El Museo del Arte Prohibido, recientemente inaugurado, se encuentra en pleno centro de Barcelona, en la casa Garriga Nogués, un señorial edificio de 1904 que por sí solo merece una visita. Por la impresionante escalinata de mármol, iluminada cenitalmente por una no menos fastuosa claraboya de vidrios policromados, se accede a la planta noble del inmueble, que alberga la mayoría de los fondos del museo, una colección privada del periodista Tatxo Benet compuesta por piezas de arte perseguidas, denunciadas o censuradas en todo el mundo. El arte crítico, el arte provocador e insurrecto, el arte que a(r)taca al tabú, el arte insultante y soez (¿por qué no?), vuelve a cobrar en esta muestra el protagonismo que nunca debió perder, domesticado por el hipócrita y omnipotente endriago capitalista (aunque no se me escapa que también este museo es un ejemplo de domesticación: el tigre del vituperio se ha vuelto un gatito doméstico, aunque todavía arañe). Tres son los ámbitos en los que suele recaer la crítica de estas obras sobre las que se ha cernido la ominosa tiniebla de la censura: las religiones, los sexos (lo digo en plural porque hoy, por fortuna, hay muchos ya) y las patrias (o los regímenes políticos). Como se ve, todo aquello que tiene que ver con la trascendencia, con la perduración de la conciencia en ámbitos inmateriales o escatológicos. El museo nos recibe con una de las piezas más famosas de la colección, La civilización occidental y cristiana, del argentino León Ferrari, fechada en 1966, en la que un Cristo aparece crucificado en un cazabombardero de los Estados Unidos. Las manos de Jesús están clavadas en dos de los cuatro misiles que porta el avión. Cuando la obra, de pequeñas dimensiones, se expuso en Buenos Aires en 2004, la ciudad ardió de protestas, hubo agresiones físicas y la exposición se tuvo que cerrar. El entonces arzobispo de la ciudad y hoy papa, el moderado Francisco, la tachó de blasfema. Como pronto comprobaré, la acusación de blasfemia es una de las más repetidas contra las obras del Museo del Arte Prohibido. Al lado de la perturbadora crucifixión de Ferrari, se encuentra La revolución, del mexicano Fabián Chávez, un delicioso cuadrito de 2019 con un Zapata gay (desnudo, con sombrero charro rosa de purpurina y zapatos de tacón) montado en un caballo blanco que despliega un enorme falo. También esta representación despertó la indignación de muchos, y supuso agresiones físicas y amenazas de pegarle fuego al Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México donde se exponía. También ella era blasfema. Lo sagrado que se vulneraba aquí era otro Dios, civil y laico: Emiliano Zapata, con sus irreductibles mostachos. Completando un magnífico trío introductorio, Con flores a María, de la española Charo Corrales, que pinta a una Virgen contemporánea haciendo algo muy parecido a masturbarse; por lo menos, su mano se cuela entre los pliegues de la túnica que la cubre y parece hurgar en los propios pliegues intercrurales. Aquí aparecen por primera vez algunos de los contradictores habituales del, a su juicio, “arte degenerado” español: la Asociación de Abogados Cristianos (qué combinación más horrible: abogados y cristianos) y su brazo político, VOX, que arremetieron pública y judicialmente contra la Virgen de Corrales, y estuvieron encantados con que un fulano acuchillara la pieza de arriba abajo: el desgarrón de la puñalada se ha incorporado a la obra y hoy luce, esplendoroso, revelador —más que cualquier información— y oportunamente parecido a una generosa vagina, en pleno lienzo, como un elemento más de la representación mariana. Vemos, en esta tríada introductoria, los polos de atracción de la censura que ya he señalado, y que se repetirán, de una forma u otra, a lo largo de toda la exposición: Dios, el sexo y la patria. El primero es uno de los destinatarios preferidos de los artistas que son también activistas, y asimismo de los censores de estos, que no toleran que se chiste contra sus mitos eternos. Asombra pensar que cuanto menos existe una realidad, si es sagrada, más materiales, más existentes son los medios utilizados para protestar contra la burla que se haga de ella: golpes, insultos, amenazas, voladuras, incendios, asesinatos. El colectivo Mujeres Públicas creó en 2005 Cajita de fósforos, una lacónica instalación con varias cajas de cerillas en las que se lee una de las proclamas clásicas del anarquismo: “La única iglesia que ilumina es la que arde”. Y, en rigor, tienen razón: todas las iglesias, de cualquier fe, solo oscurecen. Naturalmente, los Abogados Cristianos salieron de sus covachuelas, armados con quijadas de asno jurídicas, y denunciaron al artista y al Museo Reina Sofía, donde se exponía la obra. Y, como siempre, perdieron, aunque su objetivo nunca es ganar —saben que lo tienen muy difícil, por fortuna—, sino hacerse presentes, difundir su tenebroso mensaje, dar esperanza a los más cafres de que alguien va a defenderlos. Amén o La pederastia, de Abel Azcona, es quizá el mayor ejemplo contemporáneo de persecución de una obra crítica con la religión católica en España, hasta el punto de que, tras años de denuncias y querellas (muchas formuladas, naturalmente, por la Asociación de Abogados Cristianos, pero también por la Archidiócesis de Pamplona y Tudela), que han llegado hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, Azcona ha tenido que exiliarse en Portugal. Amén es una enorme y genial instalación, de 2015, en la que, en un panel rectangular, 242 hostias consagradas (recogidas por el propio Azcona en eucaristías celebradas en Navarra, cuyo número corresponde al de denuncias por pederastia presentadas en el norte de España en la última década) forman la palabra “pederastia”. Piss Christ, o Cristo del pis, del estadounidense Andrés Serrano, es una fotografía que muestra un Cristo crucificado sumergido en un líquido rojo, que, según ha dicho Serrano, es su propia orina. El Cristo del pis ha sido atacado en varias ciudades, ataques que Serrano también ha manifestado no entender, porque él se considera católico y seguidor de Cristo. El motivo de la crucifixión es muy socorrido en el arte blasfemo (un adjetivo que todos los que lo practican pronuncian con orgullo) y se repite a lo largo de la exposición. En la antigua sala de billar de la casa Nogués, flanqueado por un hermoso vitral modernista, de motivos vegetales, y destacando sobre el azul subido de la habitación, se exhibe McJesus, de Jani Leinonen, que representa a Ronald McDonald, el payaso de la publicidad de la multinacional de la hamburguesa, clavado en la cruz. En Haifa, manifestantes cristianos tiraron una bomba incendiaria a la sala donde se exponía, aunque, por suerte, no lo dañó. Alguien debería recordarles a estos aguerridos creyentes que, según su fe, si no recuerdo mal, intentar quemar a alguien es un pecado (y muy gordo), y que el cristiano ha de amar a su enemigo y ofrecer siempre la otra mejilla a quienes le ofenden. (McDonalds aparece también en Freedom fries: naturaleza muerta, del mexicano Yoshua Okón, que presenta a una obesa desnuda en el escaparate de uno de sus locales, mientras alguien limpia los cristales). En esta misma sala de billar hay colgada otra crucifixión: la de Raquel Welch, vestida como iba (es un decir) en Hace un millón de años. La fotografía, de Terry O’Neill, no se hizo pública hasta treinta años después de componerse, en 1966: su autor temía la reacción de las masas, ya fuese de júbilo por la belleza salvaje de la actriz o de indignación por la nueva blasfemia. Se comprende la prudencia del artista, pero habría que recordar que el cuerpo que se desplegaba en la cruz había sido creado por Dios, alabado sea el Hacedor. La impresionante figura de la Welch conecta el arte blasfemo con el arte feminista, que hasta muy recientemente ha sido objeto de una persecución constante. Muchas de las piezas expuestas critican el machismo y el maltrato de la mujer en muchas partes del mundo, sobre todo en los países musulmanes, donde el Islam, que no ha pasado por un Siglo de las Luces ni una revolución industrial, sino directamente de la Edad Media a la posmodernidad tecnológica, aún no ha resuelto el problema de la presencia de la mujer en el mundo. El saco de boxeo con formas de mujer que la kazaja Zoya Falkova expuso en su país en 2017 tuvo que ser retirado, según el Ministerio de Cultura, por pornográfica y “por ser incompatible con las tradiciones nacionales” (entre las que, en consecuencia, parece estar implícita la de practicar el pugilato con la mujer). En Silence rouge et bleu, Zoulikha Bouabdellah, de origen argelino, llena una habitación de alfombras para la oración en cada una de las cuales hay un par de zapatos de mujer, de tacón y purpurina (como el Zapata de Chávez). Pese a la contención crítica de la obra, que no utiliza imágenes, como marca la tradición islámica, ni un lenguaje sucio o rabioso, la Federación de las Asociaciones Musulmanas de Clichy, donde estaba expuesta la instalación, expresó su temor de que hubiera protestas y altercados, y se optó por retirarla. La iconoclasia sexual o la reivindicación o simple exposición de la homosexualidad constituyen también uno de los ejes de la muestra. Pierre Molinier alumbra una serie de fotografías de desnudos y muchas piernas como manifestación contra la normopatía —un interesante concepto que descubro aquí— y que causó un gran escándalo en Burdeos. Robert Mapplethorpe no podía faltar en el museo y, en efecto, no falta. En una habitación pintada completamente de rojo, su serie X Portfolio, de 1978, recoge una serie de fotografías de hombres y mujeres en cueros y con cuero, con primeros planos de explosivos paquetes (y no me refiero a bombas), hombres que orinan en la boca de otros hombres (esta foto ya la vi en la exposición sobre Sade; debe de ser habitual en todas las colecciones escandalosas), manos que se introducen consoladores, brazos que penetran en anos y meñiques en penes, y, final y apoteósicamente, unos genitales masculinos, lacerados y sanguinolentos, atrapados por una trampa para cazar ratones. Solo verlo hace que te duelan los tuyos. En L’estadasidilatex, de 2015, Juan Francisco Casas, pinta a una mujer desnuda que se masturba, con guantes y botas de látex, y la cara tapada por un libro sobre Bernini con el extático rostro de su famosa Virgen en la portada. Dios y el sexo vuelven a mezclarse. Y también el poder público: el embajador de España en Roma impidió que la obra formase parte de una exposición en la Real Academia de España en la ciudad. Entre los clásicos, también ha habido notables casos de iconoclasia y persecución: Gustav Klimt vio vetado los trabajos que habían de decorar el techo de la Universidad de Viena cuando 87 profesores de la docta institución se opusieron a que una obra pornográfica como aquella luciese en el templo del saber. La que está en el museo es un dibujo preparatorio, en el que destaca la melena púbica de una mujer desnuda tumbada en una cama. Picasso, un erotómano de cuidado, aporta algunos aguafuertes de Suite 347, cuyos protagonistas son su admirado Rafael Sanzio y la modelo y amante de este, Fornarina, unidos no solo por su amor por el arte, sino corporalmente, gracias al monumental falo de aquel y la no menos generosa vagina de esta, y contemplados en secreto por un papa voyeur, que podría ser Julio II o León X. Los Caprichos de Goya, pintados entre 1797 y 1798, también están representados, aunque su tratamiento del sexo es escaso y oblicuo: aquí predominan las imágenes demoníacas, con seres deformes y tenebrosos, un claro antecedente surreal. El pobre Goya quería venderlos, pero, temeroso de que la Inquisición, inquieta por aquel tenebrismo impío, le hiciera una visita —ante la que todos se echaban a temblar, como hoy lo hacemos cuando recibimos una carta de la Agencia Tributaria—, decidió regalárselos al Rey para que no pudieran ser castigados. El arte prohibido de corte político, que ataca a las dictaduras, al capitalismo o a las patrias tiene una amplia representación en el museo. Algunas piezas sobrecogen, como Plusvalía, una instalación de Tania Bruguera, de 2010, en la que el rótulo de hierro que daba la bienvenida a los deportados a Auschwitz, Arbeit Macht Frei (‘El trabajo libera’), preside una serie de herramientas herrumbrosas desperdigadas por el suelo. O Estatua de la chica de la paz, de los surcoreanos Kin Eun-Sung y Kim Seo-Kyung, una estatua de bronce de metro y medio de altura que representa a una esclava sexual de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial y homenajea a las miles de coreanas que fueron obligadas a prestar esos repugnantes servicios a las tropas del Sol Naciente. Naturalmente, la obra ha sido prohibida en Japón y sigue causando conflictos diplomáticos entre ambos países. Al lado de la joven representada, una silla vacía invita a sentarse al contemplador para simbolizar que se comparte el sufrimiento y el recuerdo de las esclavas. O Shark, de David Cerny, fechada en 2005, en la que se ve al dictador Saddam Hussein atado, ahorcado y en calzoncillos, flotando en un tanque de agua. Quiero ver aquí tanto una denuncia de la sangrienta dictadura de Saddam como de su ignominioso fin, colgado por una turba de compatriotas. En una ciudad belga, se prohibió su exposición para no espantar ni a los vecinos musulmanes ni a los turistas. Otras piezas son más risibles, aunque ninguna es frívola. Not dressed for conquering [‘No están vestidos para conquistar’], de Ines Doujak, de 2010, es una instalación con tres personajes en un lecho de cascos de la Primera Guerra Mundial, oxidados y agujereados. El que sostiene a cuatro patas a los demás (una mujer gorda y desnuda, y un perro que la penetra analmente), mientras masca hierbas, luce un inquietante parecido con el inolvidable rey emérito, razón por la cual tuvo que dimitir en 2015 el director del MACBA, donde se expuso en España por primera vez, y los dos comisarios de la muestra en la que se incluía. Lo curioso del caso es que ni el dichoso personaje representa a nuestro bienamado exmonarca —el parecido es meramente casual—, ni la instalación carece de sentido: es una reivindicación de la sindicalista boliviana Domitila Barrios (por eso la figura de la obra lleva un casco de minero), un personaje fundamental en la historia de la democracia en el país andino. Con España tienen que ver algunas piezas más del conjunto: Roland Garros, de Miquel Barceló, de 1995, que firma un cartel publicitario del open tenístico cuyo motivo central y único es un torero toreando a un toro. Los organizadores franceses desestimaron la obra, que le habían encargado, y contrataron a otro artista. En la planta baja, en la misma sala en la que se encuentra el cadáver de Saddam, y formando una tétrica pareja con este, vemos Always Franco, de Eugenio Merino, donde un Franco anciano con uniforme de capitán general nos mira, desde detrás de unas gafas oscuras y el interior de una nevera de Coca-Cola. El muñeco, con la semejanza aproximada y la expresividad torcida de los que pueblan los museos de cera, y con un gesto congelado de las manos que me recuerda a otro que hacía Chiquito de la Calzada, da tanto miedo como risa. Always Franco no ha sido denunciado por los Abogados Cristianos, que se dedican más a los asuntos ultraterrenos, pero sí por la inefable Fundación Francisco Franco, dedicada a la defensa de la figura y el legado del dictador, otra entidad que promueve el bien común, por lo que ha recibido cuantiosas subvenciones públicas. Su demanda, no obstante, fue desestimada. El Caudillo aparece otra vez en la terraza del museo, donde recibe al visitante un viejo Fiat Uno blanco. Se trata de la instalación Ideologías oscilatorias de los catalanes Núria Güell y Levi Orta, de 2015. En la carrocería del coche, se han pegado varias banderas españolas franquistas, con aguilucho; otra de la Falange; una imagen de Franco calvo, pero con muchas medallas; y una cruz celta, neonazi. El ayuntamiento de Figueras prohibió que el coche —que se exhibía en una muestra de arte contemporáneo— circulara por las calles de la ciudad, alegando que había que tener “sentido común en un festival que recibía dinero público” —el famoso seny de los catalanes, puesto esta vez al servicio de la censura—. La terraza en la que se encuentra el vehículo me permite observar por primera vez las fachadas traseras del cine Coliseum y del Institut Català de la Salut, en uno de cuyos despachos trabajé muchos años. Siempre sorprende ver la espalda de los edificios que uno ha conocido por delante o por dentro. Y siempre son decepcionantes: lisas, aburridas, desconchadas. La del ICS está recorrida por innumerables ventanas, todas iguales y todas en penumbra: una certera metáfora visual de la administración pública. Los Estados Unidos se llevan una buena tajada de críticas entre las obras del museo. El inevitable Warhol aporta un colorista retrato de Mao Tsé Tung, de 1972, que, naturalmente, las autoridades chinas no dejaron entrar en el país. Untitled (Flag 2), de Josephine Meckseper, que presenta una bandera estadounidense manchada y desfigurada, donde incluso se ha pintado un calcetín, se consideró un ataque a los valores patrios y sufrió la persecución correspondiente. Make America Great Again, de la australiana Ilma Gore, de 2016, utiliza como título el tristemente famoso lema de Donald Trump para presentar al personaje desnudo. El dibujo acredita algo de lo que siempre he estado convencido: que Trump la tiene pequeña. Si alguien es tan bocazas y jactancioso como él, y usa corbatas mucho más largas de lo que la etiqueta prescribe, es porque siente la necesidad de compensar la mezquindad con que la naturaleza se ha portado con él. Su pene es minúsculo, como su inteligencia. En cualquier caso, a Gore, que había difundido la obra en Facebook, le clausuraron la cuenta por obscenidad y desnudez, valga la redundancia, recibió amenazas de muerte por Internet y un seguidor de Trump la agredió por la calle. Dentro de la que cabe, tuvo suerte: se llevó solo algún puñetazo; su fanático no era tan fanático como el que apuñaló a Salman Rushdie. Dos grandes artistas contemporáneos, en fin, contribuyen a la exposición: el chino Ai Weiwei, con uno de sus retratos de disidentes —en este caso, de Filippo Strozzi— hechos con piezas de Lego (como Lego se negó a proporcionárselas, por el carácter político de sus construcciones, hizo un crowfunding de ellas y la gente le dio las suficientes como para que las concluyera), y el misterioso Banksy, con el dibujo —en spray, como buen grafitero— de un policía fuertemente armado con un smiley por cara. Cuando retiro mi mochila de la taquilla donde te hacen dejarla al entrar, leo lo que está escrito al fondo: If I’ve got nothing else, at least I’ve got my art (‘Si carezco de todo, al menos me queda el arte’). Estoy de acuerdo.
Epéntesis (Del lat. epenthĕsis, y este del gr. ἐπένθεσις, intercalación): 1. f. Fon. Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.
sábado, 4 de noviembre de 2023
El Museo del Arte Prohibido: crítica y persecución
lunes, 30 de octubre de 2023
Desencuentros en el último círculo (anti/antología de poesía española contemporánea)
Así se titula la antología de poesía española que acaba de publicar la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, coordinada y prologada por el profesor Joseba Buj, un escritor español —hijo de vasco y extremeña— que se estableció en México en 1999, y que allí viene desarrollando una notable labor intelectual y académica. Desencuentros en el último círculo, pulcramente editado, prolonga la noble tradición de la literatura española hecha en o por México, y que conoció su época dorada con la llegada al país, tras la Guerra Civil, de un nutrido grupo de escritores e intelectuales republicanos, que asentaron las letras españolas en tierras mexicanas y, desde allí, las afirmaron ante el mundo (y la propia España). José Bergamín fundó y dirigió la editorial Séneca, donde vio la luz Poeta en Nueva York; María Zambrano escribió y publicó títulos fundamentales de su obra, como Filosofía y poesía y Pensamiento y poesía en la vida española, entre otros; Cernuda compuso también importantes textos críticos, como Estudios sobre poesía española contemporánea, y un libro mayor dentro de la obra magna que es La realidad y el deseo: Desolación de la quimera; y Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, José Moreno Villa, Juan Rejano, León Felipe y Pedro Garfias, entre otros poetas, además de novelistas como Francisco Ayala y Max Aub, o poetas en catalán como Ramon Xirau o Agustí Bartra, enriquecieron en México la literatura española y contribuyeron a que se conociese mejor en América y el mundo. Algunas antologías de la poesía en español publicadas en México han sido fundamentales para el establecimiento —y la evolución— del canon en nuestra lengua, como Laurel, publicada en 1941 por la editorial Séneca, y cuyos antólogos fueron dos mexicanos, Octavio Paz y Xavier Villaurrutia, y dos españoles, Juan Gil-Albert y Emilio Prados, que, muchos años después, inspiraría Las ínsulas extrañas, publicada en 2002 por Galaxia Gutenberg, a cargo de otro equipo compuesto por los españoles José Ángel Valente y Andrés Sánchez Robayna, el uruguayo Eduardo Milán y la peruana Blanca Varela. Aparece ahora Desencuentros en el último círculo, que incluye a los siguientes autores: Marta Agudo (que, por desgracia, no ha llegado a conocer el libro: falleció en abril pasado), Julio César Galán, José Antonio Llera, Aurora Luque, Mario Martín Gijón, Antonio Méndez Rubio, Juan Carlos Mestre, Eduardo Moga, María Ángeles Pérez López, Javier Pérez Walias, Esther Ramón y Ada Salas. Predominan, pues, los escritores que cultivan una poesía inquisitiva, experimental, metafórica, heredera o prolongadora de las vanguardias —en algún caso más autotélica que referencial—, proclive a la celebración surreal o, por lo menos, incómoda con el dictado de la lógica común y el imperio de la narración. El arco temporal que describe este conjunto de autores va desde 1957, año en el que nace el sénior Juan Carlos Mestre, hasta 1979, cuando lo hace el más joven del grupo, Mario Martín Gijón: un periodo apretado y esencial en el desarrollo de la poesía en España. En lo personal, celebro figurar en un libro que es fruto, me consta, de una gran dedicación, en compañía de tantos amigos y poetas que admiro.
Este es uno de los cuatro poemas que he publicado en Desencuentros en el último círculo, perteneciente a Insumisión, de 2013.
ELOGIO DEL JABALÍ
Coda
Durante siglos, la Iglesia ha sido el jabalí que devastaba la viña de la libertad de conciencia y el espíritu crítico. [Aún hoy, hinca todo lo que puede las pezuñas en el predio de la ciudadanía]. De haber vivido entonces, habría compuesto un elogio de la viña.
jueves, 26 de octubre de 2023
Hamás e Israel: un nuevo capítulo de la barbarie
La guerra de Ucrania no ha terminado. Sigue. En las praderas altaicas, siguen masacrándose unos y otros. Pero ahora ya no oímos, ni casi leemos, nada de ella. Un nuevo —en realidad, viejísimo— conflicto, un cáncer que no deja de producir metástasis, ocupa la atención del mundo: la guerra entre Israel y sus enemigos árabes, hoy encarnados en Hamás. El horror del choque ha opacado las atrocidades ruso-ucranianas. Nuestros ojos siempre miran hacia donde brota la sangre.
Desde que tengo uso de razón, el conflicto entre israelíes y árabes está ahí. Ha desaparecido todo lo demás: ha caído el muro de Berlín, desaparecido la URSS y fenecido la Guerra Fría (salvo coletazos); se ha acabado con el terrorismo y los regímenes asesinos de izquierdas de la segunda mitad del siglo (Brigadas Rojas, Baader Meinhoff, ETA, jemeres rojos); también con las siniestras dictaduras de derechas, militares, que asolaron el Cono Sur americano y Brasil, y muchos otros países del mundo, como Grecia o Turquía; hasta el enquistado enfrentamiento en Irlanda del Norte ha concluido, tras mucha sangre derramada. Pero el conflicto árabe-israelí, un monstruo con muchas cabezas, ahí sigue. Fresco como el primer día. Pimpante y aromático como una rosa. Acumulando muertos, destrucción, exiliados, hambre y dolor.
Hamás es una organización terrorista, que se declara islamista y yihadista, y que pretende borrar el Estado de Israel y echar al mar a los judíos que no haya podido matar, para luego fundar un Estado palestino sometido a la ley coránica, la tétrica sharia. Desde su fundación en 1987 por un jeque integrista, ciego y tetrapléjico, Hamás se ha hartado de matar a judíos, occidentales y, sorprendentemente, también palestinos. Ha puesto bombas, ha cometido atentados suicidas, ha tiroteado, secuestrado, extorsionado y torturado a infinidad de personas, soldados y civiles, hombres y mujeres, adultos y niños. Ha sido denunciado en múltiples ocasiones por Human Rights Watch y Amnistía Internacional por crímenes de guerra y contra la humanidad y un abrumador abanico de barbaridades, que Hamás ha actualizado, para indescriptible solaz de los fanáticos, el 7 de octubre pasado, con el asesinato de más de 1.400 personas en territorio israelí y el secuestro de otras 222. Tanto entre los muertos como los secuestrados se cuentan muchos niños. Las imágenes grabadas por los propios terroristas y difundidas, a puerta cerrada, por el ejército israelí muestran atrocidades sin cuento: disparos en la nuca, decapitaciones, ametrallamientos de familias enteras y de cientos de jóvenes que asistían a un festival de música, granadas en las casas, heridos implorantes que son rematados...
Hamás cuenta también con un nutrido historial de asesinatos de palestinos. Ha secuestrado, torturado y dado matarile a quienes consideraba colaboracionistas con Israel, a los críticos, disidentes y denunciantes de su organización, y a los miembros de Fatah, otra banda terrorista palestina con la que se enfrentó en 2007 por el control de la franja de Gaza. Hamás tiene secuestrado y sometido a su propio pueblo, al que dice defender, y lo utiliza para sus propios y sangrientos fines. Sabiendo que Israel no deja golpe sin responder, y de hacerlo con creces, ha perpetrado el mayor ataque contra el país desde la guerra de 1948, y, en consecuencia, ha condenado a su gente, apiñada en la franja, indefensa, a sufrir la temible venganza israelí, esto es, a morir o ver destruidas sus familias y sus casas, y a ahondar en su miseria y su sufrimiento. Pero esto a Hamás no le ha importado. Si le hubiera importado, no habría lanzado el ataque del 7 de octubre. Los terroristas de Hamás se mezclan deliberadamente con la población y la utilizan de escudo humano para dificultar la respuesta israelí. Su muerte, a la que han conducido derechamente sus acciones, les sirve también para denunciar la barbarie judía, que se superpone a la suya. Cuando el ejército israelí pidió a la población del norte de Gaza que huyera al sur para no ser víctima de los bombardeos, Hamás intentó impedirlo físicamente: quería que los gazatíes siguieran en el campo de batalla para que continuasen muriendo y los terroristas pudieran camuflarse mejor.
Recibo estos días un reguero de manifiestos y peticiones en favor del cese de los bombardeos y el fin de la guerra. Todos, de momento, impulsados o promovidos por palestinos u organizaciones palestinas que dicen estar a favor de la paz. Curiosamente, en los documentos que pasan a la firma no se menciona o solo se hace alguna alusión circunstancial a la violencia de Hamás, y, entre las muchas reclamaciones que se elevan, nunca figura la de que los yihadistas liberen a los más de 200 israelíes secuestrados que tienen en su poder.
Israel, por su parte, lleva años incumpliendo la legalidad internacional y siendo también denunciado por las organizaciones internacionales de derechos humanos. De hecho, Israel solo ha cumplido la resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, de 29 de noviembre de 1947, de creación del Estado de Israel mediante la partición de la Palestina histórica en dos Estados (un acuerdo que los países árabes rechazaron; muchos de ellos, coaligados, invadieron, con toda su potencia militar, al recién nacido Estado hebreo y fueron derrotados por los supervivientes del Holocausto, que acababan de establecerse allí. Lo que rechazaron entonces, los dos Estados, es lo que casi todos reclaman ahora. Pero, como dijo Abba Eban, “los palestinos nunca pierden una oportunidad de perder una oportunidad”). Todas las demás decisiones de la ONU, sin excepción, han sido desdeñadas por los judíos. Desde 2007, luego de no reconocer el resultado de unas elecciones limpias en Gaza, que habían dado el poder a Hamás, Israel bloquea la franja de Gaza, impidiendo o dificultando la entrada de alimentos, medicinas, materiales de construcción y, en general, los bienes imprescindibles no ya para el bienestar, que eso preocupa poco en Israel, sino para la supervivencia de los gazatíes. Gaza es, desde entonces, una suerte de cárcel al aire libre, donde la gente vive un pasado doloroso (la mayoría son refugiados o descendientes de refugiados de la Nakba, la gran expulsión de palestinos de sus tierras subsiguiente a la guerra del 48: suman, pues, horror al horror que llevan viviendo desde hace varias generaciones), un presente desgraciado y una completa falta de futuro.
En su respuesta al ataque del 7 de octubre, mediante bombardeos, Israel ha causado ya más de 6.000 muertos, entre ellos 2.000 niños. Y es muy previsible que, cuando acabe la operación que ha diseñado, los muertos sean muchísimos más, también de menores de edad. (Gaza, por la juventud de sus habitantes, es un gigantesco jardín de infancia). Los bombardeos y la inminente ofensiva del ejército israelí han obligado a desplazarse a cerca de un millón de personas, que saturan, entre penalidades sin cuento, las localidades del sur de la franja. El bloqueo a que el Tsáhal somete ahora mismo a Gaza, y el cierre de todos los pasos fronterizos por donde podría entrar ayuda humanitaria, menos uno, casi estrangulado, supone que el territorio carezca de luz, agua, alimentos y combustible, y eso implica que la gente muera, además de por los bombazos, de sed, inanición, heridas o enfermedades, que los hospitales ya no pueden atender. Los neonatos, los ingresados en unidades de cuidados intensivos o los sometidos a diálisis van a perecer irremediablemente. Israel es hoy, también, terrorista, un Estado terrorista, que viola la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención de Ginebra, el Estatuto de la Corte Penal Internacional, el Reglamento de La Haya de 1907 y la Carta de las Naciones Unidas, entre muchas otras normas del derecho internacional. No se puede responder a la matanza de 1.400 con la matanza de 6.000 (que serán muchos más). De hecho, no se puede responder a una matanza con otra matanza. En algo debería notarse que Israel es un país democrático y Hamás, una banda terrorista.
Un factor relevante quiero subrayar aquí, que, como es habitual, no es suficientemente reseñado en las noticias que se dan sobre la nueva carnicería, ni suele presentarse como causa última del conflicto: la religión. Judíos y árabes están enfrentados desde hace milenios por sus fes irreconciliables (si una fe es buena, es irreconciliable con todas las demás), pero también unidos por la invocación divina que ambos hacen: sus derechos sobre la tierra, que es la misma para los dos, se los ha otorgado Dios. Jerusalén es la capital espiritual de unos y otros (y también de los cristianos, para más inri, y nunca mejor dicho), y en sus mezquitas, muros de las lamentaciones y templos de distinto pelaje se pelean todos, ad maiorem Dei gloriam, con la certeza de poseer la verdad y el mejor derecho, y de asegurarse así la eternidad. Hamás promueve la Yihad, la guerra santa contra los infieles, y no pocos países árabes son teocracias, el peor régimen político imaginable. El líder supremo de Irán, donde matan a las mujeres que no llevan el velo bien puesto, entre muchas otras lindezas, se reunió anteayer con los líderes de la Yihad islámica y de Hamás para ofrecerles su apoyo (que seguramente Hamás ya ha recibido para perpetrar su atentado del 7 de octubre). En Israel, los ortodoxos, al amparo de los derechos inscritos en la Biblia, impulsan la colonización de los territorios palestinos, y los ultraortodoxos defienden la judeificación estricta de Israel, sin palestinos ni árabes, por supuesto. Aunque, al menos, ellos se niegan a alistarse en el ejército, con lo que no participan directamente en la sangría.
¿Acabará alguna vez esta bestialidad?
sábado, 21 de octubre de 2023
Americaneando. Un viaje por los Estados Unidos después de Trump
Esto cuento en la entrada correspondiente al 16 de agosto de 2022, en Nueva York:
TIMES SQUARE es el epicentro de la vorágine neoyorquina. Un alud de anuncios y coches galvaniza a una multitud efervescente. En las esquinas de las calles, los letreros dicen: «Pedestrian flow zone. Keep moving» [‘Zona de flujo de peatones. No se pare’]. Más que un flujo, es una riada. El tránsito reproduce el deslizamiento lento pero apabullante de una colada volcánica. En el centro de la plaza, unos saltimbanquis negros, callejeros pero profesionales, han improvisado un espectáculo para aligerar el bolsillo de los turistas. Haciendo unas vistosas piruetas y bailando un giróvago breakdance, han conseguido abrir un hueco en la masa y atraer la atención de los transeúntes. El que lleva la voz cantante se sitúa en el centro del momentáneo calvero y empieza a señalar a algunos incautos. Entre ellos, yo. Cuando me señala con el dedo, miro a mi espalda, buscando a otro señalado. Pero soy yo. Podría negarme a colaborar —aún no sé en qué, pero seguro que en nada bueno— y escabullirme entre el gentío, pero varios centenares de ojos se han clavado ya en mí y siento la opresión de la opinión pública. Qué vergüenza, defraudar tantas expectativas. Cuando accedo a acompañar al volatinero jefe hasta el centro de su mundo, reparo en que todos los candidatos a ser desplumados nos parecemos: somos altos y blancos, y varios también canosos. La blancura de los obstáculos contrastará con la agilidad oscura de quienes los superen. Nos dispone en fila, muy pegados unos a otros, y nos pregunta de dónde somos: italianos, ingleses, alemanes, holandeses y un español. Luego nos dice que, si no colaboramos, lo pasaremos mal. Colaborar quiere decir darles dinero, quod erat demonstrandum. En los años setenta estos mismos titiriteros, o sus padres, me habrían atracado a punta de navaja. Hoy, más sofisticados, despliegan un elaborado procedimiento para ganarse los garbanzos. Mis compañeros aflojan la mosca: hay quien les da hasta veinte dólares. Mi óbolo es solo de tres, que entrego no sin resistencia: me disgusta ser extorsionado en público. Los saltimbanquis bromean a cuenta de mi tacañería y el jefe me pone aparte, junto con otros dos que tampoco han contribuido con largueza. Nos obliga entonces a agacharnos y nos administra el castigo: uno de los suyos brinca por encima de los tres, haciendo un mortal, y aterriza limpiamente tras el italiano, que aún ha sido más rácano que yo. Los ohs de asombro y el aplauso duran lo que tardan los titiriteros en deshacer el círculo y desaparecer entre la muchedumbre, en busca de otro lugar o de otro momento para ejercer la redistribución de la riqueza.
En la página web de Hojas de Hierba Editorial se encuentra toda la información sobre el libro:https://www.hojasdehierba.es/producto/americaneando-eduardo-moga/
domingo, 15 de octubre de 2023
La exposición expandida de Antonio López
Acudo hoy a visitar la exposición expandida de Antonio López que la Fundació Catalunya La Pedrera ha organizado en la casa Milà, es decir, La Pedrera. Lo hago con dos buenos amigos, Moisés y Juan Carlos, que han accedido hace poco a la envidiable condición de jubilados y cuyas cabezas reposan ya, como decía Galdós de sus cesantes más afortunados, en la almohada del presupuesto. Nos reconocemos a las puertas de La Pedrera entre las masas de turistas ávidos de conocer los entresijos gaudinianos del edificio y, probablemente, de culminar la aventura con una copa de cava en la tortuosa terraza. En la exposición, que tiene un desarrollo circular, nos recibe una gran vitrina con cabezas de niños, impresionante pero algo tétrica. El impacto que produce anuncia el que sentiré al descubrir que Antonio López no es solo el pintor hiperrealista que fotografía interminablemente con sus pinceles las calles y los arrabales de Madrid, y del que nos hablan sin excepción las televisiones y los medios de comunicación, sino un artista complejo que empezó su carrera influido por el simbolismo y el surrealismo —quién lo diría— y que ha transitado después, y aún transita, por un mundo diverso y lleno de matices. En realidad, la sorpresa que me llevo no se debe más que a mi ignorancia: simplemente, no sabía que Antonio López —como todos los buenos pintores—atesoraba tantas inquietudes y practicaba tantas disciplinas, y tan bien. De entrada, es escultor. Y nunca mejor dicho, porque a la entrada nos reciben, además del inquietante despliegue de niños decapitados, varias figuras humanas, de tamaño natural y aspecto vagamente nilótico, esto es, desnudas, algo hieráticas, inexpresivas, o mejor, que confían su expresividad a la disposición equilibrada y natural del cuerpo. Pronto advierto que algunos temas y perspectivas se repiten en la obra del pintor de Tomelloso: el mundo de la casa y la familia, con sus figuras femeninas; o el de los niños, del que encontramos una espléndida muestra en Niño con tirador, de 1953, en el que se ve a uno en un tejado, con un tirachinas en la mano, y a otra persona en el suelo, dormida o quizá abatida por el arma infantil. La pintura de Antonio López es, en gran medida, biográfica. En ella abundan los interiores de las casas en las que ha vivido (o de los talleres en los que ha trabajado) y los retratos de mujeres, sobre todo de las mujeres de su familia. La arquitectura —imágenes secas, silenciosas, que aúnan la simplicidad y el volumen— se funde con el cuerpo, siempre limpio y sinuoso, que se presenta como otra forma de arquitectura. Encontramos retratos de novios (perceptiblemente simbolista, de 1955), de Carmencita jugando, del altorrelieve de una mujer durmiendo (austera como una lápida grecorromana, pero a cuya protagonista se le ve un pecho, y las zapatillas que usa asoman al pie de la cama). A veces, estos personajes protagonizan escenas domésticas, o bien estas se desarrollan sin presencia humana, en su pura y desolada desnudez: vemos, así, la cena (pintada entre 1971 y 1980), una nevera de hielo, un conejo desollado acurrucado en un plato, y habitaciones, muchas habitaciones: cocinas, cuartos de baño (bastante destartalados; en una serie de tres piezas dedicados a uno de ellos, se autorretrata el propio Antonio López, en camiseta de tirantes, lavándose los dientes y sentado en la taza), puertas, ventanas. No obstante su carácter personal e íntimo, o quizá por ello, todas estas imágenes lucen un extraño laconismo, una cálida gelidez hopperiana. Antonio López no es un pintor de la naturaleza, a menos que también se considere a la ciudad parte de la naturaleza, sino un artista de lo interior, aun cuando pinte grandes paisajes urbanos: estos también los describe con la austeridad del que explora las cosas inmediatas, las que más cerca están de la percepción. Por eso, quizá, los elementos de la naturaleza a los que presta más atención sean las plantas y las flores. Una serie de dibujos está dedicada a los membrillos (y una calabaza), que son los protagonistas de la película El sol del membrillo, de Víctor Erice. En otra serie, Antonio López pinta el proceso de putrefacción de unas flores: desde el esplendor de su frescura, en un jarrón, hasta su marchitarse y derramarse, muertas, por los bordes de ese mismo jarrón. (La degradación y la muerte también están presentes en Perro muerto, de 1963, matérico, sombrío y social). La media docena de pequeños óleos en el que se sustancia esta transformación revela una de las obsesiones de Antonio López: captar el tiempo; pintarlo. A ella responden también esos cuadros —los más conocidos de su producción por el público, como Gran Vía, 1 de agosto, 7.30— que pinta cada día a la misma hora (indicada, muchas veces, en el título de la obra), para que la luz responda a un momento concreto del día y lo arrastre hasta el lienzo: lo afinque en él. Antonio López lucha contra el tiempo con sus pinceles, pero no los utiliza a modo de látigo, sino como instrumentos de domesticación: obliga al tiempo a posar ante su caballete y se alía con él. Y ahí quedan los minutos, los días y los años, detenidos, milagrosamente, en los fulgores quedos de las calles, en los espacios amarillos y vacíos de los suburbios donde el campo se besa con la ciudad, en las grisuras diseminadas por las cornisas y las cúpulas, en la palpitante rectitud de los rascacielos y el solitario tumulto de las colmenas urbanas. Pero Antonio López siempre vuelve al cuerpo, a esa arquitectura próxima de músculos, huesos, piel y miradas. Y no esconde nada de él. En China y Japón. Yannan y Tamio, por ejemplo, desmiente que los orientales la tengan pequeña. En Adrián y Miriam, pintado entre 2014 y 2015, Adrián aparece erecto y Miriam, vestida solo con un reloj de pulsera. (En uno de los dos dibujos de que se compone la pieza, el pene de Adrián parece inacabado, pero se reconoce bien). Algo más allá, la figura en bronce de un hombre desnudo y acostado, labrada con todo detalle, parece que vaya a levantarse y andar. De hecho, esa sensación dan, sin excepción, sus esculturas, siempre en el límite del movimiento, es decir, en el límite del tiempo. En general, Antonio López pinta —como hacían Picasso y Dalí, entre tantos— pubis velludos y penes robustos, y su protagonismo visual es indudable. Cerca ya del final de la exposición, se muestra un cuadro todavía en proceso —es decir, que Antonio López aún está pintando— de Barcelona vista desde la montaña de Montjuïc, cuyo inicio está fechado en 2021, otra muestra de la simbiosis que el autor procura siempre entre su obra y el tiempo —ese hacedor, ese asesino— y otra prueba de algo fundamental, por lo que Antonio López debe ser reconocido siempre: su entrega al oficio, al hacer entregado y minucioso, su respeto por la técnica. En un tiempo en el que todo el mundo se cree artista por el solo hecho de poseer, como cualquier humano, el lenguaje o manos para sostener el pincel, una cámara o una batuta, el esfuerzo inteligente, la dedicación, la paciencia, la noble artesanía de Antonio López nos reconcilia con la creación y el arte. Y otra cosa me gusta mucho de él: su discurso claro, sin misticismos ni abstracciones, en el que se muestra comprensivo con todo y razonable con todo, pero defiende afablemente sus opciones: las de una pintura paradójicamente austera y acogedora, exacta pero cuya exactitud no la vuelve fría. Así se echa de ver en el interesantísimo audiovisual Antonio López que cierra la exposición, donde aparece ese hombre de ochenta y siete años ya, que mira, habla y se mueve como un mozo (aunque siempre vaya desaliñado), y que razona la forma y el color con la lucidez de quien sabe qué ha hecho y por qué lo ha hecho: “Pintor realista... pintor objetivo, digo yo a veces. La capacidad de observación es lo que alimenta este tipo de pintura. Siempre me ha interesado mucho la pintura que en su representación ha ido más allá de lo objetivo. Yo mismo, a veces, he necesitado recurrir a elementos, digamos, no objetivos. Cada vez menos, porque una vez tomas la decisión de respetar las coas, pase lo que pase y sacrifiques lo que sacrifiques, hay que respetarlas. Pero siempre me genera la nostalgia de lo que se queda fuera de la representación. Pero quizá no se quede fuera. Quiero pensar que no, confío en que todo entre ahí, entre esos otros elementos visibles y cotidianos”, dice el pintor en una de las cartelas que acompañan a sus cuadros en la exposición.
lunes, 9 de octubre de 2023
Las tonterías de la inteligencia
martes, 3 de octubre de 2023
Elogio del ateo
MIGUEL DE UNAMUNO, «Salmo I»
LUIS BUÑUEL
Elogiar al ateo es elogiar al mundo entero: todos, aun los más devotos, somos ateos. El fanático de Jehová lo es de Osiris y de Thor; el de Alá, de Júpiter y Afrodita; el de Jesucristo, de Manitú y Belenos. El ateísmo une a todos los habitantes de la Tierra en un credo benéfico y común. No obstante, solo aquel que no deposita sus ansias de pervivencia en ningún rincón del panteón universal de divinidades lo es con todo merecimiento. El ateo es paciente, afable, no tiene envidia, no presume ni se engríe, no es maleducado ni egoísta, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. Nunca ha habido una cruzada de los ateos, ni un auto de fe a cuya leña prendieran fuego, ni un índice ateo de libros prohibidos, ni una yihad atea. El ateo es manso y valiente: cuanto más manso, más valiente. El ateo no entrega su confianza a una instancia superior, ni su razón a una entidad incomprensible, sino que se confina en el recinto humildísimo de su juicio y entre las frágiles paredes de la mortalidad, y ahí espera, con tristeza, que todo esto pase. El ateo sabe que al hombre lo constituye la incertidumbre y se abraza a ella con temblor de neonato, pero con resolución de criatura concebida para la lucidez. Hay que reunir mucho coraje para existir solo, para existir sin consuelo. El ateo no espera que nadie le dé las respuestas a las preguntas de la vida: las busca él, torpe, confuso y, ciertamente, solo. Y tropieza y cae, porque tropezar y caer son las respuestas a las preguntas de la vida, pero lucha asimismo por levantarse, torpe, confuso y solo; y a veces lo consigue. Mientras tanto, ve a su lado a quienes siguen de pie, aferrados a la fe como los borrachos a las farolas. El ateo, en su poquedad, es también más animoso que el agnóstico, que no se atreve a reconocer sobre Dios lo que reconoce sin titubear sobre gnomos, gorgonas o unicornios. El ateo no es gregario: siente la punzada del miedo, pero se niega a restañar esa herida con la asunción ciega de una doctrina y, aún peor, de la interpretación de esa doctrina que haga una reata de clérigos. El ateo no puede admitir que un ser omnipotente, omnisciente y eterno haya necesitado crear el mundo y le haya obligado a experimentar el dolor de la enfermedad, la agonía de la vejez y el espanto de la muerte —de la extinción de la conciencia— sin otra razón que su poder ni otro fundamento que su señorío. Si hubiera Dios, sería el inventor de la destrucción y el mal: de la erupción de los volcanes, de la expansión de la peste, del estallido de las guerras. Por fortuna, no lo hay. Solo hay naturaleza. El ateo lo sabe, o cree razonablemente saberlo. El ateo se aviene a ese conocimiento como se aviene al conocimiento de que las vacas no vuelan, de momento, o de que no hay hombrecillos verdes en Marte, también de momento. (Dos más dos son cuatro, hasta nueva orden, dijo Einstein). El ateo, no obstante su ateísmo, cree en el más allá. Pero ese más allá está dentro de sí y de sus semejantes: en el bosque riguroso del espíritu, que es parte del cuerpo. Ahí, dentro, encuentra el formidable impulso de la fraternidad y el espacio redentor de la creación. El más allá del ateo es el más acá: más acá de la piel, más acá de los sentidos, más acá de la soledad. En ese océano encuentra al prójimo, que no es alguien separado por las creencias, sino unido por la fugacidad. El ateo se esfuerza por que no lo engatusen y por encontrar en cada paso que da, vacilante, la fuerza necesaria para dar otro, no menos dubitativo. La andadura acabará, de eso no hay duda —de momento—, y el ateo se verá abocado al destino de todos, y en ese paso final concurrirá con los creyentes, que acudirán reconfortados, persuadidos de que el viaje, alabado sea Dios, continúa. Pero, si continúa, lo hace en la nada de la que provenimos, en la nada que, pese al relámpago infinitesimal de la conciencia, somos.

