alejandro Céspedes, Mario Martín Gijón y Juan Andrés García Román son algunos de ellos) y también un enjundioso prólogo, en el que justifica su reivindicación de una poesía que rompa los confines convencionales del poema. El libro incorpora también un no menos enérgico epílogo, que roza lo lisérgico, del gran César Nicolás. Me gustan las tomas de partido, la implicación vehemente, sobre todo cuando ese partido y esa implicación coinciden con los míos. Mientras hablamos de Limados y de muchas otras cosas, se paran a nuestro lado —estamos en una terraza al lado de la entrada al parque— varias personas: Paz, la encantadora funcionaria de la policía (aunque ella, como nos recuerda siempre, es personal civil) que me renovó el carnet de identidad al poco de llegar yo a Mérida, y que se ha revelado —se reveló ya entonces, durante la renovación: "¿qué está Ud. leyendo?", me preguntó al ver el libro que llevaba, mientras me tomaba las huellas dactilares, que no deja de ser un momento extraño para que le pregunten a uno qué está leyendo— una lectora apasionada, además de una persona dedicada a hacer el bien a sus semejantes; y el poeta y músico Daniel Casado, que viene listo, y muy guapo, para el concierto que ha de dar esta noche. Julio y yo visitamos juntos la caseta de la editorial Amargord, en la que ambos tenemos libros publicados: Limados él, y yo mi antología El corazón, la nada. Poesía 1994-2014. José María de la Quintana, el editor, ha cambiado de look: luce hoy una luenga barba blanca que le da un aire a bohemio finisecular o científico despistado. Nos regala sendos ejemplares de una de sus últimas novedades, Amo que te amen, de Gonzalo García-Pelayo, el líder de los Pelayo, aquella familia que consiguió, sin trampa ninguna, por medios estrictamente empíricos, desplumar a un montón de casinos españoles y extranjeros. Bien por ellos. Me despido de Chema y de Julio y, antes de acudir al próximo acto al que estoy convocado, paseo por las casetas. Al lado de la de Amargord, está la de la joven editorial extremeña Letour1987, dirigida por el también joven Mario Quintana. Me reconoce de un encuentro previo, nos saludamos y charlamos un rato. Celebro encontrar entre sus libros varios de Luis Felipe Comendador, otro filántropo silencioso, uno de esos hombres sin cuya presencia este mundo sería peor de lo que es, y un buen poeta. Mario me regala, precisamente, Tour de France, un breve conjunto de poemas de Luis Felipe sobre la célebre carrera francesa, dedicado a Roberto Heras, y del que el colofón dice que "de ninguna manera habría visto la luz sin la infatigable lucha de Gino Bartali". Entre sus demás novedades, le pido que me recomiende alguna. Tras pensarlo bastante, Mario se decanta por fin por La paciencia de los árboles, de María Sotomayor, que le compro por ocho euros. No conozco la poesía de María, así que estará bien descubrirla. Por lo demás, hay que comprar libros, siempre: ir a una feria del libro solo a mirar, como ir a las presentaciones solo a escuchar, es una ruindad. En el caso de Letour1987, una editorial de apenas un año de vida, que está batallando por abrirse camino en el dificilísimo mundo de la edición (de poesía, además), comprar libros no es solo un comportamiento natural, sino un deber de solidaridad. Me marcho contento, a ver más puestos y a comprar más libros. Distingo los de las tres librerías de Mérida —Martín, Punto y Aparte, y San Francisco-, el de De la Luna Libros, el de una asociación libertaria, cuyos títulos se me antojan deliciosamente anacrónicos, y, por supuesto, el de la Editora Regional de Extremadura, donde me complace ver bastante público. De hecho, yo mismo, si no fuera su director, compraría muchos de sus libros, que me parecen objetivamente sensacionales. También reparo en un puesto donde se venden libros descatalogados o sobrantes de la Biblioteca del Estado "Jesús Delgado Valhondo". Me llama la atención (casi me hiere) que, entre esos volúmenes de saldo, abunden los de la, ay, extinta DVD. La impresión que me llevo de la Feria es buena, aunque no me disgustaría que hubiera más puestos: no deben de superar la quincena. También echo a faltar una presencia más abundante de otros géneros: predominan la novela (sobre todo la novela histórica, esa que todo el mundo cultiva y de la que los lectores no parecen empacharse) y el superventas. Ensayo no hay mucho, poesía, poca, y teatro, casi ninguno. Y, sobre todo, faltan esas casetas raras (quitando el ateneo libertario) que ofrecen volúmenes insólitos, géneros híbridos, nombres y títulos insospechados, y que vuelven las ferias un lugar de sorpresa y descubrimiento. A las nueve y media asisto a la presentación de The Tempest, de Marino González, en representación de la Secretaría General de Cultura. Me siento en primera fila, donde estoy solo (hay bastante público, pero la gente tiene la mala costumbre de sentarse atrás, lo más atrás posible, creando un vacío desolador con el autor, y obligando a este a salvarlo, lo que no siempre es fácil o ni siquiera posible), y escucho con interés las intervenciones de Enrique García Fuentes, uno de los presentadores, con el que mantengo una relación de amistad desde que invitó, hace años, al Aula Literaria Díez-Canedo, de Badajoz, y el propio Marino, que nos habla de esta versión libérrima de la última tragedia de William Shakespeare. Hacia las diez y media, me recojo. Me gustaría asistir al concierto de Daniel, para el que se ha congregado ya mucha gente, pero estoy cansado: el día ha sido largo. Él sabrá perdonarme la ausencia. De regreso a casa, en la avenida de Juan Carlos I, me cruzo con otra carpa, en un bar, en la que están dando otro concierto. La banda ataca con brío algunos temas flamencos y populares. El estruendo es magnífico. Los vecinos, pienso, estarán encantados.
domingo, 5 de junio de 2016
I am the greatest
Eso gritaba Cassius Clay, luego Muhammad Ali, en cuanto tenía ocasión: en las ruedas de prensa, en los pesajes antes de los combates, en las entrevistas de televisión. Y no era una fanfarronada: Ali era el más grande. Murió ayer, a los 74 años, tras muchos de padecer la enfermedad de Parkinson. Yo nunca me acostumbré a llamarlo Muhammad Ali, el nombre que adoptó cuando se convirtió al Islam, siguiendo una práctica frecuente en los activistas negros de los años 60 y 70 en los Estados Unidos, con los que simpatizó. Para mí siempre fue Cassius Clay, uno de esos nombres típicos de familia americana negra y pobre, valga la redundancia, aunque aquí lo llamaré como él quería que lo llamaran (y así se lo hizo saber a Floyd Patterson, ex campeón mundial de los pesos pesados, cuando lo derrotó en Las Vegas en 1965: Patterson, cristiano practicante, se empeñaba en llamarlo Clay, y Ali respondió zurrándolo de lo lindo mientras, entre golpe y golpe, le preguntaba: "¿Cómo me llamo, imbécil?"). Yo llegué a verlo combatir por televisión, aquella televisión en blanco y negro en la que Ali solo parecía un poco más moreno que sus rivales caucásicos. Recuerdo cuando peleó por el título mundial, en 1977, contra Alfredo Evangelista, el lince de Montevideo, aquel púgil hispano-uruguayo que había sido siete veces campeón de Europa y que había tumbado en España al mítico Urtáin. Ali estaba en las postrimerías de su carrera, pero aguantó sin despeinarse las espesas embestidas de Evangelista y ganó a los puntos por decisión unánime. (Evangelista, que había recibido una tunda considerable, pero que no había sido derribado, declaró después: "¿Cómo me iba a caer? Me estaba pegando el más grande de todos los tiempos, y, aunque sabía que no podía ganar, no quería perdérmelo. Ojalá me hubiese pegado para siempre"). Sin embargo, mis mejores recuerdos de Muhammad Ali se remontan, como los de casi todo el mundo, a su legendaria pelea con George Foreman en Kinsasa, la capital del Zaire, el 30 de octubre de 1974. En casa estábamos excitados: mi padre era un amante del boxeo y un admirador entregado de Muhammad Ali, y mi madre y yo obedecíamos a los gustos de mi padre con una afición vicaria pero no menos genuina (en el caso de mi madre, su encandilamiento respondía a razones que yo no sabía apreciar en su justa medida: "¡Qué guapo es!", no dejaba de repetir). La pelea, que vio todo el planeta —precursora de la globalización de los espectáculos deportivos—, fue extraordinaria. Foreman, el bombardero de Texas, era una mole de casi 120 kilos de peso, que acudió a la pelea tras despachar en dos asaltos a Ken Norton, el boxeador que, un año antes, había vencido —y le había roto la mandíbula— precisamente a Ali (dos asaltos, de hecho, era lo que le habían durado sus ocho contrincantes anteriores). Foreman se caracterizaba por una pegada descomunal, más parecida a las coces que a los puñetazos. Por si fuera poco, era también un gran fajador, un hombre que podía comportarse, sin diferencias discernibles, como un saco de boxeo. Para vencerlo, Ali recurrió a una de sus especialidades: la guerra psicológica. Durante los meses anteriores a la pelea, que hubo de posponerse, de mayo a octubre, por una lesión de Foreman, Ali se ganó, con su labia proverbial y no pocos actos de filantropía, la simpatía de los zaireños, que acudieron en masa a animarlo el día del combate. Y su ánimo, aunque poco edificante, era muy alentador: "!Ali bumayé!" ("¡Ali, mátalo!"), gritaban 60 000 gargantas enardecidas. A eso Ali no dejó de añadir sus particulares técnicas de sabotaje: siempre que tenía ocasión, recordaba a periodistas y público en general que Foreman peleaba "como una niña". Se comprende, pues, que, cuando este subió finalmente al ring para verse las caras con el bocazas de Louisville, no lo hiciera precisamente con el espíritu sosegado, y que desatara una verdadera lluvia de golpes sobre el aspirante. Pero este no cejó en sus provocaciones: desde el rincón, entre asalto y asalto, Ali seguía burlándose de Foreman, y también cuando se le abrazaba, buscando segundos de respiro, a lo largo del combate: "¿Esto es todo lo que sabes hacer?", le susurraba al oído (por suerte, no era Mike Tyson; si no, en vez de hablarle, se lo habría arrancado de un mordisco). "Pegas como una nenaza", remataba. La lucha siguió así ocho asaltos: Foreman pegaba y Ali, la mayor parte del tiempo, se dejaba pegar. Era lo que se conoció a partir de entonces como rope-a-dope, una estrategia que pretendía agotar al adversario. Pero, claro, el adversario se agotaba pegándole a uno, lo que la convertía en una maniobra cuando menos arriesgada. Ali aguantó bien, mientras Foreman se desgastaba en series de sartenazos que se estrellaban en los guantes, los brazos o los costados de su oponente, sin mermar su resistencia. Hasta que, al final del octavo round, Ali comprobó que su rival empezaba a desfallecer, y pasó al ataque. Se desasió en el rincón de la acometida de Foreman y, con una fulgurante combinación de golpes, rematada con un uppercut de izquierda y un directo de derecha que entró limpio como una mañana de primavera, definitivo, dio con Big George en la lona. Fue la victoria de la inteligencia y la capacidad de sufrimiento frente a la fuerza bruta. Muhammad Ali, coronado rey de los pesos pesados, continuó su exitosa carrera hasta 1981, cuando, tras perder con un púgil jamaicano, Trevor Berbick, se retiró para siempre del boxeo. Su carrera se cerró con un saldo de 56 victorias, 37 de ellas por K. O., y únicamente cinco derrotas, cuatro a los puntos y solo una por K. O. técnico, la que disputó contra Larry Holmes en 1980, penúltima de su historial. Ha sido el único luchador de la historia que ha ganado tres veces el campeonato mundial de los pesos pesados. Pero, siendo eso extraordinario, ha sido mucho más que eso: Muhammad Ali se ha convertido en un norteamericano universal, en un icono popular del siglo XX, como Ernest Hemingway o Marilyn Monroe. Ali se sobrepuso a unos orígenes más que humildes —era descendiente de esclavos— sin caer en la delincuencia, el matonismo o la zafiedad: era guapo, era listo, era elegante, era ingenioso ("soy tan rápido que, cuando apago la luz, me meto en la cama antes de que todo el cuarto esté a oscuras", dijo una vez), se expresaba con pulcritud (a veces hacía declaraciones recitando poemas que él mismo había compuesto) y, a pesar de sus bravatas, que formaban parte de su estrategia, digamos, empresarial, nunca les perdió el respeto a sus rivales, con los que mantuvo, fuera del ring, relaciones de camaradería. Supo hacer del boxeo algo más que un encuentro a guantazos: bailaba en el cuadrilátero, sonreía como un galán de Hollywood y, al igual que Bahamontes se tomaba un helado al coronar en solitario una cumbre alpina en el Tour de Francia, Ali se peinaba en los descansos entre asalto y asalto. Supo también oponerse a las malsanas solicitaciones del poder, y se negó a ir a la guerra de Vietnam, lo que le valió una condena a cinco años de cárcel (que no llegó a cumplir), ser desposeído de sus títulos y una suspensión de tres años y medio, que amenazó con terminar con su carrera. Cuando se le preguntaba por qué se negaba a combatir por su país, Ali respondía invariablemente: "Ningún vietcong me ha llamado nunca negrata", lo que no dejaba de ser una respuesta muy atinada. Por fin, el Tribunal Supremo falló en su favor y pudo volver a los rings. Y, cuando la enfermedad de Parkinson, que había empezado a manifestársele a finales de los 70, en que aún peleaba profesionalmente, siguió su implacable curso, Ali, de consuno con su familia, se negó a ocultarse y participó en cuantos actos era requerido, como alguno de impacto tan planetario como el encendido de la llama olímpica en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996, en el que el mundo entero lo vio temblar con la antorcha en la mano, pero encender sin desdoro el fuego sagrado. Ayer libró la última pelea, esa a la que todos estamos convocados y que acabará con todos en la lona, incluso con él, que era el más grande. Descanse en paz.
jueves, 2 de junio de 2016
En el embalse de Proserpina
Conocí el embalse de Proserpina hace muchos años ya, en uno de los primeros viajes que Ángeles y yo hicimos a Extremadura. Me sorprendió aquella pulcra y extensa masa de agua, ceñida aún por un dique romano, y me sedujo su nombre, que no es esdrújulo, Prosérpina, como a veces se oye o lee por ahí, sino llano, Proserpina, como corresponde a la diosa romana a la que se invocaba en una lápida descubierta en el embalse en el siglo XVIII; antes de ser rebautizado en honor suyo, el embalse se llamaba "Charca de la Albuera" o, más difícil todavía, "Albuhera de la Carija". Debía de hacer mucho calor aquel día en que descubrimos el embalse, porque decidí tirarme al agua, y, como no habíamos previsto encontrarnos con un lugar de baño como aquel, lo hice en calzoncillos. Uno nunca sabe a qué se enfrenta cuando se introduce, de tan vulnerable guisa, en un pantano desconocido —quizá a siluros carniceros, originarios de Tailandia, o a carpas pleistocénicas, o a algas que te atrapan como tarántulas y te sumergen para siempre en las profundidades—, pero uno, que es medio anfibio, no puede resistirse a la llamada del agua y se tira de cabeza, aunque su mujer lo mire como lo haría si se dispusiera a desactivar un explosivo. No pasó nada, alabado sea el Hacedor: solo disfruté como un niño de un agua limpia y fresca. Desde aquella ocasión benemérita, no había tenido ocasión de volver al embalse de Proserpina hasta el verano pasado, cuando el poeta y amigo Elías Moro nos llevó a Ángeles y a mí, que visitábamos Mérida para asistir a una de las representaciones del festival del teatro de la ciudad, a comer a uno de los chiringuitos que se han levantado a sus orillas. Y hace unas semanas pasé también una agradable tarde de domingo en casa de otro poeta y amigo, Antonio Orihuela, y su familia, en la zona residencial del embalse. Charlamos incansablemente mientras nos cansábamos rodeando el embalse por un camino perimetral, de seis kilómetros. Pero el placer de la conversación, y también los coletazos de una gripe que había pillado al poco de llegar a Mérida, me vedaron disfrutar enteramente del paisaje. Vuelvo hoy al embalse con la intención de reparar en él y de pasar otra tarde placentera, aunque esta vez solitaria. Me pasma, de nuevo, la solvencia inigualada de los ingenieros romanos. El embalse de Proserpina se construyó en el siglo I a. C., con una capacidad de cuatro hectómetros cúbicos. Recogía el agua de la lluvia y de dos arroyos, y garantizaba el suministro a Emérita Augusta a través del acueducto de los Milagros. Era una obra majestuosa, casi ciclópea, adecuada para una capital romana como aquella, que lo era de la importante provincia de la Lusitania. Un dique de 428 metros de longitud y 21 de altura máxima, en forma de talud, se conserva en uno de los costados del embalse. Fue desde ese dique desde donde me chapucé hace años. Sorprende también que no solo el dique, sino todo el conjunto se haya conservado perfectamente dos milenios. La razón es que el embalse, además de su función de captación de aguas, ha servido siempre como zona de baño y diversión de los emeritenses y, de hecho, de toda la comarca. No es extraño: el calor aprieta tanto en verano que un lugar donde refrescarse adquiere tintes de refugio nuclear. Hoy, en cambio, hace más bien frío y hasta amenaza lluvia. Recorren el cielo pelotones de nubes, que en algunos rincones se convierten en regimientos. El paisaje que contemplo es de una atractiva heterogeneidad: si en Suiza todas las montañas parecen las mismas, o en Inglaterra todos los prados se dirían uno, aquí no hay rincón del embalse que no presente una mezcla sin igual: los cañizares interrumpen las franjas herbáceas, y a estas las adornan grupos cambiantes de flores. El viento riza el agua gris y levanta, en toda la superficie del embalse, crestas blancas como las nubes. Espejea Proserpina como un mar de abedules. Los pájaros prosperan a cientos en los bancales y recodos. Distingo patos, cornejas, pollas de agua y garzas, posadas como eses en los canchos que pespuntean la ribera. Hay otros ánades, pero mi ignorancia ornitológica me impide identificarlos. También veo cigüeñas —lo raro en Extremadura sería no verlas—, con el característico cabecear de las aves zancudas: como si picotearan el aire. Hay muchos pájaros y poca gente. Será la tarde, que apenas invita a salir. Eso sí, las personas con las que me cruzo van bien equipadas: casi todas lucen prendas deportivas parecidas a los trajes de los astronautas de la NASA. Yo, en cambio, me paseo con una chaqueta de pana, un paraguas inglés y unas sandalias indestructibles. Debo de parecerles, si es que se fijan en mí, una mezcla de urbanita despistado y turista bobo. Paso junto a la ermita de San Isidro Labrador, un curioso templo a la orilla del agua, levantado por la Hermandad de Labradores y Ganaderos de Mérida, con una torre blanca que se alza en espiral y un aire entre racionalista y delirante, à la Niemeyer. No hace mucho era refugio de drogadictos, que le añadían su propio y estupefaciente delirio, pero se ha recuperado para la Hermandad y para la ciudadanía, que la tiene por destino tradicional de sus romerías: a ello ha contribuido notablemente la alta valla que la circunda por completo. Poco después de la ermita, llego a la zona de los restaurantes, que son, en realidad, chiringuitos reconvertidos. Es hora de comer, pero no sé en cuál hacerlo. Opto por el restaurante R., moderadamente cutre (la cutrez es indicativa, a menudo, de un condumio de calidad), donde pido una cerveza y me sirven, para acompañarla, una tapa de migas con huevo que es casi un primer plato, aunque para tomármelas me ponen una cucharita de plástico. Completo la comanda con unos calamares, que no están a la altura de las migas. Leo, mientras como, Cien centavos, del gran César Martín Ortiz, en cuyas páginas de respeto garabateo las notas que me sirven ahora para escribir esta entrada, porque se me ha olvidado en casa mi libreta de apuntes. Y también, mientras como, gimotea un niño de una mesa vecina. El gimoteo de un niño es mucho peor que su llanto: su capacidad para irritar al paisanaje excede con mucho a la de las lágrimas. Los padres consienten el insufrible lloriqueo con un espíritu estoico que dan por descontado en los demás comensales. Pero es demasiado suponer: los comensales no comparten los vínculos de parentesco con la criatura, que tienes virtudes anestésicas o flagelatorias; los que los unen a ella son más bien de odio. Por si la quejumbre del fusilable crío fuera poco, por los altavoces del local, a un volumen que haría oír a un sordo, suena "Eres tú". La conjunción de cucharitas de plástico, calamares apergaminados, niño que hace añorar a Herodes y el último éxito de Mocedades me impulsa a salir cuanto antes del restaurante R. Pero se ha puesto a llover. El cielo, que ha pasado en poco tiempo del azul y blanco de la mañana al gris sin fisuras que luce ahora, no parece dispuesto a permitirme la huida. Además, me doy cuenta de que estoy exactamente en el punto más alejado de donde he dejado el coche. Murphy y su ley se han confabulado, una vez más, para obligarme a quedarme en el restaurante R. y seguir disfrutando de las ricas inflexiones de la llantina del niño y del senequismo imperturbable (o la sordera) de sus progenitores. Pero entre esto y el agua que cae, prefiero el agua que cae, con chuzos y todo, aunque con mis sandalias indestructibles es seguro que voy a llegar al refugio del coche hecho un badulaque. Al salir, observo que los chiringuitos siguientes tienen nombres aún más inquietantes que el del restaurante que acabo de dejar: se llaman Choni y Yuyu. Veo también que a las golondrinas no les molesta la lluvia: siguen con sus vuelos rasantes, clavándole el pico al agua. Cruzo el talud del dique romano y pienso, frente a la apacibilidad del paisaje, que el chaparrón no consigue enturbiar, en la agitada historia de este sitio. En sus inmediaciones se libró en 1479 la batalla de la Albuera entre las fuerzas de Isabel de Castilla, al mando de Alonso de Cárdenas, maestre de la Orden de Santiago, y las portuguesas de García de Meneses, obispo de Évora, que combatían por Juana la Beltraneja. Ambas mujeres se disputaban el trono de Castilla. Los lusos (en cuyas filas se integraba también una importante tropa de castellanos y leoneses) eran superiores en número, pero el comportamiento de los isabelinos —apenas mil hombres, entre jinetes e infantes— fue sobresaliente y, tras un reñido encuentro, consiguieron batirlos. En el campo quedaron los cadáveres de 85 caballeros juanistas, frente a solo 15 isabelinos. El agua que cae me hace acelerar el paso, y me acerco deprisa a la zona residencial, donde me espera el coche. Por suerte, ni el viento ni el aguacero son tan fuertes como para arrancarme el paraguas —que está pensado para el clima inglés y es, por lo tanto, robusto—; de haberlo hecho, mi aspecto ya no sería el de un guiri atribulado, sino el de un lastimoso adán. Cada vez me adentro más en la civilización: alrededor de un contenedor de basuras explotado se esparce la basura. Llego por fin al coche y me refugio en él. Estoy mojado y cansado, pero extrañamente contento. Otro día vendré y hará sol. Espero volver aquí muchas veces.
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