miércoles, 12 de octubre de 2022

Una conversación entre amigos sobre el Día de la Hispanidad

Hoy es el Día de la Hispanidad, antigua y franquistamente llamado "el Día de la Raza", como si lo que se celebraba, el Descubrimiento de América, hubiera sucedido por el brío o la inteligencia singulares de la etnia, esto es, por el cuajo de las gentes que lo llevaron a cabo —muy españoles y mucho españoles, aunque Colón fuese italiano—, por lo curtido de su piel y por su músculo tribal, que los hacía más audaces y determinados que ninguno; por sus cojones, en suma. (En realidad, lo que llevó a casi todos los españoles que descubrieron y luego poblaron América fue el hambre: en España se vivía en la miseria, como en tantas otras épocas de nuestra historia, y muchos no tenían donde caerse muertos, ¿así que por qué no correr el riesgo de caerse muertos allende el mar, si a cambio se podía comer por fin todos los días, cepillarse a muchas indígenas garridas, de carnes prietas y desnudas, ganar tierras y hasta descubrir ciudades hechas de oro?). El nombre ha cambiado, pero no la sustancia. El 12 de Octubre sigue siendo la exaltación de una determinada forma de concebir la patria: un reducto ideológico y existencial, pertrechado de tradición, conservadurismo y fe, con el que los más débiles o temerosos (aunque hagan muchas pesas, como Abascal, o muchos abdominables, como Aznar, o crucen a nado anchurosos brazos de mar para reivindicar Gibraltar, como el inolvidable Ortega Smith & Wesson) hacen frente a las incertidumbres de la vida. Los menos conscientes de la fragilidad que nos es consustancial, en tanto que seres humanos, o los que menos quieren asumirla, son los más necesitados de refugio, y lo encuentran en el apiñamiento del grupo, en la protección de la manada, en el calor del establo. El enardecimiento patriótico, con el que se alcanzan erecciones o humectaciones fabulosas (pocas cosas hay más excitantes que un batallón de legionarios desfilando a toda prisa con la camisa desabrochada hasta el ombligo, un rifle muy largo al hombro y marcando un paquete fenomenal; a algunos hasta les pone la cabra), ofrece consuelo y amparo, como la creencia en Cristo: la patria es algo fijo, superior e inmutable (su unidad es indisoluble, reza la vigente Constitución española), igual que Dios. Cuando llega este Día, como llegan las castañas en otoño o las golondrinas en primavera, sé que un muy buen amigo me escribirá para chincharme. Es una de las personas más inteligentes que conozco y un excelente escritor, pero su mejor rasgo es la bondad: es un hombre bueno, gentil y hospitalario, y yo lo quiero como a un hermano. Lamentablemente, es de derechas. Y, como buen derechista, siente la patria muy dentro de sí (bueno, y debajo, y alrededor, y en el aire...; la patria está para él en todas partes, como el Espíritu Santo). Arrebatado por el fausto acontecimiento de cada octubre, mi amigo se echa a la Castellana a admirar las escuadras del Ejército y a aplaudir como un orate el despliegue de marcialidad y testosterona. (Por cierto, nunca he entendido por qué la patria se celebra con una exhibición del Ejército. ¿Por qué no desfilan batallones de médicos y enfermeras, escuadrones de maestros, brigadas de los funcionarios que garantizan la prestación de los servicios públicos, banderines de las hispanoamericanas que cuidan a nuestros mayores o limpian nuestras casas [que esa sí que sería una buena muestra de hispanidad], pelotones de voluntarios de Cáritas o de organizaciones de ayuda a los inmigrantes y los necesitados, unidades de bomberos y agentes forestales, y hasta un grupo de científicos o escritores, aunque vayan los últimos y no marquen el paso?). Desde allí me manda fotos de los aviones que surcan el cielo, dejando una estela rojigualda a su paso, que contempla con lágrimas en los ojos (no me mandó ninguna, sin embargo, de aquel admirable paracaidista, al que habían atado una bandera de España y que se había lanzado desde un helicóptero para flamearla, que maniobró con pericia simpar hasta estamparse contra una farola hace algunos años), y del apacible gentío de patriotas españoles que solo pierde el oremus cuando aparece el presidente del Gobierno, al que dedica un sonoro abucheo y una rabiosa pataleta, pero solo si es socialista. Yo le dejo hacer, porque sé que estas cosas lo ponen cachondo, y todos tenemos derecho a que nos cosquillee la entrepierna lo que nos dé la gana, siempre que nadie salga perjudicado. Llevado por su acaloramiento patriótico-castrense, mi amigo, al que llamaré C., no puede resistir la tentación de echármelo encima en tableteantes mensajes de guasap, algo que hace con delectación, además, sabiendo que yo soy un descreído de entidades supremas e inamovibles que promueven el gregarismo y, por si fuera poco, catalán, rojo y del Barça. Aunque no se me escapa el tono juguetón que C. imprime a sus mensajes, a mí no me gusta dejarlos pasar, porque, a veces, si no se combate lo que subyace en la broma, acaba convirtiéndose en algo muy serio, como el crecimiento de VOX en España y del neofascismo en todo el mundo está demostrando. Y este es el debate que hemos mantenido hoy:

La cosa ha empezado, a las 10.21 h., con un vídeo que me ha mandado C., titulado "¿Tú también eres facha?", que ha perpetrado un grupo de ultracatólicos llamado NEOS. Es una mamarrachada típica de un grupo integrista y patriotero, que no copiaré aquí para no darle publicidad, pero que, por desgracia, se puede encontrar fácilmente en Internet.

E.- Menudos fachas...

C.- Pero el vídeo es bueno. Feliz 12 de octubre. (Tú también eres facha).

Luego C. me ha mandado dos viñetas en las que se reivindicaba la conquista española de América con el argumento de que liberó a los pueblos indígenas de la atrocidad de los sacrificios humanos, y se denunciaba la leyenda negra contra España, inventada por los ingleses (aunque la inventaron los italianos), que los propios españoles nos hemos creído.

E. [Es] una fachorrería como otra cualquiera. No sabía yo que a un ateo y liberal como tú le gustasen las gilipolleces de los ultracatólicos. A ver si te vas a afiliar a Hazte Oír o esta NEOS... [A su acusación de ser también facha:] (Y tú nacionalista). Feliz Día del Pilar (así se llamaba mi madre) y feliz día de San Eduardo, obispo y mártir, que es mañana.

C.- "La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero". Ya sabes lo que es una falacia ad hominem, ¿verdad? [A que le haya deseado Feliz Día del Pilar:] Qué facha, eso también es católico.

E.- Esa verdad es la tuya y la de NEOS, felizmente unidos —a lo que parece— por el amor a la patria, es decir, por vuestro concepto de la patria. Yo, como Camus, entre mi madre y la patria, me quedo con mi madre. Y, como Woody Allen, entre Dios y el aire acondicionado, me quedo con el aire acondicionado.

C.- El único concepto posible, ya que es inquebrantable y eterna. [Aquí añade dos simbolitos: 😋 y otro que no encuentro en el tablero de símbolos de blogger]. Te dejo, que me voy a ver el desfile. ¡Vaspaña!

E.- Disfruta de la marcialidad y el facherío.

Aquí me manda una foto de un helicóptero con bandera española al viento.

E.- La bandera se ve muy pequeña. La tienen pequeña.

C.- Sí, Nacho Vidal a un km también la tiene pequeña.

E.- No te dejes engañar por la perspectiva: es una mierdecilla de bandera.

C.- Ya, ya.

Aquí siguen dos banderas españolas (una de ellas con una imagen de la Virgen del Pilar superpuesta), que me ha mandado C., y varias banderas independentistas (la catalana, la vasca, la gallega, la canaria, la asturiana, la andaluza) y una de la República española con las que he contraatacado yo. A esta última C. ha respondido con otra tricolor en que se ha sobreescrito: "Subcampeones 1939", a la que yo he contestado con la de un cubo de basura en el que se había pintado una rojigualda tachada con una cruz negra.

C.- Pues es una jornada festival estupenda. Y, contra lo que sucede en diadas y otros aquelarres, esto no va contra nadie. Mira cuántos fachas:

Y aquí siguen varias fotos de los animosos asistentes a la fiesta.

C.- Sobre todo esta:

Y aquí, una foto de una tierna niña rubia agitando una banderita de España.

C.- Fachísima.

E.- Tienes toda la razón: es una jornada festiva estupenda para casi todos los fachas de Madrid y del país. Haz la prueba: pregunta a los que te rodean cuántos votan a la izquierda o aplauden al Gobierno. Te saltarán todos a la yugular, como haces tú mismo. Desengáñate: un día como hoy es patrimonio de la derecha desde que Franco (para quien era "el Día de la Raza") se apropió cuarenta años del concepto de patria y de sus símbolos nacionales, y la mejor ocasión que da el calendario para que el nacionalismo español se exalte en las calles. Y la Diada no es un aquelarre. Esa es una consideración propia de los nacionalistas españoles. Es otra manifestación nacionalista, pero de un nacionalismo distinto.

C.- Esta te va encantar.

Aquí, una foto de un portador de una bandera con la cruz de Borgoña y el águila bicéfala de los Austrias, y un vídeo con el paso de dos escuadrillas de cazas por el cielo de Madrid, con el que la multitud, enfervorizada, prorrumpe en una gran ovación y un clamor de "olés", que pone la piel de gallina. 

C.- Y mira, nosotros sí tenemos aviones de guerra. Je je, eres de lo que no hay. "Un nacionalismo distinto". Claro, distinto y peor, porque es excluyente y no se corresponde con una nación real.

E.- Todos los nacionalismos son excluyentes. También el tuyo. Y ninguno se corresponde con una nación real (tampoco el tuyo), porque tanto el nacionalismo como las naciones son construcciones humanas, provisionales y contingentes, dictadas por sus necesidades de protección y de acuerdo con los intereses de las clases dominantes.  

C.- Y lo fácil que es pincharte con estas cosicas, ¿qué? [Aquí, el símbolo de un besito].

E.- A mí estas cosicas me pinchan tanto como una paja (de las de mano, no de las de era). Ya sabes que yo nunca digo que no a una buena pelotera.

Aquí me manda un enlace del Instagram del Ejército del Aire y del Espacio (recientemente rebautizado así, para que quede claro que el Ejército, y la Patria de la que es brazo ejecutor, están en todas partes) que no puedo abrir porque no formo parte de esa red social. Casi prefiero que no se pueda abrir.

Luego hay un entreacto, en el que yo le mando un par de memes que no tienen que ver con el asunto (aunque uno indirectamente sí: "Una vez un sabio chino dijo: 'Solo cuando se posa un mosquito en tus testículos te das cuenta de que no todo se soluciona con violencia'") y la foto de un artículo publicado hoy en El País por Sergio del Molino sobre el objeto de nuestro debate, "Me siento extranjero".

C.- Es una falsa dicotomía. Las celebraciones tienen por objeto precisamente eso que dice al final: la vida compartida. Aun compartiendo el patriotismo constitucional, que es el que debe regir la vida pública (y esta celebración entra de lleno en eso), lamento que os falte el componente simbólico y emocional que le da sentido. Los británicos saben bien esto y nos lo demuestran, de manera ejemplar, cada cierto tiempo.

E.- Sí, con el Bréxit, por ejemplo.

C.- No son perfectos; no son españoles.

E.- Y yo lamento que a los nacionalistas os sobre el componente emocional que convierte vuestra posición en un disparate patriotero.

C.- Pero hablaba de celebraciones y símbolos. [A mi observación sobre el "disparate patriotero":] Ya, pero es que eso te lo inventas. Vivir en Cataluña distorsiona la percepción.

E.- Y vivir en el Madrid de Ayuso también. Tu percepción no es el centro de nada, ni menos distorsionada que ninguna. Es tan sesgada y nacionalista como cualquier otra.

[Aquí mando yo otro artículo de El País de hoy, "La guerra cultural del presente se libra en un pasado imaginario", firmado por Mar Padilla].

C.- Actualmente, el interés de El País es inversamente proporcional a su desprestigio... No tiene ningún sentido que Francia celebre a Carlomagno, Luis XIV y Napoleón, y nosotros nos dediquemos a decir que la Reconquista, Colón y Blas de Lezo o son imaginarios o son genocidas... Eso se ha acabado. Y Ayuso, por cierto, es la política que mejor presenta esa batalla. Ay, mi Ayusito. 

E.- Desprestigio es lo que os gustaría que tuviera. Comparados con El País, los panfletos que tú lees son hojas parroquiales. Quienes celebran a Carlomagno y los demás en Francia son los nacionalistas conservadores franceses, como los que celebráis la Reconquista (un concepto falso, por cierto) sois los nacionalistas conservadores españoles (y los neofascistas patrios: VOX et al). También Trump y sus huestes celebran a sus héroes, y Putin a los suyos en los ratos libres que le deja defender a la patria invadiendo Ucrania. El propio término "celebrar" es falaz y manipulador. La historia no hay que celebrarla ni denostarla, sino conocerla, y hacerlo críticamente, sin olvidar que siempre es un relato que construimos todos, aunque siguiendo las pautas que marcan los intereses de las clases dominantes en cada época. Y Ayuso no ha dejado de ser la política española más imbécil, por más elecciones que gane. Me sorprende que alguien tan inteligente como tú no reconozca algo tan obvio. Su batalla cultural, esa a la que tú te sumas tan entusiásticamente, es la típica pataleta de los pijos y privilegiados ante otra visión del mundo, que desnuda —e impugna— sus intereses, sus prejuicios y sus bicocas.

[Aquí le propino otro artículo, que me acaba de enviar un amigo dominicano, sobre "Anacaona, la cacique aborigen que desafió a Cristóbal Colón y fue condenada a una trágica muerte". Y digo al pie: "Por ejemplo..."].

E.- Por cierto, acabo de ver la noticia del desfile de hoy en Madrid en RTVE, y no han faltado los abucheos masivos al presidente del Gobierno, algo que siempre sucede cuando el presidente del gobierno es socialista. Si el acto fuera realmente festivo e institucional, de celebración de la patria común, esos abucheos no se producirían. Pero no lo es, sino una ocasión para que la gente de derechas, meros nacionalistas españoles, celebren su concepto excluyente (este sí) y retrógrado de la patria.

C.- De excluyente nada. Los abucheos Sánchez se los ha ganado a pulso, aunque yo no los emitiría durante una celebración oficial. Pero qué quieres que te diga: el pueblo no puede ser soberano para inventar una nación ficticia y no serlo para juzgar a un presidente nefasto. O todos moros, o todos cristianos.

E.- Excluye a los españoles de izquierdas, a quienes no comparten un mismo concepto de patria, a quienes defienden otra relación de las tierras de España con el Estado y a los no nacionalistas. Es más que excluyente: es partidista, como esos abucheos soberanos demuestran cada año. Franco se inventó una patria en la que no cabía quien no fuera franquista. El 12 de octubre actual expulsa a quien no sea conservador o fascista y españolista.

J.- Al contrario: los incluye a todos, hasta a los que lo rechazan. Y lo de Franco ya huele, macho.

E.- Los abucheos no indican inclusión, sino rechazo: exclusión. Y lo de Franco huele porque tiene que oler. La España que dejó, tras sus 40 años, todavía persiste.

La cosa ha quedado aquí. Pero no estoy seguro de que no se reavive todavía, dado que aún faltan algunas horas para que acabe esta emocionante jornada y que todo se puede esperar del ánimo siempre combativo de C., a quien tanto quiero.

sábado, 8 de octubre de 2022

En los Estados Unidos (y 6): la librería City Lights de San Francisco

La librería (y editorial) City Lights, en San Francisco, es mucho más pequeña de lo que me había imaginado. Ocupa el ángulo estrecho de un edificio triangular en Columbus Avenue y, sí, tiene tres pisos, pero uno es "el cuarto de la poesía" —que, como suele suceder, es muy pequeño— y el otro está cerrado. La fundó Lawrence Ferlinghetti, el poeta beat, en 1953 con un amigo, Peter D. Martin, aunque este abandonara muy pronto el proyecto. Saltó a la fama cuando acusaron y juzgaron a Ferlinghetti por obscenidad. ¿Su delito? Haber publicado Aullido, de Allen Ginsberg, uno de los libros fundadores del movimiento beat, en 1956. En la historia universal de la infamia, un capítulo destacado está constituido por las acusaciones de obscenidad, escándalo público, atentado a la moral o cualquiera otra de las denominaciones con que se disfraza la censura que han sufrido libros y escritores. La virtud, implacablemente impuesta por probos magistrados en quienes la sociedad biempensante delegaba la vigilancia de la rectitud pública y las buenas costumbres, se ha encarnizado con poetas transgresores, provocadores o simplemente incautos —desde Ovidio hasta Salman Rushdie, pasando por Sade, Flaubert, Baudelaire, Oscar Wilde o Walt Whitman, entre otros— y ha condenado a la pobreza, la cárcel y hasta la muerte a un buen número de ellos. Ferlinghetti, no obstante, se sobrepuso al acoso de la demoníaca virtud (que existe en todas las latitudes y paisajes culturales, como acaba de demostrar la Policía de la Moral iraní matando a una joven de veintidós años por que el velo que estaba obligada a llevar no le cubriese completamente el pelo) y se consolidó como un editor de referencia y un librero hospitalario, no solo por el fácil acceso a los libros que brindaba a todos, sino también por haber convertido su librería en un lugar de acogida para los poetas y escritores errabundos que llegasen a San Francisco. Cuando alguno visitaba la ciudad y no tenía donde caerse muerto, se presentaba en City Lights y allí encontraba un catre donde dormir, un baño donde asearse y una cafetera con la que hacerse un café. Una hospitalidad, por cierto, que imitaba la de otra librería célebre, la parisina Shakespeare & Co. (cuya propietaria también fue editora de otra obra perseguida por sus muchos vicios: el Ulises de Joyce), de la que consta un pequeño rótulo con el nombre en la fachada de City Lights, junto a una foto del Ferlinghetti joven, fundador de la librería. Quizá todavía por la irradiación de aquel antiguo amparo, hoy ya desaparecido, vemos a un sesentón, canoso, no mal vestido, con un macuto (que imagino lleno de libros, aunque seguramente solo cargue con ropa sucia), acuclillado y apoyado en la fachada de la librería, sin hacer nada: solo mirando alrededor, con la mirada vagamente perdida. El entorno del local te envuelve en una atmósfera singular, en la que, entre rascacielos, coches que parecen naves espaciales y móviles de última generación en las manos de la gente, aún flotan los aires de la bohemia sesentera y el inconformismo beat. Frente a la librería se encuentra el Café Vesubio, en cuya terraza dos jipis de geriátrico tocan una flauta y una guitarrita, mientras se toman un brebaje lamentable: una infusión de chía o algo así. Junto a ellos, en la fachada del Vesubio, se lee el siguiente párrafo: When the shadow of the grasshopper falls across the trail of the field mouse on green and slime grass as a red sun rises above the Western horizon silhouetting a gaunt and tautly muscled Indian warrior perched with bow and arrow cocked and aimed straight at you, it's time for another Martini. Desde luego, se lo han currado. Nada de una frasecita inspiradora, una ocurrencia ingeniosa o un grafiti turbulento. Esto es un ejercicio de ironía literaria digno de la Universidad de Iowa: 'Cuando la sombra del saltamontes cae sobre el rastro del ratón de campo en la hierba verde y viscosa, mientras un sol rojo se eleva al Oeste, sobre el horizonte, dibujando la silueta de un guerrero indio enjuto y de músculos poderosos que ha tensado el arco y te apunta con la flecha, es hora de otro Martini'. No es el único texto que enmarca el acceso a City Lights. En el escaparate principal, hay colgado un poema de Dylan Thomas, uno de los principales referentes de los beat, "Do not go gentle into that good night", de 1951: Do not go gentle into that good night, / Old age should burn and rave at close of day; / Rage, rage against the dying of the light... ['No entres dócil en la noche que llega: / la vejez ha de arder y delirar al acabar el día; / ira, ira por la agonía de la luz...']. El poema es un canto a la insumisión, al repudio de la muerte, esa gran obscenidad (esta sí) (Unamuno lo dijo a su bilbaína manera: "¡No me da la gana morirme!"). Y la luz que reclama, o por cuya ausencia se encoleriza el poeta, son esas luces de la ciudad que representa la librería, zoco y foco de palabras. A la planta baja de City Lights se puede entrar por dos puertas: la principal y otra, secundaria, que da directamente a las escaleras que conducen al primer piso, el reducto de la poesía. En las baldosas del suelo de este acceso poético se lee "Vitalina Fotografia Italiana". Así, tal cual. La librería se sitúa en el viejo barrio italiano, vecino del famoso Chinatown, del que todavía quedan vestigios, como la pizzería, al otro de la calle, en el que mi amiga María José y yo nos zampamos una ensalada con gambas por un precio no disparatado y disfrutamos del permanente espectáculo que son las calles de San Francisco: una septuagenaria que pasa corriendo y haciendo pesas con un brazo; un negro que cruza la avenida, erizada de coches, con los pantalones por debajo de las nalgas, que amenazan con trabarle las piernas y derrumbarlo en el asfalto; otro negro que se pasea por la acera en calzoncillos y zapatillas, y con una capa con capucha de oso. En la foto que ilustra la página web de City Lights, esta aparece pegada a James Fugazi, Bulotti & Co, un establecimiento de viaggi, assicurazioni e spedizione de denaro. Subo, en primer lugar, al altillo de la poesía, encima de cuyas escaleras veo una foto de Allende y Pablo Neruda; una orden: Educate yoursefl: read here 14 hours a day ['Edúcate: lee aquí 14 horas al día'], lo que no deja de ser un sabio proyecto pedagógico; y algún aforismo revelador, muy apropiado para el lugar: Poetry is a survival ['la poesía es supervivencia' o mejor, quizá, 'la poesía te permite sobrevivir'], traducida de Valéry. La supervivencia, en efecto, está arriba. Predominan, como era de esperar, los autores beat y, en un lugar señero, la obra del propio Ferlinghetti, que para algo era el dueño del garito. A la entrada nos recibe un gigantesco diccionario Webster, abierto en un no menos enorme atril, como un maestro de ceremonias del ingente espectáculo impreso que estamos a punto de contemplar. Un par de sillones invitan al descanso y a la lectura tranquila. Uno, al lado de una ventana, recibe los lametazos amarillos de un sol feroz fuera, pero sojuzgado dentro por el benemérito aire acondicionado. Un querido excuñado, Antonio, se sentó en él hace dos días, y me mandó una foto, en la que se le veía leyendo Howl ['Aullido'], de Ginsberg, y fingiendo que lo entendía. Repaso despacio los estantes y me llevo una edición de bolsillo de Aullido, que le regalo a María José; otra de Penguin de la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters, en la que voy a trabajar los próximos meses; una breve selección de unos curiosos poemas de Emily Dickinson, escritos en sobres de cartas; una antología erótica y oximorónica, The Erotic Spirit, en la que me agrada encontrar a sor Juana Inés de la Cruz, además de a los representantes habituales de la literatura en español en las antologías de poesía universal, Machado, Lorca y Neruda; y un título de Ferlinghetti, A Far Rockaway of the Heart ['el lejano carruaje del corazón', aunque me pregunto si Rockaway no será un nombre geográfico: tengo que verificarlo...], publicado por New Directions en 1997, secuela de uno de sus libros más famosos, A Coney Island of the Mind ['un Coney Island de la mente']. Curiosamente, busco también, pero no encuentro, algún libro de Harold Norse, un poeta norteamericano próximo a la generación beat, aunque no estrictamente perteneciente a ella, del que he traducido una antología y estoy traduciendo ahora las divertidísimas memorias. Tampoco doy con otro libro fundacional de los beat, El almuerzo desnudo, de William Burroughs (con quien Norse vivió en el legendario Hotel Beat de París varios años a principios de los 60), uno más, por cierto, en la lista de acusados por obscenidad. Cuando bajo a pagar (la bonita cantidad total de 82,34 dolarazos), me atrevo a expresarle mi sorpresa por la ausencia tanto de Norse como de Burroughs a un dependiente que está ordenando libros, con poco entusiasmo, en una de las estanterías. "Sí, sí, es verdad, no tenemos nada de Norse en estos momentos. Pero seguro que el el Museo Beat que está allí enfrente —y me señala animosamente el sitio en la otra acerca, a unos cien metros de distancia— encontrará muchas cosas de él y sobre él". Los beat irrumpieron en la cultura de los Estados Unidos, a principios de los 50, como una ola de subversión e impudicia, por cuya inmoralidad fueron juzgados y condenados, como se ha dicho. Hoy lucen, institucionales, en una de las principales calles de San Francisco, una de las capitales mundiales de la cultura. Cómo cambian las cosas. Y qué provisional es siempre el juicio humano. Aunque el lugar me atrae, María José y yo decidimos no visitarlo. No nos apetece encerrarnos entre paredes, por literarias y perturbadoras que sean. San Francisco reclama el paseo y el tacto. Y nos vamos a Chinatown, a ver chinos. Hay muchos.

domingo, 2 de octubre de 2022

En los Estados Unidos (5): la Feria del Estado de Nebraska

Hoy voy con mi amigo Pedro y su mujer, Bea, que tan hospitalariamente me han acogido en su casa de Hastings, a la Feria del Estado de Nebraska. La Feria es un magno acontecimiento en este estado agropecuario. Es algo así como una Exposición Universal, pero Local; y el universo es Nebraska. Para llegar a Grand Island, la ciudad donde se celebra —y cuyo nombre es británicamente paradójico: Nebraska, el centro geográfico del país, no tiene mar ni, por lo tanto islas; aquí solo hay islas metafóricas: ínsulas—, hemos de cruzar el río Platte, que fluye en diversos brazos, y cuyo nombre, francés, designa, apropiadamente, un río plano, de aguas someras. He dicho "fluye", pero no es verdad: el río, en todos sus cursos, está seco. Ni un triste charquito dulcifica la aridez. Pedro me dice, no sin alarma, que no lo había visto así desde que vive en Nebraska, unos catorce años. Por la carretera, que recorre paisajes tan planos como el río que acabamos de atravesar, vemos varios de esos mensajes evangélicos que los creyentes de este país se complacen en desplegar en la vía pública, y que a todos nos hacen sonreír (aunque testimonien un conservadurismo maligno que niega, entre otras cosas, el cambio climático que ha agostado el Platte y que les va agostar el jardín antes de lo que creen): Jesus offers victory in difficulties, que no creo que haya que traducir; o esta, que es aún más divertida: Beyond reasonable doubt, Jesus is alive ['más allá de toda duda razonable, Jesús vive'], debajo de la cual, por si no fuera suficiente, se consigna un número de teléfono al que se puede llamar para asegurarse de que Jesús Vive: (80) FOR-TRUTH ['para la verdad']. A la entrada de Gran Island, vemos algo más que nos recuerda que aquí campa el integrismo: una Trump Shop, una 'tienda de Trump', donde se vende toda la parafernalia trumpista —camisetas y gorras con el tristemente famoso lema Make America Great Again, tazas con el careto diabólico de Orange Don, pósters, bufandas, insignias, fotografías—, junto con otros artículos reveladores de sus tenebrosos vínculos, como banderas confederadas (lo que nunca he acabado de entender, porque la Confederación, a la que esas banderas representan, pretendió empequeñecer el país cuya grandeza reivindican los trumpistas), y lemas incomprensibles para el foráneo, pero que Pedro me traduce: Let's go Brandon ['vamos, Brandon'], por ejemplo, significa "Jódete, Biden". Entrar en la Feria del Estado es como hacer un viaje en el tiempo y volver a los años 70, o más atrás. Salvo por la modernidad tecnológica, presente en cada rincón, el aire que se respira aquí es el de los Estados Unidos más rurales y conservadores que se pueda imaginar. Acompañados por los flecos de la música country que suena por todas partes, paseamos por entre una multitud sin mascarilla. Esto es territorio Trump, como me recuerda Pedro, y no llevar la mascarilla constituye una opción política y una afirmación ideológica: no estamos dispuestos a que el gobierno nos diga lo que tenemos que hacer; el gobierno invade nuestra sacrosanta libertad individual; el gobierno es comunista. El primer pabellón que visitamos es el paritorio, un lugar donde se exhiben animales que están a punto de parir o que acaban de hacerlo. Una cerda elefantiásica da de mamar a veinticinco lechones, que se afanan y amontonan para chupar el precioso líquido. La cerda permanece tumbada entre pajas durante toda la operación. Respira agitadamente y parece agotada. No me extraña. Recorremos luego otro pabellón inmenso. Este aloja a las vacas, el núcleo de la economía del estado. Las hay de todas las formas, tamaños y colores: algunas son rosas, otras moteadas, otras turquesas. El abanico cromático es amplísimo, pero todas tienen unas ubres enormes, que supongo uno de los factores que las hacen más preciadas. Sorprendentemente, a algunas se les marcan las costillas. No obstante, ese es el modelo de hembra que prefieren algunos hombres que conozco: torso delgado y tetas muy grandes. Hace mucho calor, y por todas partes vemos ventiladores, también muy grandes, que evitan que las vacas (y los humanos) se asfixien. Siempre que veo una vaca, y aquí veo muchas, recuerdo a mi amigo Agustín Fernández Mallo, que es gallego y que varias veces me ha dicho que ver vacas le relaja: le transmiten paz. Agustín cree tanto en el poder sedativo de los bóvidos que la foto de su whatsapp es de una vaca. Al salir de la vaquería, veo a una mujer ataviada como en las películas de Russ Meyer, y casi con las características de las actrices preferidas por Meyer. Es una chica del Oeste, con shorts tejanos (tan apretados en las ingles que temo que en algún momento se las seccionen), botas camperas de piel de cocodrilo, tatuajes por doquier, una blusita escotada y atada con un nudo por debajo de una pingüe pechuga, y más pintada que una puerta, que está comiendo pizza junto a una montaña de estiércol. La siguiente atracción es una demostración de habilidades vaqueras. En un stand cerrado, que se parece mucho a un rodeo, asistimos a una competición de jinetes, que consiste en hacer un recorrido a caballo por entre una serie de postes y disparar con una pistola a los globos atados a ellos. El que más globos explota, gana. Solo uno de los concursantes acierta todos los tiros. Lo normal es fallar alguno. Casi todos los jinetes son hombres, pero también hay una amazona, que falla varios disparos. Tras cada ronda, una nube de muchachos, chicos y chicas, se apresura a poner globos nuevos en los postes en que los caballistas han acertado. Y otro jinete sale a explotarlos. El ruido de los disparos (quiero creer que se emplea munición solo perjudicial para los globos), el galopar de los caballos, el olor a polvo y a establo, el sudor de los hombres y los animales, y los gritos del público entusiasta forma una burbuja sensual de tanta aspereza como fuerza, de la que nos cuesta salir. Cuando ya nos estamos marchando, vemos que sale a la pista una niña, montada en un caballo tan grande como todos los demás. Cuando parece que se va a poner en marcha, el caballo empieza a cagar. La descarga es duradera. La muchacha espera a que el cuadrúpedo se alivie y entonces inicia el trote. Pero no dispara. (Por un momento he temido que sacara de repente un Colt y empezara a cargarse globos; no debe de tener más de ocho años. Pero algo así sería posible, ¡ay!, en este país). Hace el mismo recorrido que los vaqueros, con pericia precoz, y se retira entre aplausos. Los verracos nos esperan en la siguiente parada. Hay muchos en la carpa correspondiente, la mayoría tumbados en el serrín y todos lustrosos, fabulosos de carnes y aspecto. Uno, sin embargo, dormido, tiembla y se agita extrañamente. ¿Estará soñando? ¿Con el día de San Martín? Delante de muchas de las jaulas se acomoda la familia propietaria. No hacen nada en particular; solo están allí, sentados en sillas de tijera, charlando alegremente, comiendo pizza (la pizza tiene mucho predicamento en Nebraska) y hamburguesas, y velando al puerco, orgullo del clan y fruto excepcional de su negocio, por el que sienten un aprecio paternal. Muchos de estos colosales gorrinos participan en un concurso de belleza. Desfilan por una pista guiados por sus dueños, que los espolean golpeándolos con una varilla a ambos lados de la cabeza (para que la mantengan erguida, supongo, y así luzcan su estampa privilegiada). A veces, quienes los conducen son solo niños. Al más rozagante y apestoso lo proclaman campeón y le prenden una escarapela en la oreja, para satisfacción del amo e indiferencia suya: el bicho solo parece tener ojos para las porciones de pizza que divisa entre los asistentes, y no deja de hozar en la pista por si encuentra algo que llevarse a las fauces. A la salida de la instalación, vemos a una joven granjera ensayando con su cerdo: lo hace caminar de un lado a otro dándole golpecitos con la varilla. Quizá este sea el próximo campeón: hechuras no le faltan, ni elegancia: los jamones se le mueven con prometedora firmeza y todo él se muestra como un culturista de la grasa. Echamos un vistazo luego a un pequeño zoo que han instalado en un rincón del recinto: hay dromedarios, cebras, bisontes, canguros, llamas y hasta un nilgó o toro azul. Es la concesión al exotismo de la Feria. Pero no nos interesa demasiado: los animales tienen el aspecto triste y aburrido de todos los animales salvajes encerrados en jaulas, y algunos, como el bisonte, han desarrollado ya el hábito de pasearse de un lado a otro de su encierro, sin otro propósito que combatir el marasmo en el que se encuentran. Nos dirigimos después a la zona de las atracciones. Pasamos por debajo del teleférico de la Feria. Nos cruzamos con un hombre orquesta, con otro disfrazado de Mighty Mouse y con un montón de food trucks, en los que sirven pizzas, hamburguesas y, en general, cualquier comida que sea muy grasienta. También vemos un puesto de venta de casetas portátiles, marca Redneck [que puede traducirse por 'paleto'], para cazar ciervos, y, apostados por todas partes, tractores de ruedas gigantescas, capaces de atravesar el Misisipi sin que a su conductor le salpique ni una gota. Aquí todo es grande: el espacio, los cerdos, las vacas, las raciones de pizza, los vehículos agrícolas. Y las cosechadoras. Tres o cuatro, vastas como transatlánticos, esperan, en fila, en una pista de tierra. Montarse es gratis, y un conductor muy amable te da una vuelta por el circuito, para que experimentes las sensaciones de los agricultores nebraskeños cuando trabajan. Bea y yo nos animamos a vivir tan fascinante aventura. Pedro, en cambio, se queda en tierra, observándonos, entre sorprendido y preocupado. Cuando ya estoy instalado en la cabina, el ayudante que nos ha hecho subir le hace una señal al conductor para que arranque, y a mí me recuerda a las que les hacen a los pilotos de los aviones de combate para que despeguen. El conductor obedece. El que me ha tocado en suerte es un joven lugareño de labio leporino que, al notar mi acento, no tarda en preguntarme de dónde soy. Estoy por responderle que de Afganistán o de Arabia Saudí, para hacerle un poco más emocionante la experiencia, pero le digo la verdad. Luego me informa de que la cosechadora puede alcanzar una velocidad de 30 millas (unos 50 kilómetros) por hora, lo que no está mal, teniendo en cuenta que pesa varias toneladas, y que cuesta medio millón de dólares. También me dice que le gusta mucho su trabajo, que es muy estimulante. Y lo hace cuando toma una curva de la pista de tierra, en la que no hay nadie más que nosotros (Bea va detrás), en la llanura nebraskeña, a unos diez kilómetros por hora. Bajo exultante de mi periplo cosechador y seguimos nuestro paseo por este lugar que me parece más surrealista que los cuadros de Max Ernst. Pasamos junto a la zona en que se exhiben tractores antiguos. Hay muchísimos y debo decir que son muy bonitos: máquinas con el encanto de los coches de carrera antiguos o de las máquinas de escribir que ya no utilizamos. Llegamos donde las atracciones. Casi nada las diferencia de las que podemos encontrar en España, salvo su tamaño: de nuevo, son más grandes que las nuestras. El sencillo tiovivo parece una plaza de toros. Pedro y Bea, a los que se les ha despertado el hambre, se asestan en un food truck un platazo de patatas fritas con bacon, queso derretido y sour cream, entre otros ingredientes que renuncio a desentrañar. Yo pico dos o tres patatas y me doy por satisfecho. Les digo que veo muy pocos negros entre la gente, aunque sí bastantes hispanos. Me cuentan que Nebraska, como en general todo el Medio Oeste, es territorio de blancos (los indios fueron exterminados o confinados en reservas; los negros son escasísima minoría), y que aquí ha habido importantes disturbios raciales, como los que tuvieron lugar en Omaha, la principal ciudad del estado, en 1919, en los que murieron dos blancos y las turbas sacaron a Will Brown, un obrero negro acusado (falsamente) del crimen, de la cárcel en la que esperaba ser juzgado, y lo lincharon en un poste de teléfonos. Luego arrastraron su cuerpo, atado a un coche, por las calles, lo quemaron y lo volvieron a arrastrar, ahora achicharrado, por la ciudad. También estuvieron a punto de hacerle una corbata de soga al alcalde de la ciudad, que intentó oponerse al linchamiento de Brown, y, acaso para aliviar su frustración por no haber culminado el alcaldicidio, le pegaron fuego a los tribunales del condado de Douglas. La tarde ya declina y por el horizonte asoma un crepúsculo anaranjado. Volvemos a casa. Pero antes vemos en el edificio Nebraska el mayor overall ['mono de trabajo'] del mundo, según dicen (a los estadounidenses les encanta presumir de tener las cosas más grandes del mundo: en un sitio se jactan del queso de bola más grande del mundo; en otro, de las lagartijas más grandes del mundo; en otro, de los dónuts más grandes del mundo: el tamaño, en este país, importa mucho), y una exposición que recuerda a los nebraskeños muertos en la war on terror around the world ['la guerra contra el terror en todo el mundo']. Lo trivial y lo trágico están aquí juntos. 

martes, 27 de septiembre de 2022

En los Estados Unidos (4): mi vecino Donald Trump

Nunca me había imaginado que pudiera pisar West Palm Beach, uno de esos lugares que uno ve por televisión como se ven las imágenes de Marte o de Júpiter captadas por algún satélite errabundo. Una ciudad de ricos, más aún, de millonarios, de estrellas de cine y televisión, de jubilados afanosos de sol y sosiego, de conservadores de toda laya que consideran a Biden un estalinista y a Donald Trump, un buen hombre y un presidente ejemplar. Pero aquí estoy, inverosímilmente, pisando West Palm Beach, rodeado de palmeras y urbanizaciones de lujo. Una de las primeras cosas que quiero hacer es, precisamente, ver Mar-a-Lago, la mansión de Trump, el vecino más famoso y anaranjado de la ciudad. En Mar-a-Lago escondió Orange Don los secretillos nucleares que había birlado de la Casa Blanca, durante su funesto mandato, para asegurarse una posición de fuerza —¡y qué fuerza!— en cualquier negociación con sus paisanos u otros interlocutores del mundo, como sus amigos Vladímir Putin o Kim Jong-un. Para recuperarlos, el FBI irrumpió en la mansión hace algunos meses, un registro que despertó el furor no solo del propio Trump, sino también, y más exacerbado todavía, de su espeluznante legión de seguidores (cuando uno piensa que Orange Don obtuvo 63 millones de votos contra Clinton y ¡74! contra Biden —lo que significa que su estimación subió entre los votantes—, a uno se le encoge el escroto), que clamaron contra la intolerable injerencia del Gobierno en la vida de un ciudadano honrado y un presidente modélico. El viejo principio de la igualdad de todos ante la ley, que en los Estados Unidos se proclama con fervor mítico (y místico), conoce en este país una excepción declarada: Donald Trump, que lleva décadas especulando, obteniendo beneficios ilícitos (y, a la vez, arruinando empresas), evadiendo impuestos, abusando de mujeres, mintiendo, calumniando y, en los últimos tiempos, hasta promoviendo un golpe de Estado, sin que haya pasado ni una noche en el cuartelillo. A un pobre negro que roba veinte dólares de una tienda, un tipo de noventa kilos con una estrella en el pecho le aplasta la cabeza contra un bordillo y le clava una rodilla en el cuello hasta matarlo, pero Orange Don no solo se va de rositas, sino de la floristería entera, por sus interminables fechorías. Curiosamente, Mar-a-Lago fue construido en 1927 por una rica heredera de la industria de los cereales para el desayuno con preocupaciones sociales —filántropos así reciben el nombre de socialites en los Estados Unidos—, Marjorie Merriweather Post (y aclaro que la que tenía preocupaciones sociales era la heredera, no los cereales para el desayuno), como lugar de descanso invernal para los presidentes norteamericanos. No obstante, ninguno quiso utilizarlo cuando la Sra. Merriweather murió, en 1973, y el palacio anduvo dando tumbos, jurídicamente, hasta que en 1985 lo compró el bueno de Donald, que llevaba desde los años 70 extendiendo sus tentáculos inmobiliarios por West Palm Beach. Al convertirse en 2017 en presidente de los Estados Unidos, cumplió a posteriori las disposiciones de la Sra. Merriweather y empezó a retirarse, aunque no solo en invierno, sino en cualquier época del año, a sus privilegiados muros. Mar-a-Lago ocupa 10.000 metros cuadrados, tiene 126 habitaciones (la página web del lugar no indica cuántas de esas habitaciones son baños), pista de tenis, campo de golf, dos piscinas olímpicas y un helipuerto. También tiene una gigantesca bandera americana ondeando en el jardín, que me recuerda, por sus dimensiones, a la mexicana de la plaza del Zócalo en el D. F o la española de la plaza de Colón en Madrid: enseñas desmesuradas que pregonan lo evidente. Mar-a-Lago fue construida en estilo español, signifique eso lo que signifique, aunque sin duda entronca con el hecho de que la Florida perteneciera a España durante casi trescientos años. Por lo pronto, se advierte una entrada de aire mexicano, profusión de palmeras y una gran fachada, de la que emerge un torreón rosa. Mi amiga Elaine, que me ha acogido en la ciudad, y yo pasamos por delante en coche y, pese a su gran tamaño, no podemos apreciarla bien. Me gustaría parar y tomar alguna foto sin prisas —por cierto fetichismo malsano, igual que fotografiaría la cueva de Alí Babá o, cuando tenga ocasión, porque allí voy a ir directo, las calderas de Pedro Botero—, pero un coche de policía situado en el centro de South Ocean Boulevard, donde se encuentra la mansión, nos obliga a continuar, en una versión contemporánea y más cinematográfica del clásico "¡circule, circule!" de nuestros entrañables grises (y tantas otras policías). Se conoce que no está bien que se tomen imágenes de una casa particular en la vía pública. Por cierto, que cuando ralentizamos el paso para captar la mansión, nos adelantan un vehículo de tres ruedas, pero velocísimo, parecido a un batmóvil, con una coruscante pareja de culturistas, hombre y mujer, dentro, y un Ferrari rojo, en cuya matrícula no hay números, sino solo la palabra "Amano" (conocí hace muchos años a un calígrafo japonés, pintor de haikus, que se llamaba, muy apropiadamente, así, pero no creo que sea el conductor de este cacharro). Mar-a-Lago puede ser una joya arquitectónica, pero a mí me parece un ejemplo de mal gusto, aunque seguramente mi impresión esté sesgada por la opinión que me merece su propietario. Si Mar-a-Lago fuera propiedad de Monica Bellucci, lo consideraría un dechado de belleza. Hoy por hoy, sin embargo, me recuerda más bien al estilo de Jesús Gil y Gil, aquel despechugado precursor de VOX que llenó la Costa del Sol de edificaciones bárbaras y arengas nauseabundas, como también ha hecho Donald Trump en la tierra de la libertad. Pasamos un par de veces por delante de Mar-a-Lago, pero Elaine me acerca también (quiere ahondar en mi repulsión por el personaje) a la iglesia episcopaliana donde Orange Don se casó en 2005 con la bellísima Melania (una extranjera a la que no quiere expulsar del país, de momento; ayuda que no sea mexicana), Bethesda by the Sea, construida en estilo neogótico en 1925, y que participa de la suntuosidad sin la cual Donald Trump no concibe la vida: el órgano Austin, por ejemplo, con el que los fieles multimillonarios sienten elevarse su alma a Dios, tiene 6.000 tubos. Volveremos a pasar, por la noche, por este modesto oratorio, y veremos la portada iluminada por luces turquesas, como un escenario navideño y tecno-pop. Alrededor de la iglesia, y en toda la isla de Palm Beach, se amontonan las mansiones y también algunos rascacielos: el hotel Breakers, por ejemplo, uno de los más lujosos de la zona. En el restaurante italiano donde comemos, se acumulan más monumentos, pero de otra índole. Casi todas las mujeres son barbies: rubísimas, bronceadas, siliconadas, con microfalda. Hasta las morenas parecen barbies. En la mesa contigua se sienta una de estas muñecas, pero octogenaria. También su pareja lo es. Él se ha implantado pelo, se ha estirado la cara más que un chicle y no ha dejado de ir al gimnasio en setenta años; ella está recauchutada por todas partes, en una salvaje batalla estética por alejar, o disimular, o destruir, los efectos del tiempo. Pero, aunque con tetas infladas como sandías, salchichas de frankfurt por labios, pómulos en altorrelieve, pestañas postizas, minifalda a la altura del ombligo y melenas esculpidas por algún peluquero de campanillas (aunque aquí en Palm Beach sería más apropiado decir de esquilones), sigue siendo vieja. De hecho, es más vieja que si no se hubiera operado hasta los dedos de los pies, igual que los calvos que se alfombran el cráneo con los pelos parietales, a lo Anasagasti, son más calvos que los calvos desinhibidos, porque su fallida cobertura vuelve más visible su carencia. El restaurante está lleno y hay un ruido infernal. Todo el mundo, rebosante de la felicidad que otorga la opulencia, habla alto y, además, son norteamericanos. Y los norteamericanos siempre hablan alto. Por si fuera poco, el camarero que nos ha tocado en suerte no deja de pasar por nuestra mesa y preguntarnos si todo va bien, si nos gustan los espaguetis, si queremos algo más, si nos sirve más vino, si vamos ya a pagar la cuenta. También nos informa, al cabo de un rato, de que cambia el turno y que, a partir de ahora, nos atenderá su compañera Sue, que, por desgracia, no demuestra menos facundia que él. Es imposible tener una conversación íntima con una supervisión tan encarnizada. Voy al baño y veo que los retretes han sido bautizados: uno es Gianni y el otro, Giancarlo. La pasión democrática de los estadounidenses por los nombres no tiene fin. Saludo a Gianni y paso un rato con él. Tras la comida, vamos a la playa de Palm Beach, una franja extensísima de arena tostada. Al dejar el coche, tenemos dudas sobre el horario de aparcamiento y problemas con el parquímetro, y una señora cruza la calle, motu proprio, para informarnos de que ella es vecina y de que podemos dejar el coche tranquilos: nunca hay policía por aquí a partir de las ocho de la tarde. Seguramente es millonaria, pero también muy amable: en los americanos, siempre hospitalarios, una cosa no está reñida con la otra. Nos situamos junto a la Torre del Reloj, un airoso monumento moderno, construido en 2010, aunque de aire antañón, de piedra blanca, situado a la entrada de Worth Avenue, la principal arteria comercial de la isla de Palm Beach. El agua está hirviendo y llena de algas. Elaine me explica que el agua tan caliente favorece la formación de tormentas, que aquí son devastadoras. (De hecho, ahora, cuando escribo estas líneas, un temporal amenaza la costa de la Florida, y Elaine ya lo está retirando todo del jardín y preparando las contraventanas anti huracanes que todo propietario responsable debe guardar en su casa). Ninguna, no obstante, perturba unas horas sosegadas, con poca gente en la playa y aún menos en el agua, en las que la luz se difumina hasta desaparecer entre nubes verticales y oscuras, que forman en el cielo edificios casi tan altos como los que jalonan el South Ocean Boulevard. Huele a trópico y a dinero. Pese a la cercanía maléfica de Orange Don, ha desaparecido toda inquietud. Me siento reconfortado por el mar enorme y el azul limpio que poco a poco se convierte en un negro adormecedor.

jueves, 22 de septiembre de 2022

En los Estados Unidos (3): la Casa de los Cisnes

La Casa de los Cisnes es Swan House, la espectacular mansión de un supermillonario americano, construida en 1928 e integrada hoy en el Atlanta History Center, un complejo cultural que reúne ese caserón, un museo, un centro de investigación, una granja de 1840, varias salas de exposiciones y múltiples jardines. En los Estados Unidos abundan estas suntuosas construcciones, supervivientes, a veces, de la Guerra Civil o testimonio, otras, del crecimiento y la predominancia de una clase financiera o industrial —a menudo, ambas— en el siglo XX. Swan House es obra de Edward y Emily Inman —que no eran hermanos, sino marido y mujer; las convenciones dictan (aún hoy, en esta época de feminismos) que la esposa pierda su apellido de soltera, legado de sus padres, y adquiera el del esposo—, a los que se les quemó la casa en que vivían antes y se pusieron en manos del prestigioso arquitecto Philip Trammell Shutze para que les construyera otra. Les costó una fortuna, pero mucho menor que la amasada por Edward con el negocio del algodón —que en el sur siempre ha reportado pingües beneficios—, la banca y los bienes raíces. Era un hombre con un sentido práctico muy acusado, y elegía sabiamente el objeto de sus inversiones. Al bueno de Edward, no obstante, no le dio tiempo a disfrutar demasiado de su nueva residencia, porque murió tres años después de erigirla. Quien sí se benefició de ella fue su mujer, Emily, que vivió entre sus historiados muros hasta 1965. Para subrayar la vinculación de los Inman con la economía de su tiempo, un Ford T de 1927 y un Super Six Sedan de 1929 reciben a los visitantes junto a la entrada principal. El primero es un automóvil sencillísimo, un aparato desnudo e indestructible, que basó su éxito, precisamente, en esa misma sencillez: fue el 600 de su época, pero en todo el mundo. El segundo, uno de los coches más utilizados por los gánsters para pasearse por Chicago y ametrallar a los desafectos con los legendarios subfusiles Thompson, con cargador de tambor, es mucho más sofisticado: tiene hasta botones. Como aún falta un rato para que empiece la visita —que ha de ser guiada; aquí tampoco se acepta la deambulación autónoma—, me entretengo echando un vistazo a algunas dependencias exteriores, como la Victorian Playhouse, una casa en miniatura, construida en uno de los muchos jardines, hacia 1890, para que jugaran los niños. Veo en las paredes de madera de la casita una serie de curiosas fotografías de época: hay una de un blanco del siglo XIX con rastas, entre muchas de pelos y barbas curiosos, y una de Harrison Ford, cuya conexión con esta ristra de peinados extravagantes no alcanzo a comprender; si al menos fuera Chiwaka. Más allá de la Casa de Juegos, al final de un sendero enlosado que discurre por una arboleda espesísima, está Ambrosio, un elefantito de piedra, proveniente del jardín de Hunter Perry, como indica una placa al pie de la escultura. Quién sea Hunter Perry, por qué tuvo a Ambrosio en su jardín y por qué se le trasladó al de los Inman en Swan House, al igual que la presencia de Harrison Ford en la Victorian Playhouse, son misterios que escapan a mi comprensión. Pero la presencia del pétreo animal, pequeño como la playhouse, sin apenas colmillos y gris, sorprende en estos jardines umbríos y ese clima subtropical. Descanso un rato en uno de los bancos metálicos, bastantes incómodos, del jardín. Se conoce que este lugar no se hizo para los sedentes, sino para los caminantes. El grato rumor arábigo del agua de la fuente es perturbado por el ruido de una máquina cortacésped —en este país las máquinas cortacésped son tan frecuentes como las vacas en la India y, como ellas, están por todas partes— y de algún motor de aire acondicionado, que no veo, pero que, a juzgar con los decibelios que expele, debe de estar muy cerca. Cuando son casi las once, vuelvo a acercarme a la entrada para iniciar la visita. Allí está apostado ya quien será nuestro guía, Kyle, un obeso americano, que es un tipo singular de obeso que apenas se encuentra en ninguna otra parte del mundo: el obeso armilar, como los globos terráqueos, fruto de muchas generaciones de comedores de hamburguesas monstruosas, arrobas de patatas fritas y barreños de refrescos azucarados. No obstante, Kyle es un profesional. Sube las escaleras y se mueve por las habitaciones de la casa con la agilidad de un luchador de sumo, y no tarda en explicarnos que el nombre de la mansión se debe a los muchos cisnes que la adornan: veintiocho. Se conoce que el cisne era el pájaro preferido de los Inman, aunque también sumaron otros —águilas, grullas— a la decoración. Kyle nos reta en cada habitación a descubrir dónde están los cisnes, en una versión aristocrática y ecológica del plebeyo Dónde está Wally. Y yo recuerdo que, en mi anterior visita a la casa, hace cuarenta y tres años, supe dónde mirar cuando la guía, que también preguntaba dónde se ocultaban los cisnes, nos dio la pista de que eran los niños quienes antes los descubrían: a un metro del suelo. A esa altura se encuentra todavía, en efecto, un cisne diminuto que corona un tintero. Kyle se quita los zapatos con sorprendente ligereza y se pone guantes para pasar a la zona que no pueden pisar los visitantes, elevar el tintero como un cáliz y revelarnos, a la luz dorada que entra por las ventanas, al anseriforme. (Su extremo cuidado recuerda al de la propia Sra. Inman, que quería preservar a toda costa la escalera principal de la casa y había prohibido a todos utilizarla: había que usar la escalera del servicio, en la parte de atrás). Pero Kyle no se limita a localizar los animales para nosotros, sino que nos habla, en casi todos los salones, de la servidumbre que hacía posible la vida regalada de los Inman, y de sus condiciones de trabajo. El modelo parece haber cambiado. Hasta hace poco, los guías de los lugares históricos se centraban en la vida de sus señores, en la exposición de sus andanzas y sus privilegios, y en la ponderación de la singularidad arquitectónica o la importancia artística del sitio. Quienes lo habían construido o habían trabajado en él para que fuera lo que fue, quedaban en penumbra, o ni siquiera aparecían en el relato. Kyle, en cambio, practica un renovador social approach: dedica su atención no a los grandes hombres (y mujeres), sino a la intrahistoria de los marginados y los oprimidos, y no deja de hablarnos de los criados, casi todos negros, y del hecho de que estuvieran segregados, aun dentro de la casa, hasta 1965, lo que significaba, por ejemplo, que no podían usar los baños de los blancos, sino solo los de "la gente de color". Pero también señala que, pese a estas injusticias y las penosas condiciones en que trabajaban, su situación era mucho mejor que las de los demás miembros de su raza. Nos enseña uno de los cuartos del servicio, en la planta de arriba, y vemos una habitación grande y luminosa, con baño propio, aunque también con el inevitable tablero en que una flecha, accionada por un botón que pulsaban los amos en la planta de abajo, señalaba a qué sala debían acudir enseguida para atender sus necesidades. En el sótano de Swan House, hay una laberíntica exposición de la colección de arte chino del arquitecto Shutze, indudablemente amante de las fantasías orientales. Junto a infinidad de cuencos, platitos, jades, estatuillas, biombos lacados y pinturas llenas de montañas brumosas, se exponen también sus dibujos técnicos de la casa, que son de una belleza sorprendente. Muy distinta es la belleza, agreste, polvorienta, de la Tullie Smith Farm, la granja que ilustra los modos de vida del campesinado georgiano antes de la Guerra de Secesión. De camino a ella, observo, a la entrada de McElreath Hall, otra dependencia del Atlanta History Center, ahora vacía, una mastodóntica telaraña, en cuyo centro una araña, asimismo muy gorda, espera abacialmente el almuerzo. Algo más allá, ya en la granja, rodeada de mantos de flores de todos los colores, sobre todo del amarillo subido de las margaritas, me reciben cuatro ovejas Gulf Coast, que hacen lo que todas las ovejas del mundo: nada. Están sentadas y me miran con una expresión de infinita indiferencia. También me expresan su desinterés dos cabras de angora. Estas, al menos, andan por ahí, ramoneando o algo. Husmeo poco en los establos, porque ya he visto muchos en mi vida y porque huelen demasiado a establo, y entro en la casa donde vivía la familia propietaria de la granja, a cuya puerta un joven moderadamente desgreñado, que toca la guitarra, me da la bienvenida. Dentro, hay un viejo telar, con el que la señora de la granja seguramente tejía la ropa de la familia, y, en un estante, algunos ejemplares de la popular colección The Rollo Books. Quien la ideó seguramente no sabía español. Pese a lo desalentador del nombre, siento la punzada de la tentación. Estoy solo en la casa y, si afanara alguno, nadie lo notaría. Pero no lo hago. Si me trincan, me expulsarán del país o quizá un sheriff brutal me aplaste la cara contra el bordillo y me ponga la rodilla en el cuello hasta ahogarme. No soy negro, pero sí hispano, y los hispanos no reciben de algunos policías un trato mucho mejor que los negros. Culmino la visita admirando la entrada posterior de la casa, desde la que cae —Swan House se encuentra en lo alto de una colina— una fabulosa fuente en cascada, inspirada en el palacio Corsini de Roma. El estilo de Swan House es ecléctico: amalgama elementos neorrenacentistas y del clasicismo inglés. Philip Trammell Shutze había estudiado en Roma e importó a Swan House muchos rasgos de la arquitectura del Cinquecento, que dan al conjunto un aire de villa italiana. El lujo ha impregnado este lugar desde su nacimiento, y también la belleza. Me marcho, no obstante, con el reconfortante sabor de la intrahistoria que Kyle ha sabido transmitirnos, y que me recuerda que toda grandeza se asienta en el trabajo ingente de multitud de personas anónimas —aquí, con frecuencia esclavos —, sin cuyo sacrificio ninguno de los nombres que he mencionado en esta crónica —Edward Inman, Emily Irman, Philip Trammell Shutze— habría pasado a los libros de historia.

sábado, 17 de septiembre de 2022

En los Estados Unidos (2): Carl Sandburg y un ángel llamado Sara

Ayer, mi amigo Jeff y yo visitamos la casa natal de uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo XX, Thomas Wolfe, en Ashville, Carolina del Norte. Faulkner lo consideraba mejor que él. Y para que Faulkner, que no se caracterizaba por su modestia, lo considerara mejor que él, tenía que ser muy bueno. Dicha casa natal fue, durante muchos años, una casa de huéspedes. La madre de Wolfe era una mujer pragmática e imbuida de espíritu comercial, de forma que transformó el hogar familiar en un alojamiento popular, que rindió pingües beneficios. Nuestra guía —la casa no puede visitarse libremente— fue una joven encantadora, Sara: rubia, delicada, vestida con un vestido verde manzana que le llegaba hasta las rodillas, y, sobre todo, una profunda amante de la literatura de Wolfe y, por extensión, de la literatura. Nos hizo una visita llena de sensibilidad y devoción, y rica en detalles: la pasión por Wolfe le rezumaba por los poros de la piel. En una de las habitaciones, donde murió un hermano del escritor, había una repisa con un libro de pie. Nos dijo que en aquel libro se podía leer la descripción que Wolfe había hecho de la escena de la muerte, y que podíamos leerla si gustábamos. Ella no iba a hacerlo, porque se pondría a llorar. No me pareció una mera frase prevista en el guion de la visita, y repetida en cada tour, sino la expresión sincera de una debilidad, de una entrega íntima, total, a la palabra. Los cuarenta y cinco minutos que Sara nos dedicó para presentar —con notable profundidad, no obstante— la figura de Wolfe se nos pasaron volando, y tanto Jeff como yo salimos encantados. La experiencia había sido tan positiva que al día siguiente decidimos visitar otra finca literaria, Connemara, a cuarenta y cinco minutos en coche de Ashville, donde había pasado los últimos veinticinco años de vida otro gran autor estadounidense, el poeta Carl Sandburg, cuyo mejor título, Poemas de Chicago, había yo traducido para DVD ediciones hacía un montón de tiempo. En una visita anterior a Carolina del Norte, quien entonces era mi mujer y yo ya habíamos intentado visitar el lugar, pero nos fue imposible, porque habíamos llegado muy cerca de la hora de cierre y apenas nos dio tiempo a ver una película informativa en uno de los establos que forman parte de la propiedad (donde la Sra. Sandburg criaba a sus opulentas cabras, cuyas descendientes siguen en la finca; en 1952, llegó a tener más de 200). Yo llevaba años acumulando ganas de rendir esa visita a la casa de Sandburg en Connemara y satisfacer mis ansias fetichistas. En Connemara nos presentamos, pues, Jeff y yo a media mañana de un domingo nublado. No podemos entrar en la finca por la entrada natural, porque el puente que da acceso al camino principal está cerrado a causa de las fuertes lluvias de ayer, que han vuelto inestable el lecho del lago donde se asienta. Hemos de dar un rodeo por una de las colinas que rodean la propiedad, y que nos permite —no hay mal que por bien no venga— disfrutar de la frondosidad del lugar, tupido de árboles y vegetación baja, que arraiga en una superficie siempre verde, ahora elevada a esmeralda por el lustre del agua. Cuando llegamos a la casa, nos llevamos una desagradable sorpresa: no hemos reservado, y todos los grupos concertados para las visitas de hoy —tampoco aquí se admiten por libre—, que solo pueden ser de seis personas como máximo, están completos. Las normas han cambiado con el dichoso COVID: antes se pagaba y se entraba; ahora es gratis, pero hay que reservar y se hace en grupos reducidos. Jeff apela a todo lo que se le ocurre para que yo pueda ver la casa (ha traducido al español Poemas de  Chicago y ha venido desde España para visitarla [esto no es exactamente así, pero cabe considerarlo una licencia poética, una hipérbole]; ¿tan grave sería que un grupo tuviera seis miembros y no siete?; ¿no podría organizarse un tour especial en su caso?), pero se encuentra con la rocosa inflexibilidad de la recepcionista y de Ginger Cox, la uniformada guarda del National Park Service (el organismo que gestiona la finca) que es también la guía de los visitantes, y que zanja nuestros esfuerzos con un concluyente "todo el mundo tiene una buena razón para saltarse las normas, pero hay que respetarlas". Lo dice, eso sí, sin dejar de sonreír. Las normas, en efecto, están para respetarlas, sobre todo en los países anglosajones, en los que son el principio fundamental, y a veces uno sospecha que único, de las relaciones social. La única posibilidad que nos queda es que alguien que ha reservado para la siguiente visita no comparezca. Nos ofrecen esperar unos veinte minutos, hasta la hora prevista, para comprobarlo. Si alguien faltase, podríamos ocupar su lugar. Vamos al mismo establo al que fuimos Ángeles y yo en la anterior visita frustrada para hacer tiempo, y vemos la misma película, que yo recuerdo vagamente, en la que descendientes de Sandburg y estudiosos de su obra nos hablan del hombre y del poeta, y también de Connemara, que Sandburd acertadamente definió como "a baronial state for an old socialist" ['una finca señorial para un viejo socialista']. En las paredes se leen frases o versos de Sandburg que el National Park Service ha considerado inspiradores: "Poetry is a sliver of the moon lost in the belly of a golden frog" ['la poesía es una tajada de luna perdida en el vientre de una rana dorada'] o "Poetry is the achievement of the synthesis of hyacinths and biscuits" ['la poesía es la consecución de la síntesis entre los jacintos y las galletas']. Nuestra sorpresa es reconocer entre el público a Sara, nuestra guía en la casa de Thomas Wolfe. Sigue siendo rubia y delicada, pero ya no lleva el delicioso vestido verde manzana de ayer, sino el típico uniforme veraniego y dominical de una joven norteamericana: blusa, shorts tejanos y botas. También ella ha venido, sola, a visitar la casa de Sandburg. Nos saludamos y nos sonreímos brevemente: su discreción no le permite ir más allá. A mí me gustaría ir más allá, pero apenas tengo tiempo. La película pasa deprisa y volvemos a la taquilla. Lamentablemente, todos los que habían reservado se han presentado. Jeff vuelve a intentar, con gallardía, que se abra una fisura en la impenetrabilidad de los funcionarios, pero choca de nuevo con una escrupulosidad marcial. Así que le digo que lo deje y que es mejor que nos marchemos. Pero, cuando ya estamos cerca de la puerta, Sara, que esperaba sentada en un sillón de la sala —ella es uno de los integrantes del siguiente grupo— y que, obviamente, ha oído nuestros ruegos y sabe que no han sido atendidos, se levanta y me ofrece su entrada. "Si quiere, yo se la cedo y así puede entrar. No me importa". La veo ahora no solo como a la atractiva e inteligente joven que había visto hasta ese momento, sino como a un ángel rubio que, si no ha desplegado todavía las alas, ha sido porque está bajo techo y, al hacerlo, como son tan grandes, podrían desmontar los estantes con libros y suvenires de Sandburg que ha dispuesto el National Park Service. Estoy seguro de que su motivación para renunciar a su visita dominical no es otra que la que ya percibimos ayer: su profundo amor por la literatura, que le hace considerar intolerable que alguien que comparta ese amor lo vea frustrado por la rigidez burocrática. Sara representa, además, frente a la severidad luterana de los empleados, lo mejor del carácter estadounidense: su alegría, su largueza, su amabilidad. Sé que debería rechazar su ofrecimiento: la chica ha organizado su domingo para venir a Connemara y hecho cuarenta y cinco minutos de coche de ida, más otros tantos ahora de regreso, para volverse ahora de balde a casa. Pero la tentación es demasiado fuerte: acepto, sin dejar de darle las gracias, y me apresuro a invitarla a la botella de agua que coge de una nevera para refrescar el camino. Menuda compensación, pienso, pero no sé qué más puedo hacer. La casa de Sandburg, que piso por fin, es un noble y luminoso caserón, el centro neurálgico de la granja, construido en 1838 por un tal Christopher Memminger, que después sería un alto cargo de la Confederación, lo que explica que aquí hubiera esclavos y constituye una triste ironía para quien fue, como Sandburg, un férreo antirracista y el mejor biógrafo de Abraham Lincoln, el liberador de los negros. La propiedad pasaría luego a un industrial textil, cuyos herederos se la vendieron a Sandburg y su familia en 1945. Y aquí murió el poeta en 1967. Sus 14.000 libros siguen en la casa: las paredes de madera de casi todas las habitaciones están cubiertas de estanterías con volúmenes, y en el suelo de los pasillos se apilan revistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Desde la portada de un número de Time que corona una de esas pilas me mira Elizabeth Taylor —probablemente, la actriz más guapa de la historia—, cuya cara siempre me ha recordado a la de Ángeles. En varios cuartos —uno de ellos, el dormitorio de la Sra. Sandburg, Lilian— veo libros de Andrés Segovia. Siento una punzada de orgullo nacional. Sandburg era un juglar y tocaba varios instrumentos, entre ellos la guitarra. No es de extrañar que le interesaran las partituras y técnicas de Segovia. Cuando abandonamos la casa, ha empezado a llover. Yo sigo aturdido por la generosidad de Sara, y urdo un plan para expresarle una gratitud más tangible. Le escribo una carta, le dedico dos de los libros que he metido en la maleta para regalar a mis amigos durante el viaje, y le ruego a Jeff que pida por Amazon un tercero, la antología bilingüe de mi poesía, publicada en Londres en 2017. Y le pido a mi amigo que, cuando reciba el libro, lo meta todo en un sobre y se lo mande a la atención de Sara, en la casa natal de Wolfe, en Ashville. Algunos días después, estando yo en West Palm Beach, le pregunté, y él me confirmó, que lo había hecho. Aún no he sabido nada de Sara. Pero espero tener pronto noticias de ese ángel bueno. 

lunes, 12 de septiembre de 2022

En los Estados Unidos (I): Por Salman Rushdie en Nueva York

Un energúmeno pertinentemente apellidado Matar cosió a puñaladas al escritor Salman Rushdie el pasado 12 de agosto en Chautaqua (Nueva York), ejecutando así, treinta y tres años después, la fetua de aquel gran hombre y líder espiritual magnífico que fue el ayatolá Jomeini —que Alá tenga en su gloria—, en la que se ofrecían tres millones de dólares a quien matara a Rushdie. El delito de este había sido publicar un libro, Los versos satánicos, en el que se daba una imagen irónica y crítica del profeta y su doctrina, algo que los musulmanes consideraron una blasfemia merecedora de la muerte. Matar ha demostrado, una vez más, la cara más espantosa del Islam —y, por extensión, del fenómeno religioso—, que algunos creemos la única existente. Para desagraviar al escritor, si es que algún desagravio es posible en estas trágicas circunstancias, y, en todo caso, para mostrarle la solidaridad que merece frente a la abyección de los fanáticos, se ha convocado un acto público en su honor en la Biblioteca Pública de Nueva York. Mi amigo Juan Luis Calbarro, que lleva un mes y medio en la ciudad trabajando en la traducción de una obra de Tennessee Williams, y yo, que estoy pasando unos días de turismo, decidimos asistir. Tomamos un Uber desde nuestro alojamiento en el Bronx, pero Bernardo, el conductor, pronto se encuentra con la calle bloqueada por una ambulancia. Las ambulancias y los coches de policía y bomberos paran en Nueva York en el centro de la calzada, completamente indiferentes al caos que generan detrás. Lo hacen así, deducimos, para poder maniobrar con diligencia en caso de que, como es probable, tengan que hacerlo: no aparcan, no se apartan, no apuran los rincones. En el centro, et pereat mundi. Dos de los ocupantes de esta ambulancia bajan tranquilamente, van hasta la puerta de una casa vecina, llaman, no les responden, vuelven a llamar, siguen sin responderles, se asoman a una ventana, insisten en dar timbrazos sin respuesta discernible, y por fin sale un señor negro, muy tieso, muy digno, muy lento, que sube por su propio pie al vehículo, seguido por la pareja de sanitarios, que cierran el portón sin prisa ninguna y vuelven a la cabina de la ambulancia. Mientras esta compleja operación se desarrolla, Bernardo ha encendido las luces traseras y hasta bajado del vehículo para indicar a los coches que se han amontonado detrás, con grandes gestos y en castellano (Nueva York es una ciudad prácticamente bilingüe, y el Bronx, monolingüe hispano), que debían asimismo retroceder para que pudiéramos salir todos de aquella ratonera. Pero cuando la información aún no ha llegado al último coche de la enorme y subitánea fila, la ambulancia se pone en marcha y todos seguimos adelante, aliviados por que el enfermo esté ya en camino de recibir la atención que necesita, y nosotros, de llegar a nuestro destino. Cuando llegamos a la Biblioteca, no encontramos una gran manifestación, pero sí un gentío suficiente y, sobre todo, un enjambre de micrófonos de radio y cámaras de televisión, dispuestos frente a la noble escalinata de la New York Public Library, que han acudido al poderoso reclamo de los participantes en el acto, entre los que se cuentan algunos de los más importantes escritores norteamericanos de la actualidad. Hablan en primer lugar —y lo hacen con puntualidad; la puntualidad es un deber existencial en los países anglosajones— el director de la Biblioteca y la presidenta del PEN de los Estados Unidos, que ha publicado, y distribuye entre los asistentes, un cartel en el que se cita algo que dijo Rushdie en un discurso sobre la censura en 2012: «Si no confiamos en nuestra libertad, es que no somos libres». Junto a la frase, aparece el propio escritor, sonriente, sosteniendo un ejemplar de la primera edición de 1984, de George Orwell. Juan y yo nos hemos situado todo lo delante que hemos podido, y nos ha tocado al lado una pareja de jipis de los años 70, ahora septuagenarios, cargados aún de melenas y abalorios, con una pancarta de apoyo, elaborado por la Sociedad de Escritores de Libros de Niños. Estos veteranos defensores del amor y el pensamiento libres me resultan entrañables. Por todas partes pululan, bajo el cielo aguamarina de un día caluroso, gente con libros, con gafas, con lemas reivindicativos. También baja, por unas escaleras aledañas de la Biblioteca, un tipo con una camiseta del Barça (la segunda equipación, la amarilla y cuatribarrada; ah, me siento como en casa). Juan, que lamentablemente es del Madrid, rabia un poco, pero no me dice nada. En las escalinatas se suceden los parlamentos. El primero en hablar es Reginald Dwayne Betts, poeta y abogado negro, con sombrero (abundan los sombreros, las gorras, los tocados), que lee unos versos enérgicos y comprensiblemente agrios. Luego, el novelista Jeffrey Eugenides, que cuenta que fue a visitar a Rushdie cuando estuvo en Londres, donde vivía el escritor, pero que no lo encontró —estaba de vacaciones en Italia— y que mantuvo una conversación muy agradable con su suegra. Eugenides subraya lo fácil que era entrar en contacto con Rushdie, cuyas señas estaban en el listín telefónico, y yo recuerdo, al hilo de la anécdota, que yo mismo tuve mucho tiempo una dirección del escritor en la capital británica, aunque ya no me acuerdo de dónde la saqué (quizá del propio listín), y que, desde luego, no tuve valor para ir a visitarlo. Siri Hustvedt, alta, muy delgada, interviene con sobria emotividad, como casi todos los participantes. Viste de un luctuoso pero estilizador negro. Solo el pelo rubio disiente: fulge como una antorcha. Hablan también, entre otros, Colum McCann, escritor irlandés residente en Nueva York; Francesco Clemente, un pintor napolitano, también establecido en la Gran Manzana, que recuerda las interminables discusiones sobre arte y política que ha mantenido con Rushdie y que han contribuido a edificar una amistad fraternal, como les suele pasar a los discutidores que debaten con franqueza de ánimo y voluntad de comprenderse; Roya Hakakian, una autora iraní, cuya presencia demuestra —aunque no hacía ninguna falta— que no todos los iraníes son unos fanáticos; la estadounidense A. M. Homes, que lee fragmentos del discurso sobre la censura de 2012; la india Kiran Desai, que lo hace del Quijote de Rushdie, un libro que cosechó críticas tibias en España; y el inglés Hari Kunzru, que da vuelo, como no podía faltar, a las primeras palabras de Los versos satánicos, que me saben a gloria: «"Para volver a nacer —cantaba Gibreel Farishta mientras caía de los cielos, dando tumbos— tienes que haber muerto. (...) Para posarte en el seno de la tierra, tienes que haber volado. (...) ¿Cómo volver a sonreír si antes no has llorado? ¿Cómo conquistar el amor de la adorada, alma cándida, sin un suspiro? Baba, si quieres volver a nacer...". Amanecía apenas un día de invierno, por el Año Nuevo poco más o menos, cuando dos hombres vivos, reales y completamente desarrollados, caían desde gran altura, veintinueve mil dos pies, hacia el canal de la Mancha, desprovistos de paracaídas y de alas, bajo un cielo límpido...». A estas alturas, el público está caliente y recompensa con abiertas ovaciones a los oradores. Yo también lo hago, aunque no dejo de preocuparme por que, aprovechando la confusión, un pickpocketer me afane el móvil o la cartera. Los policías bostezantes que observan el acto desde la acera, apoyados en el capó de un coche patrulla, no me ofrecen demasiadas garantías contra los descuideros. A sus espaldas, prosigue, incólume, el tráfico endemoniado de la Quinta avenida, aunque me sorprende que, por la singular acústica del lugar, el ruido que genera no perturbe el desarrollo de los parlamentos. Hablan también dos de las figuras más destacadas del encuentro, junto con Hustvedt: su marido Paul Auster, que me parece muy envejecido, aunque conserva la apostura del galán que siempre ha sido, que viste, como ella, enteramente de negro (lo que demuestra la sintonía matrimonial y estética de los dos escritores), y que lee fragmentos de Joseph Anton, el libro de Rushdie que relata sus años de clandestinidad, forzado por la condena a muerte de Jomeini, bajo el seudónimo del título, que homenajea a dos de sus escritores favoritos: Joseph Conrad y Anton Chéjov; y el gran Gay Talese, que baja por la escalinata como una aparición: muy despacio, encorbatado, con un impecable traje beis (tan impecable como la prosa con la que lleva medio siglo retratando a la ciudad de Nueva York y sus habitantes) y un sombrero de ala ancha a juego, y que hace una alocución muy breve, con voz rasposa. Por desgracia, tenemos que abandonar el acto antes de que acabe, porque dentro de unas horas he de coger un avión para la siguiente etapa de mi viaje, pero hemos presenciado lo sustancial y nos cabe la satisfacción de haber contribuido, muy modestamente, a su éxito. Que es planetario, porque ese mismo día y los siguientes la noticia del homenaje aparece en todos los periódicos y televisiones del mundo (menos los de Irán, donde aún están celebrando el apuñalamiento del blasfemo). En algunas de las imágenes, si uno se fija bien, puede apreciarse una cabecita blanca sobresaliendo del gentío. Es la mía, y yo me siento muy orgulloso de esa mancha blanca. Juan, en cambio, que además de ser del Madrid es más bajo que yo, no se distingue. Pero él también está orgulloso de haberse sumado a este grito contra el horror.